Jesús, fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos

Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

En su Evangelio, San Lucas dice que José y María solían ir a Jerusalén a la fiesta de la pascua. La Ley mandaba: “Tres veces al año se presentarán todos los varones delante de los Señor”. La Ley no obligaba a las mujeres. María Santísima, iba con José todos los años, aunque la Ley no obligaba a las mujeres. Le acompañaba en el viaje cantando salmos al Señor: “Que alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor”.

El primer acto solemne era la comida del cordero pascual la tarde del día 14 del mes de Nisán. Reunidos en grupos de más de diez comensales y menos de veinte. El día 15 por la mañana asistían al solemne oficio que se ofrecía en el Templo. El tercer día tenía lugar la fiesta de la oblación matutina en la que se ofrecía al Señor las primicias de la cosecha de la cebada. Un silencio religioso inunda de fervor a los corazones de los que participaban. Aprendamos de la Sagrada Familia a guardar silencio en el Templo, y aprovechar el tiempo en nuestra oración y visitas a Jesús Sacramentado.

Los romeros volvían a sus casas cantando salmos y alabando al Señor. Iban en grupos de familiares, amigos. Al terminar el primer día de regreso, José y María cayeron en la cuenta de que Jesús no venía en la caravana que iba a Nazaret. Penetremos en los corazones de aquellos Santos Esposos ¡qué noche más triste y más larga! No se contentaron con las lágrimas que derramaban. Al instante volvieron a Jerusalén buscando a su Hijo.

Al tercer día, encontraron a Jesús en el Templo sentado. Gocémonos del gozo y alegría de José y María. Estaba hablando los doctores de la Ley y maestros. “Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas quedaba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su Madre: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Él les contestó: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”. Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. (Lucas 2, 48-50). Magnífica lección de Jesús. Nos enseña a unir el amor a nuestros padres con la firme decisión de seguir la voluntad de Dios nuestro Padre del Cielo, en la vocación a que los llame a cada uno en particular.

Si nuestras pasiones desordenadas se empeñan de separarnos de la voluntad de Dios, o el mismo diablo, respondamos ¡Sólo pertenezco a Dios! ¡Él es mi Señor! ¡A Él sólo serviré! ¡Ministros de Dios! ¡Esposas de Jesús! María conservaba estas cosas en su corazón.