franco iglesiaFranco y la Iglesia Católica
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata de la obra “El legado de Franco”

Estamos en el centenario del nacimiento de Francisco Franco. Diecisiete años después de su muerte no ha surgido ninguna información atendible que haga modificar lo que se pensó y dijo de él al final de su vida. Ni en las revelaciones de sus confidentes o los que tuvieron con él comunicación directa. Ni -caso bien singular- en las malevolentes manifestaciones de quienes durante estos años, por todos los medios de divulgación, han intentado oscurecer su figura e incluso anular su relieve en la historia.

Estas páginas quieren ofrecer una síntesis panorámica estrictamente histórica. La brevedad exigida no permite explicitar las fuentes (testimonios y documentos primarios) en que se fundan todas y cada una de las afirmaciones de hechos. Los lectores, especialmente los que hayan leído ya ciertos libros y artículos, habrán advertido cuánto abundan los escritos superficiales, que se atreven a hablar de la relación Franco-Iglesia sin datos y sin saber realmente lo que la Iglesia es. Pero es obligado avisarles que también algunos historiadores, que manejan datos comprobables, muestra una extraña incapacidad para situarse en la perspectiva de la Iglesia, con lo que Incurren en no pocos equívocos y desenfoques. He aquí algunos de alcance general:guerra campos

Extemporánea proyección de ideas “post-conciliares” sobre el pasado, agravada además por no percibir con exactitud en qué está la diferencia según la mente de la Iglesia actual. De ahí, valoraciones que suplantan la realidad histórica, tanto en relación con el tiempo anterior de la Iglesia como con el presente.

Franco en su tiempo secundó criterios y deseos de la Iglesia. Actitud laudable en un católico. Cuando algunos tratan de descalificar a Franco por esos criterios, a quien descalifican es a la Iglesia misma. Si con razón, o con qué grado de, razón, habrá que verlo, a la luz de la misión propia de la Iglesia.

Con frecuencia se subrayan como rarezas propias de España lo que eran o son normas del Derecho universal de la Iglesia, con variadas aplicaciones en los distintos países. Incluso ante peculiares situaciones concordadas, se evitara la tentación de precipitarse a hablar del “caso español” sólo con recordar, por ejemplo, que en alguna región de Francia después del Concilio los Obispos eran nombrados de acuerdo con el Concordato de Napoleón; y que, terminada la guerra europea en 1945, las fuerzas democráticas de Alemania y de Italia se apresuraron a asegurar la vigencia de los Concordatos de Hitler y de Mussolini.

Muchas veces no se tiene en cuenta la doctrina católica acerca de la conjugación armoniosa entre la comunión obediente de los cristianos con la Iglesia como hijos, por una parte, y la autonomía que les compete por otra parte como ciudadanos y gobernantes en la sociedad civil: bien entendido que la autonomía incluye la ineludible unidad de conciencia. La inspiración cristiana de la acción política, y la confesionalidad como formulación jurídica de la misma, son ejercicio de esa autonomía; y la referencia a la enseñanza de la Iglesia en cuanto instancia moral que vincula las conciencias no se puede confundir con interdependencias institucionales o con el sometimiento a apreciaciones contingentes y opinables de los Pastores. Se ha abusado mucho de la confusión para calificar, en sentido favorable o desfavorable, disentimientos que son legítimos en las relaciones Iglesia-Estado.