historiaMarcelino Menéndez y Pelayo

Cultura Española, Madrid, 1941

Cumplidamente quedaron correspondidas la lealtad y la adhesión; con lo que fue atesorándose en el corazón de Menéndez y Pelayo un caudal de gratitud y de afecto del que un día quiso hacer inventario su hermano don Enrique, ante el Rey mismo (4):

«En el inventario de este caudal -decía- figura como primera partida una suma tal de gratitud hacia Vuestra Augusta Persona, que solamente enumerando, siquiera sea en somero índice, las pruebas de afecto que os debió en vida Marcelino Menéndez y Pelayo, y las que a su memoria habéis luego acordado, podrá evaluarse .la cuantía de aquella partida, y explicarse, .a la vez, la emoción que al recordarlas me toma el ánimo y la palabra.

»Al ser elegido mi hermano Director de la Real Academia de la Historia, honróle Vuestra Majestad con lo que él llamó «la mayor prueba de estimación que un Rey puede dar a un súbdito», con una carta autógrafa en la que le felicitabais por aquel nombramiento, y os felicitabais de ver premiados así sus méritos; y tal aprecio hicisteis de su respuesta y acción de gracias, que habéis ordenado su publicación en el Catálogo de la Real Biblioteca. Cuando para perpetuar el recuerdo de dicha elección algunos admiradores del nuevo Director, discurrieron acuñar en su honor una medalla, Vuestra Majestad quiso figurar como primer suscriptor de aquel obsequio. N:o mucho después, con ocasión de inaugurarse en Santander la estatua del gran Pereda, os dignasteis, Señor, designar a Menéndez y Pelayo para que ostentara Vuestra augusta representación en la solemne ceremonia.

»Cuando Dios nuestro Señor tuvo a bien visitar mi casa, con aquella honda pena, que lo era a la vez de toda España, un telegrama signado por Vuestra Majestad llegaba a los pocos momentos, a compartir en nombre de Su Majestad la Reina y en el Vuestro, el dolor y las oraciones de aquel hogar. Pocos días después, Vuestro bibliotecario mayor me transmitió el augusto deseo de Vuestra Majestad de poseer la última cuartilla que la mano temblorosa del sabio hubiera escrito, y la pluma con que la trazara, a las cuales ha dispuesto Vuestra Majestad honrosísimo alojamiento, en un primoroso marco, labor del artista Granda y dándoles puesto de honor en la Real Biblioteca, frente a otro autógrafo ilustre, a una carta de Santa Teresa de Jesús. E incansable, Señor, en Vuestro alto y generoso empeño de sellar, como quien dice, con Vuestras armas reales la fama de los buenos españoles, tuvisteis la dignación de visitar la modesta y austera habitación que ocupó en la Academia de la Historia el que fue su Director, acotada, por acuerdo de la sabia Corporación, a propuesta de su ilustre miembro don Francisco de Laiglesia, y conservada en el mismo estado y con los propios enseres que tuvo en vida de su último morador.

»Hoy, por último, habéis querido honrarle nuevamente, inaugurando este asombroso trasunto de su figura, en que la insensible piedra, diríase que obedece aquel mandato formulado en un verso del pro pio Menéndez y Pelayo: Corra en la piedra de la vida el río…

»Por muchas y buenas razones os amó, pues, aquel por quien hoy renuevan su llanto las letras españolas; pero pienso, Señor, que la mayor que tuvo -aparte de la obligación que Vuestra Majestad hace tan fácil y grata- fue Vuestro inmenso amor a la patria que regís, a cuya “indicación histórica consagró él todos sus alientos, y por la que, sin hipérbole, puede decirse que dio la vida. En ambos corazones, en el del Rey y en el del súbdito, si pudo establecer el parangón sin menos cabo del respeto, era el amor de la patria pasión indomable y brava, y anhelo de cada día y sueño de cada noche; un futuro engrandecimiento, o mejor la restauración de una insólita y secular grandeza. En este mismo amor comulgan. y por él ante todo han venido a cantar aquí las alabanzas de aquel fervoroso español, estos selectos espíritus -galas de la patria y joyas de vuestra corona-, a cuyo frente aparece, como en toda empresa de amor y de gloria, una mujer. ¡Que sus talentos, Señor, y la amorosa asistencia de aquél a quien lloramos y que entiende ya, comprendido en el nimbo de luz de la Eterna Sabiduría, el principio y la razón de las cosas, os ayuden a encauzar los destinos de la patria, y, bendecida de Dios, atar de nuevo a ella la fortuna.»

(4) Discurso pronunciado por don Enrique Menéndez Y Pelayo, en el acto de inauguración de la estatua de don Marcelino, en la Biblioteca Nacional, verificado el día 26 de junio de 1917.