Ejercicios EspiritualesObra Cultural

En una de las Tandas de Ejercicios celebradas en Francia hace ya algunos años, tomó parte un químico húngaro, Alexandre Czikornyai, que atrajo la atención por su comportamiento un tanto singular. No acudió nunca a las comidas a causa de un régimen alimenticio tan especial que él mismo se cocinaba en su habitación. Los otros ejercitantes notaron también cómo escuchaba, o, mejor, bebía las palabras del padre director sentado en un sillón, en primera fila, con un aire de perfecta satisfacción. En la fiesta de la vuelta del Hijo Pródigo, aunque no comió con los demás, asistió a la sobremesa y, después de escuchar las impresiones espontáneas de unos y otros, se levantó para dar su testimonio, que ofrecemos a continuación: «Si ustedes me lo permiten, les vaya hacer mi confesión… Yo nací en Budapest. Muy pocos de los aquí presentes son capaces de pronunciar medianamente bien mi apellido húngaro. Mi padre era protestante; mi madre, católica; a mis catorce años, por el efecto neutralizante de las dos corrientes religiosas diferentes, yo era incrédulo. Después de mis estudios secundarios, mi padre me envió a París para preparar la carrera de Ciencias. Hice mi licenciatura, obtuve el doctorado y me instalé en París. Algunos años más tarde, gozando de una. situación social adecuada, me casé con una distinguida dama. Matrimonio de amor, ciertamente.. Mi esposa era atea, como yo. Durante algunos años todo fue bien. No teníamos ningún problema, ninguna dificultad; sólo una gran pena: la de no tener hijos.

Inquietudes obsesionantes

Después, hace algunos años, empecé a tener ciertas inquietudes religiosas. Al principio imprecisas, se hicieron cada vez más obsesionantes. Las compartía con mi esposa, parlo que, después de muchas conversaciones, convinimos en que, para calmar estas inquietudes, teníamos que volvernos hacia la cultura de la India. Y así, nos inscribimos en el círculo budista de París. Seguimos con exactitud las diversas reuniones, las conferencias y otras actividades religiosas. Un día nos anuncian una conferencia sobre San Juan de la Cruz y el budismo. Yo quedé extremadamente sorprendido. San Juan de la Cruz es un occidental; ¿qué podría tener en común con el budismo? Y, sobre todo, ¿cómo podría tener él un sentido religioso auténtico? Aquella conferencia fue magnífica, magistral, deslumbrante. El santo fue puesto por el orador en una luz incomparable. No recuerdo nada de lo que pudo decir de las relaciones del santo con el budismo, pero yo comprendí que ningún doctor de la India llegaba al tobillo de este occidental. Con esto quedé admirado, aturdido; todas mis ideas sobre la religión quedaban trastornadas.

No volví más al círculo budista; mi mujer tampoco -ella tenía reacciones muy parecidas a las mías, pero con un cierto retraso-. Después de varios días de extrañeza, de admiración, de apasionadas discusiones entre los dos, llegamos a la conclusión que había que estudiar un poco ese catolicismo que podía ofrecer doctores de la talla de san Juan de la Cruz. Pero, ¿cómo estudiar el catolicismo? ¿A qué círculo nos inscribiríamos? Había tantos y de tan diferentes culturas y orientación… Después de algunas búsquedas y de muchas perplejidades, tuve una inspiración y corrí a los muelles del Sena. Conocía allí a un vendedor de libros viejos, del que era un poco su cliente, y tenía en él una cierta confianza. «Quiero estudiar el catolicismo -le dije-. ¿No podría encontrarme algunos libros serios para ayudarme?» El buen hombre inspecciona sus estanterías, saca un libro de aquí, otro de allá, otro más, y todavía un cuarto. Todo fue hecho con Suma facilidad. Me envolvió los libros y me dice lacónicamente: «Usted quedará contento, supongo». Volví a casa muy orgulloso de mi compra; llamé a mi mujer. Deshicimos el paquete. Contenía cuatro libros: la «Imitación de Cristo», el «Combate espiritual», del P. Scupoli; la «Introducción a la vida devota», de san Francisco de Sales, y el «Tratado de la perfección cristiana», del P. Alonso Rodríguez, S. J.

Empezamos por la «Imitación de Cristo». ¡Qué admiración no sería la nuestra ante esas sublimes sentencias, a las que las pobres migajas ascéticas del budismo casi no nos habían preparado! Después el «Combate espiritual». ¡Ah! ¡Qué maravillosas reglas de ascetismo! ¡Qué solidez! ¡Qué precisión! V, además, aquí se marchaba hacia una cosa concreta: hacia la luz, una luz objetiva, fuera de uno mismo, hacia Dios. ¡Ah! ¡Cómo sentí entonces la pobreza del budismo, que no marcha más que hacia el encuentro con el yo! La «Vida devota», la «Perfección cristiana»…. ¡qué banquetes para nuestras almas, ávidas de algo sólido, de luz, de convicción! Pero, ¿quién pudo guiar la mano del vendedor de libros viejos para que los encontrara tan fácilmente? Después de leer y releer nuestros libros, de discutirlos, de anotarlos, comprendimos que había mucho más que aprender, y tomamos contacto con unos buenos religiosos, vecinos nuestros; ellos completaron nuestra formación católica mediante el estudio del catecismo y de la Sagrada Escritura. En fin, el 8 de diciembre de 1948 yo recibía el bautismo en la capilla de esos religiosos e hice mi primera comunión. Fui yo quien escogió aquel día, fiesta de la Inmaculada Concepción, porque sabía ahora quién había dirigido la mano del vendedor de libros viejos. Mi mujer siguió mi itinerario con un poco de retraso; entró en la Iglesia católica con la recepción del bautismo algunas semanas más tarde. Desde entonces éramos, uno y otro, católicos. Y comenzamos nuestra vida de católicos: Misa, comunión, confesión, liturgia, oficios, reuniones parroquiales.

¿Qué es la tanda?

Un día, en una conversación profesional, se trató de cierto ingeniero, y alguien me dijo: «Es un convertido…» Yo salté sobre esa palabra: un convertido, ¡cómo yo! Seguro que él sabrá comprenderme. Pedí me dieran su dirección y volví a casa, donde lo comuniqué a mi mujer. En seguida procuré localizarlo por teléfono. ,¡Oiga! ¡Oiga!. » «¿Quién está al aparato?» me pregunta una voz femenina. «Un convertido», le respondo. «Un convertido que quiere ver al señor B…». Me dio el número del despacho de su marido. Conseguí localizarlo y concertamos una cita para esa misma noche en París, después de una cena en casa de su padre. Llegué con mi esposa a las nueve. Me presento… «Un convertido…; mi esposa, una convertida». ¡Ah! ¡Qué bien nos como prendimos! Pasada la medianoche todavía discutíamos sobre la «Imitación de Cristo», sobre el «Combate espiritual», sobre Dios, etc. Me encontraba radiante de gozo, y mi mujer también. A la una de la madrugada, mi nuevo amigo me dice: «A usted le falta la Tanda». «Pero, ¿qué es la Tanda?» «Eso no se explica; hay que hacerla, y entonces se comprende. Vamos a ver: precisamente hay una que empieza hoy mismo a las doce y media en Pontchateau, cerca de Nantes; tiene que ir allí…». «Pero es que yo tengo que marchar a Argelia mañana; soy especialista en técnica de la viña, y el Gobierno me envía en misión…». «Querido amigo, son ahora la una de Ia madrugada; a las nueve de la mañana tiene usted un tren para Nantes en la estación de Montparnaso. El Gobierno ya esperará… Yo me encargo de ello… Usted vaya a la Tanda. Cuando llegue a Nantes, pregunte por Pontchateau, ya le indicarán, está cerca…». «Bueno, de acuerdo…». Me fui a casa para reposar un poco. Tomé mi equipaje, a las nueve estaba en Montparnaso y a las doce en Nantes. Al salir de la estación veo un señor con una insignia como la que tenía el ingeniero. Le pregunto cómo ir a Pontchateau. Me responde simplemente: «Suba en este coche; yo le voy a conducir…; le esperaba». Quedé sorprendido. ¿Me esperaban? Pero si nadie sabía que… Me di cuenta que el trayecto de Nantes a Pontchateau era bastante largo. Cincuenta kilómetros, me han dicho. Yo había entendido, según las explicaciones del ingeniero, que estaba en los alrededores. Felizmente que me esperaba un coche. No hubiera podido llegar a tiempo sin él. Como ven, estoy haciendo mi Tanda. No he venido a las comidas porque estoy muy enfermo, obligado a prepararme yo mismo mi régimen. Sigo esta Tanda con una alegría que no se puede explicar. Bebo y como escuchando las conferencias; soy muy feliz porque, por fin, he encontrado aquí la doctrina que tanto me había impresionado al principio de mi evolución hacia el catolicismo.»

NOTA. -Para practicar Ejercicios Espirituales, auténticamente ignacianos, puede dirigirse a Unión Seglar San Antonio Mª Claret, carretera de Castellar, 2, 08181-Sentmenat, Barcelona. Tel 93 715 34 08. También existen otras Obras y Casas de Ejercicios.

«SANTA MARÍA, QUE YO SEA HOY TU ALEGRÍA Y TÚ LA MÍA», repetía don Manuel González. La alegría de María es darnos sus favores. ¿Le vas a negar las tres AVEMARÍAS cada mañana y cada noche?