p. albaRvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 178, noviembre de 1993

Ayer les hablaba a los padres del Colegio del Corazón Inmaculado de María sobre el fin de la educación que consiste en formar hombres virtuosos. Estas mismas ideas, quiero trasmitiros a todos: los casados porque debéis educar sin cesar a vuestros hijos y a los más jóvenes solteros, porque debéis dejaros educar y un día no lejano deberéis convertiros en educadores.

Con el pecado original el hombre recibió cuatro heridas, que aunque no mataron su ser de hombre, ni su inteligencia y sus facultades, si las debilitaron de tal forma que bien podemos llamarlas “heridas”, porque le quitaron la salud exuberante que poseía antes del pecado original.

Estas heridas son la ignorancia, la malicia, la flaqueza y la concupiscencia. Porque la razón al perder su dinamismo total hacia la verdad, entra en las tinieblas de la ignorancia muchas veces. Lo mismo la voluntad, que destituida de su dirección al bien, cae con frecuencia en la malicia. En cuanto al apetito irascible, que permite al hombre acometer cosas arduas, se ve privado de su fuerza Interior, aparece la flaqueza que se experimenta ante las dificultades. Y por su parte la concupiscencia.

A este hombre concreto, es al que tenemos que educar, no al imaginado hombre de las teorías roussenianas, o al salvaje inocente de las Américas precolombinas. No hay más hombre que el que viene de Adán y hereda el pecado original y las heridas consiguientes, en su propia naturaleza. Sólo la Santísima Virgen María fue libre de todo ello, merced al privilegio de su concepción inmaculada.

Pues bien, pese a todos los obstáculos heredados en nuestra naturaleza herida, podemos con la ayuda de Dios llegar a ser santo, y con una santidad más eximia que la que hubiéramos tenido de no haberse producido el pecado original. Las cuatro virtudes morales, la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, pueden anidar precisamente en las facultades heridas por el pecado y hacer al hombre virtuosa. En la razón radica la prudencia, en la voluntad se sustenta la justicia en su tendencia al bien, en el apetito irascible se sostiene la fortaleza y en el concupiscible la templanza. Toda esta maravilla del psiquismo humano, rota por el pecado en su equilibrio perfecto, puede ser reconstruida por el poder de la gracia sobrenatural que irrumpe abundantemente en el corazón del hombre, si el hombre la abre sus puertas.

Levantar un hombre virtuoso, de forma que todas sus facultades superiores e inferiores estén regidas por las virtudes morales, es la labor más excelsa que podemos concebir. Eso es precisamente la educación. Con la ayuda de la gracia, esas virtudes recuperan al hombre para sí mismo y para Dios. Entonces como reinas de toda la naturaleza del hombre, se asentarán las virtudes teologales. La fe, la esperanza, y la caridad, serán el premio del alma que se ha entregado a la gracia de Dios. Serán también la gloria del verdadero educador de hombres.