Guerra-CamposFranco y la Iglesia Católica
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata de la obra “El legado de Franco”

A la luz de tantos testimonios, cualificados y unánimes, conviene destacar algunas notas características:

Identificación con la fe del pueblo; muy lejos del “despotismo ilustrado” de tantos hombres públicos que halagan tácticamente al pueblo, mas despreciando precisamente su fe. En una Europa secularizada Franco era admirado como gobernante católico por excelencia, fuera de cualquier oportunismo.

Fe viva, no meramente sociológica o reducida a mínimos. Poco a poco fueron conocidas sus prácticas piadosas, muy significativas por ser cotidianas y reservadas: misa y comunión, rosario, devoción eucarística y mariana, oración y sacramentos, lectura y retiros, ejercicios espirituales cada año. En los informes secretos de Gomá a la Santa Sede se acumulan expresiones como éstas: “fervoroso cristiano”, “ejemplarísimo en su vida privada”, “absolutamente identificado con la Iglesia”; “ha puesto todos sus amores al servicio de la Iglesia y de España”. La hondura de su vida interior es atestiguada por los que tuvieron acceso a su intimidad espiritual, por ejemplo, los directores de sus Ejercicios, entre los cuales se cuentan el Beato José María Escrivá de Balaguer, el P. José María de Llanos… Uno de ellos, José María García Lahiguera -famoso animador y consejero de personas de vida consagrada-, siendo Arzobispo de Valencia, en la hora de la muerte de Franco hizo un retrato admirativo de su alma, ponderando su vida de fe y comunión con Dios, su caridad, su delicadeza y serenidad al enjuiciar a los demás, su excepcional humildad. Los testimonios constituyen un inusitado florilegio, que en algún caso alcanza calidad hagiográfica.

Siempre se vio intachable su conducta moral, como proyección de su fe en la vida práctica. Sus colaboradores -muchos y de mentalidades diferentes, a lo largo de mucho tiempo- convienen en aportar juicios y anécdotas que documentan sus virtudes. Y lo mismo sus pocos confidentes. Su sentido del deber y de servicio sacrificado eran patentes. Eran notorias la motivación religiosa de su servicio a la Patria -que numerosos Obispos han subrayado- y su creencia en las intervenciones de la Providencia de Dios en horas difíciles. A su propio testimonio se unen algunos impresionantes de otras personas, que el espacio no permite exponer aquí, ni habría de hacerse sin una delicada verificación y ponderación. El Obispo de Málaga proclamó en 1949:

“Como individuo, como Jefe de Estado, como jefe de familia, ha dado un ejemplo a toda España”… “Da a diario un alto ejemplo al pueblo por el honrado cumplimiento de su deber. Deber que él concibe no como una orden impuesta por la disciplina militar, ni como un mandamiento político, ni como un sacrificio patriótico, sino algo más alto, que recoge y eleva estos tres nobles aspectos del mismo; lo concibe como un deber religioso, convencido de que de su conducta, tan llena de gravísimas responsabilidades, tendrá que dar cuenta un día a Dios Nuestro Señor”.