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Dentro del materialismo filosófico pueden advertirse diversos matices, desde el atomismo mecanicista griego de DEMÓCRITO, EPICURO y LUCRECIO, en la antigüedad clásica, hasta llegar al materialismo dialéctico de MARX y ENGELS, del siglo XIX. Pero una característica común a todos los materialismos habidos y por haber es la defensa del principio de eternidad de, la materia. Según este principio, nada hay eterno excepto la materia, la cual, por sí sola, evolucionando, mediante «saltos», da lugar a la vida, a todos los seres vivientes y al propio hombre pensante y racional. Consecuencia importante: si se lograse demostrar la temporalidad de la materia, todos los materialistas se derribarían estrepitosamente, al quedar sin base ni fundamento alguno.

Y hoy día, del brazo de la ciencia contemporánea, puede demostrarse, fácilmente, que ni la materia ni el Universo son eternos, y prueba de ello es que modernamente se reconoce por unanimidad que tanto la materia como el Universo tienen una edad, una limitada duración en su existencia. En resumen, puede afirmarse:

1º La materia (como el Universo) tiene un principio en el existir. No es, pues; eterna. Así se deduce de la desintegración natural de los cuerpos radiactivos, que nos da la cifra aproximada del «nacimiento» de la materia que puede cifrarse en unos diez mil millones de años, completada con la teoría de la expansión del. Universo, que nos indica que, aproximadamente, por aquellas mismas fechas empezó a iniciarse la expansión del Universo o fuga de las galaxias. No hay evidentemente, todavía, una precisión en el número de años y puede haber un error de miles o millones de años; pero lo importante y lo trascendente es que se reconozca de una manera general que la materia tiene una «edad» y que nació en un momento o en una época determinada. «La radiactividad natural -escribe JEAN E. CHARON- proporciona un método sumamente preciso para «fechar» el nacimiento del mundo, o más exactamente, el nacimiento de la materia.» Los cuerpos radiactivos, dice el mismo CHARON, se desintegran, tardando en ello más o menos tiempo, hasta transformarse en nuevos elementos completamente estables. Se da el nombre de «período» de una sustancia radiactiva al tiempo necesario para que la cantidad primitiva de la misma quede reducida a la mitad (o, en otras palabras, para que el número total de núcleos quede reducido a la mitad). Por tanto, después de uno, dos, tres, etc., períodos, no quedará más que la mitad, una cuarta, una octava, etc., parte de la cantidad inicial existente, cuando empezó el proceso de desintegración. Por este motivo, en la Tierra y en el Universo entero se observa que los elementos químicos radiactivos dotados de períodos de algunos centenares de millones de años, solamente, han desaparecido prácticamente por completo, transformados ya en cuerpos estables, al final de su período de desintegración. El uranio 235 (que es el que se utilizó en las primeras bombas atómicas) que tiene un período de 850 millones de años, queda ya en la Tierra en poca cantidad, calculándose en sólo el uno por ciento, aproximadamente, del uranio 238. Éste, que tiene un período de cuatro mil millones de años, que es el tiempo que tarda en transformar la mitad de su masa en plomo, existe de forma tan abundante como cualquier elemento radiactivo de masas atómicas parecidas… y lo mismo diríamos del torio, del potasio o del rubidio que tienen períodos muchísimo mayores que el del uranio 238 y que al final se transforman, respectivamente, en plomo, argón y estroncio. Midiendo, en una muestra determinada, la cantidad de sustancia radiactiva que se ha transformado, junto con la que queda por transformar, se puede averiguar la «edad» de aquella muestra que se examina. De esta forma puede averiguarse también en qué fecha empezó la desintegración de los diferentes cuerpos radiactivos. O en otras palabras más claras: cuándo «nació» la materia, según escribe el mismo CHARON. No pudo esta materia empezar a existir «antes» de las fechas o período indicado, porque en tal caso la desintegración de los cuerpos radiactivos hubiese sido mucho mayor e incluso, probablemente, ciertos elementos radiactivos inestables se hubiesen transformado totalmente en otros estables. Tampoco pudo aparecer mucho «después» del citado período, porque entonces el proceso de desintegración de los cuerpos radiactivos estaría mucho más atrasado de lo que realmente está en la actualidad y la transformación de los núcleos inestables en estables no hubiese sido tan elevada en cantidad como lo es, en la realidad, hoy en día. Los diversos autores discrepan entre sí acerca de la fecha de nacimiento de la materia o del Universo. Así, mientras JEAN E. CHARON, PASCUAL JORDAN, J. MUIRDEN, M. HACK y V. GARCÍA RODRÍGUEZ aceptan la cifra de diez mil millones de años, otros, como I. ASIMOV, la elevan a trece mil millones de años, y E. L. SCHATZMAN admite la posibilidad de que se pueda llegar a los dieciocho mil millones de años. Pero lo importante y lo decisivo es que «todos» reconocen que la materia (o el Universo) empezó a existir en una fecha o momento determinado, siendo completamente indiferente el que sea hace cuatro mil millones de años o el que la cifra ascienda a un billón de años, o más. Como escribe el mismo físico francés, que repetidamente venimos citando, JEAN E. CHARON, «sea cual fuere el momento en que apareció la materia, y aun aceptando que se trate de una fecha remotamente distante en el pasado, el caso es que la materia tuvo que aparecer». En efecto: lo verdaderamente trascendental es que se reconozca que la materia «empezó» a existir en un momento dado, porque esto ya supone, como consecuencia, que no es eterna;

2º Toda energía se gasta, y si el Universo, fuese eterno ya se habrían gastado todas las fuentes de energía habidas y por haber. Como que la experiencia nos enseña que todavía quedan reservas de energía por consumir (en todo el Cosmos se calcula que existe un 90 % que se compone exclusivamente de hidrógeno que está por transformar) hemos de concluir afirmando que el Universo no puede ser eterno;

3º Por la ley de la entropía (o segundo principio de termodinámica) sabemos que todas las energías se degradan transformándose en calor, que luego no puede ser utilizado para efectuar un trabajo útil, sabiéndose también que más o menos tarde todas las energías se transformarán en calor, sobreviniendo un equilibrio térmico o la muerte térmica del Universo, en que habrá una uniformidad térmica general, con la muerte y fin de toda actividad. Como sabemos por experiencia que esto no ocurre ahora y que todavía queda mucha energía por transformar, hemos de concluir diciendo que no habitamos un Universo eterno, ya que, en tal supuesto, habría sobrevenido el equilibrio térmico final, cosa que sabemos que no ocurre… ni es fácil que ocurra, por ahora, dada la gran cantidad de energía que falta, por transformar;

4º La evolución continua de la materia, dentro de la Creación, nos demuestra igualmente que estamos lejos de habitar un Universo eterno. En tal supuesto, la materia ya no evolucionaría, ya no se transformaría en vegetales, animales y otras formas más superiores (según los evolucionistas), pues en un Universo ete.rno toda clase de evolución debe haberse terminado ya, por completo. El hecho de que estamos dentro de un ciclo evolutivo de la materia nos demuestra que estamos dentro de un Universo temporal no eterno, y

5º El simple hecho de transcurrir el «tiempo»; la sucesión, por ahora, ininterrumpida de días, meses, años y siglos; fenómeno innegable, porque ocurre delante de nuestras mismas narices, ya nos demuestra palpablemente que estamos dentro de un Universo temporal, que está regido por el tiempo, con una historia que aproximadamente se cifra en diez mil millones de años y no dentro de un Universo entero.

Ante las conclusiones de la ciencia moderna respecto a la edad dé la materia, ¿cómo es posible que todavía existan sistemas doctrinales que defienden la eternidad de la materia?, ¿en qué base buscará apoyo el materialismo filosófico para seguir defendiendo dicha eternidad? No será en la ciencia, que ahora se le coloca resueltamente en contra, sino en hipótesis indemostrables o en teorías arbitrarias, completamente al margen de lo que constituye la verdadera ciencia.

«CUANDO SE SIEMBRA A MARÍA EN LOS CORAZONES, SE COSECHA SIEMPRE A CRISTO EN LAS ALMAS», escribe el conocido misionero redentorista P. Luis Larrauri. Y María vive en el alma del cristiano que cada mañana y cada noche la saluda con amor con el rezo de las TRES AVEMARÍAS. ¿Es posible olvidarlas?