P.albacenaRvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I. Meridiano Católico Nº 184, mayo de 1994

“Ya no te llamarán Jacob. Tu nombre será Israel.”

Con estas palabras de bendición, Dios Nuestro Señor proclama ante todos los pueblos cuál será el que ha elegido libérrimamente para que sea la fuente de salvación de todos los otros pueblos de la tierra, Al llamar a Abrahán que saliera de su tierra y de la casa de su padre para dirigirse hacia Occidente, comenzó el Señor a poner en práctica sus designios.

Después de los Patriarcas fue lentamente descubriéndolos, hasta que después de pruebas, dificultades sin número, y muestras inauditas del Señor por medio de los profetas aclaró el destino divino de Israel: de él nacería el Salvador de todos los hombres. Israel sería el pueblo de Dios, porque en él, el Hijo de Dios se haría hombre, para que todos los hombres seamos hijos de Dios. De esta manera admirable, quedaba restaurada la humanidad que se había perdido por el pecado de Adán.

Pero el Maligno que tentó a Adán en su rebelión contra Dios, tentó a lo largo de su historia al pueblo de Israel, hasta el extremo de no querer recibir al Salvador y Redentor, el Mesías prometido, y rebelarse contra Él. “No queremos ¡que reine sobre nosotros”. “No tenemos más rey que el César”. Ésos fueron los gritos de su rebelión.

Después de la muerte redentora de Nuestro Señor Jesucristo y del universo de gracia que ha venido con la Iglesia, sigue Israel aferrado a su rechazo de quien es el Rey de Israel. Y se da la triste realidad de que Israel, jardín florido del que brota Jesús, la Virgen Inmaculada, los Santos Apóstoles, los primeros mártires, sea hoy, aún, tierra que quiere ignorar su elección de pueblo de salvación.

La acción invisible de la gracia está en nuestros días, modificando desde el fondo de las almas esta situación. Por fuera sigue la resistencia de la infidelidad. Pero en el interior de los corazones se está abriendo camino la aceptación de la gracia de la conversión. Son ya miles de judíos los que en secreto adoran y sirven con amor a Jesucristo. Tal vez, en los admirables planes de Dios Nuestro Señor, la conversión de los judíos, que será la conversión del mundo entero, se produzca como un rocío benéfico que cubre una mañana inesperada todos los campos, y todo el pueblo se sienta ya hermanado, no por una misma raza, sino por la misma fe en Cristo.

Estas consideraciones y otras súplicas que salían del alma, me envolvían, mientras, ajeno a todo, rezaba emocionado el oficio de Laudes, ante el llamado muro de las lágrimas. “Jersusalem, Jersusalem, convertere ad Dominura Deum Tuum”. Es entonces cuando una dulcísima persuasión se hace luminosa y consoladora.

La tierra que piso y recorrió en silencio la Santísima Virgen María; será la tierra en que la Virgen María recibirá en sus brazos maternales a Israel, su siervo. La nueva evangelización será obra de María. Ella va a convertí a todos los hombres a su divino Hijo. Ella, aparecida en tantos lugares en esta era mariana, será la aparición definitiva de Israel y la que provocará su conversión.

El enemigo ha promovido guerras y odios para impedir la conversión. Pero él no sabe que la conversión de Israel será el secreto de María. Yo veía aquella gran explanada, otras explanadas aún mayores, una extensión mayor que la del Templo al aire de Fátima y en él a todo un pueblo, acompañado de todos los pueblos, glorificando a la que es Reina y Madre de Misericordia.

Ya están maduros los tiempos del Señor. Con María empieza la historia de la salvación, con María vienen los nuevos cielos y la nueva tierra, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron. Ahora van a vivir los hombres en una ciudad nueva. La ciudad Santa que va a guardar a todos los hombres es María. Por sus doce puertas entran humildes los hijos del pueblo elegido, y en pos de ellos todos los habitantes del orbe.

Ya se oye el rumor de brisa que oían los peregrinos en la pequeña encina de Coya de Iría al venir la Virgen Santísima.