Franco y la Iglesia Católica José Guerra Campos Obispo de Cuenca Separata de la obra “El legado de Franco”

Conviene registrar notas características de esta persecución a sangre y fuego. Comenzó desde el primer momento, antes de tener noticias de actuaciones de católicos en la otra zona, como aplicación de planes que ya se habían practicado en la Revolución de Asturias de 1934 o en la Semana Trágica de 1909, orientados al aniquilamiento de las supuestas fuerzas reaccionarias. No eran movimientos espontáneos del “pueblo” (que en muchos lugares deseó salvar a sus sacerdotes) ni extralimitaciones de “incontrolados” (aunque hubiera algunos), sino ataques programados de las organizaciones revolucionarias. Y éstas, integradas en los Comités del Frente Popular, detentaban el poder real, con el respaldo más o menos complaciente de las autoridades constitucionales. En cuanto a las destrucciones de iglesias y del patrimonio artístico, que ahora algunos atribuyen equívocamente a la “guerra”, no se debieron a combates o a acciones del “enemigo”, sino casi totalmente a esos poderes internos. Guerra hubo también en la zona nacional, donde el patrimonio se conservó intacto.

El carácter antirreligioso de la persecución es de los más claros en la historia de la Iglesia. Las tergiversaciones que algunos intentan van contra la evidencia de hechos atestiguados por ellos mismos. No se trató de una represión en virtud de actuaciones concretas o de acusaciones personales, fundadas o no. Mientras no hubo, por ejemplo, caza de poetas por ser poetas, sí la hubo de sacerdotes, religiosos y seglares apostólicos sólo por serlo. El principio rector era la extirpación de la Iglesia. Todavía en 1968, fuera de toda posibilidad de acción, dos portavoces del anarcosindicalismo, la ex-ministra Federica Montseny y José Peirats hacen declaraciones esclarecedoras. Montseny: “No vemos con buenos ojos la existencia de la Iglesia como institución… Deseamos la desaparición de todas las Iglesias, de no importa qué culto ni qué religión, creyendo que todas las religiones han sido el opio de los pueblos”. Peirats: La C.N.T. no iba contra la Iglesia, “sino contra todas las Iglesias, sectas o ritos que exigen el sacrificio de las facultades racionales o la ciega creencia. El pueblo arremete contra la odiada institución del oscurantismo”.

Trasládese esto a 1936. Entonces la prensa de marxistas y anarquistas publicaba que el objetivo revolucionario a través de los incendios de iglesias y de las ejecuciones de gentes de Iglesia era “destruir a la Iglesia como institución”, Un jefe del POUM clamó en agosto de 1936: “El problema de la Iglesia… nosotros lo hemos resuelto yendo a la raíz. Hemos suprimido sus sacerdotes, las iglesias y el culto”, Un año más tarde, julio de 1937, la Hoja de una comarca catalana escribía: “Ya vivimos tranquilos. Hemos matado a todos los curas, a todos los que parecían curas y a todos los que nos parecían curas”. Un jefe comunista, a un pueblo que quería salvar a su Párroco: “Tenemos orden de quitar toda su semilla”. Otro comunista, el ‘ general Cordón, dirá en 1968 que el marxismo no era perseguidor, porque el método para eliminar la Religión no es la violencia, sino la transformación de las estructuras socio-económicas. Pero este “principio teórico”, que de aplicarse haría del marxismo el movimiento antirreligioso menos persecutorio de la historia, no suprime el hecho gigantesco de la violencia homicida de la Unión Soviética de Lenin y Stalin y de sus seguidores en España, que eran no sólo los “comunistas” sino la rama predominante de los socialistas. Un delegado español en un Congreso ateísta de Moscú dirá: “La Iglesia ha sido completamente aniquilada”.

Todo ello explica el ensañamiento contra los más cercanos al pueblo humilde. Pío XI dijo en 1937 que en la matanza de sacerdotes y religiosos el comunismo buscó “de modo especial a aquellos y aquellas que, precisamente, trabajaban con mayor celo con pobres y obreros”. José Gorostieta, Hermano de San Juan de Dios, ha recordado que, a pesar de haber sido elogiada su Orden en las Cortes Constituyentes “por razón de la obra social a que atiende”, en 1936 “fuimos tratados con la máxima crueldad, precisamente por ser miembros de la Iglesia Católica… y tuvimos más religiosos asesinados que las otras Ordenes, proporcionalmente, debido a que no pudimos escondernos por no abandonar los enfermos a que asistíamos”,