historiaMarcelino Menéndez y Pelayo Cultura Española, Madrid, 1941

La insania crucis, la religión del sofisma crucificado, que decía impíamente Luciano, o quien quiera que fuese el autor del Philopatris y del Peregrino, había triunfado en España, como en todo el mundo romano, de sus primeros adversarios. Lidio contra ella el culto oficial defendido por la espada de los emperadores, y fue vencido en la pelea, no sólo porque era absurdo e insuficiente, y habían pasado sus días, sino porque estaba, hacía tiempo, muerto en el entendimiento de los sabios y menoscabado en el ánimo de los pueblos, que del politeísmo conservaban la superstición más bien que la creencia. Pero lidio Roma en defensa de sus dioses porque se enlazaban a tradiciones patrióticas, traían a la memoria antiguas hazañas, y parecían tener vinculada la eternidad del imperio. Y de tal suelte resistió, que aun habida consideración al poder de las ideas y a la gran multitud (ingens multitudo) de cristianos, no se-entiende ni se explica sin un evidente milagro la difusión prestísima del nuevo culto. Por lo que hace a nuestra Península, ya en tiempos de Tertuliano se habían extendido hasta los últimos confines (omnes termini), hasta los montes cántabros y asturianos, inaccesibles casi a las legiones romanas (loca inaccesa). Innumerables, dice Arnobio que eran los cristianos en España. El antiguo culto (se ha dicho) era caduco: pero debía costar el destruirlo, cuando filósofos y poetas le habían desacreditado con argumentos y con burlas. Y no reparan los que esto dicen, que el Cristianismo no venía sencillamente a levantar altar contra altar, sino a herir en el corazón a la sociedad antigua, predicando nueva doctrina filosófica, nunca enseñada en Atenas ni en Alejandría, por lo cual debía levantar, y levantó contra sí, todos los fanatismos de la escuela: predicando nueva moral, que debía sublevar para contrarrestarla, todas las malas pasiones, que andaban desencadenadas y sueltas en los tiempos de Nerón y Domiciano. Por eso fue larga, empeñada y tremenda la lucha, que no era de una religión vieja y decadente contra otra nueva y generosa, sino de todos los perversos instintos de la carne contra la ley del espíritu, de los vicios y calamidades de la organización social contra la ley de justicia, de todas-las sectas filosóficas contra la única y verdadera sabiduría. En torno del fuego de Vesta, del templo de Jano Bifronte o del altar de la Victoria, no velaban sólo sacerdotes astutos y visionarios, flámines y vestales. De otra suerte, ¿cómo se entiende que el politeísmo clásico, nunca exclusivo ni intolerante como toda religión débil y vaga, persiguiese con acerbidad y sin descanso a los cristianos? Una nueva secta que hubiese carecido del sello divido, universal e infalible del Cristianismo, habría acabado por entrar en el fondo común de las ciencias que, no se creían. Poco les costaba a los romanos introducir en su Panteón nuevos dioses (1)…

(1) Heterodoxos. Tomo II, páginas 12 a 16, 21 a 23.