Divina_Misericordia_Un veterano de Leopoldo I

Una Misión en una ciudad de Bélgica.

Una tarde, al anochecer, el autor de estas líneas se halla en su confesionario.

Se presenta un caballero.

-Padre, desearía hablar con usted.

Nos dirigimos a la sacristía; hago que nos dejen solos y cierro las puertas con llave.

-Permítame, ante todo, que me dé a conocer.

El forastero se planta delante de mí: es alto, esbelto, erguido, de porte distinguido, cabellos blancos, un anciano “guapo mozo”.

-Soy un antiguo soldado de Leopoldo I.

-¿De Leopoldo I?

-Exactamente.

-Pero, permítame, caballero. ¿Qué edad tiene usted?

-Noventa y tres años.

-Le felicito. ¡Qué bien llevados!

-¡ Ah, sí! Físicamente todo va bien, a pesar de la edad. ¡Pero mi alma…!

-¡El buen Jesús tiene misericordia para todas las almas de buena voluntad!

-Sí, lo sé; usted lo ha dicho en su sermón esta noche, y, además, está en el Evangelio con todas las letras. Pero mire, Padre, yo tengo que empezar desde muy lejos ¡Yo me alejé de Dios desde mi primera comunión!

-Entonces, ¿quién le ha impelido a venir aquí esta noche?

-Sería muy largo de contar… Sería necesario que yo le narrara una serie ininterrumpida de circunstancias en cuyo origen veo la buena y maternal intervención de Nuestra Señora. Porque hace cuarenta años que empecé a rezar cada día mis tres avemarías.

Mi interlocutor empezaba a conmoverse. Entonces corté por lo sano, mostrándole mi confesonario.

Pues bien, después de la absolución se deshizo en lágrimas.

-¡Hijo mío -le dije-, ahora llore usted!

-¡Ah! ¡Son lágrimas de felicidad! Pues con su absolución me he sentido de repente invadido de un gozo que no había conocido desde mi primera comunión!

Abracé al venerable penitente y a su vez me abrazó con un afecto del todo paternal.

Bello espectáculo para el Cielo, “donde hay más gozo y alegría por un pecador que se convierte que por la perseverancia de noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia”.