españaMarcelino Menéndez y Pelayo
Cultura Española, Madrid, 1941

  1. -Los Visigodos
  2. Arrianismo
  3. a) Los invasores

Cuando la mano. del Señor, para castigar las abominaciones del mundo romano, lanzó sobre él un enjambre de bárbaros venidos de los bosques de Germania, de las orillas del Volga, del Tánais y del Borístenes, era grande la confusión religiosa de los pueblos invadidos. Las, fantasías gnósticas habían cedido el puesto a otras enseñanzas de carácter más dialéctico que teosófico, fun~ dadas casi todas en una base antitrinitaria. Descollaba entre los demás el arrianismo, doctrina que por parecer fácil y clara encontró cierta acogida en Occidente, y contagió antes o después a la mayor p arte de las tribus bárbaras…

Los primeros hijos del Norte que descendieron a España, los vándalos, suevos, alanos y silingos, que en el año de 409, acaudillados por Gunderico, Atace y Hermerico, hicieron en nuestra Península aquella espantosa devastación y matanza, seguida de hambre y general peste, de que habla el Cronicón de Idacio, estaban lejos de profesar la misma religión. Los vándalos y alanos seguían en parte el cristianismo, en parte la antigua idolatría; al paso que los suevos” eran todos idólatras…

Cuando Ataulfo llegó en 416 a Barcelona, los visigodos que le seguían profesaban unánimemente el arrianismo aprendido de Ulphilas. Pero menos bárbaros que los restantes invasores, o distraídos en conquistas y alianzas que los apartaban de la persecución religiosa, ni trataron de imponer sus dogmas al pueblo vencido, ni siguieron el cruento ejemplo de los vándalos. Mientras en Andalucía derramábase la sangre a torrentes, y los Obispos, firmes en los mayores trabajos a la guarda y defensa de su grey (como escribió San Agustín), sólo abandonaban sus iglesias cuando sus fieles habían desaparecido, unos ,alejándose de la patria, otros muertos en la persecución, quien consumido en los sitios de las ciudades, quién prisionero y cautivo, los de Cataluña y la Galia Narbonense disfrutaron de relativa libertad en los reinados del mismo Ataulfo, de Sigerico, Walía, Teodoredo, Turismundo y Teodorico, todos los cuales trabajaron activamente en la constitución del nuevo imperio. Al fin, Eurico vio reunida bajo su cetro, además de la Galia Aquitánica, toda nuestra Península, excepto la Gallecia y tierras confinantes, donde se mantuvieron por cien años más los suevos. Eurico, el primero de los legisladores de su raza, no se acordó de los vencidos sino para perseguirlos. En Aquitania mató, encarceló y desterró a muchos clérigos y sacerdotes.

Moderó estos rigores su sucesor Alarico, que llegó a honrar con altos cargos a muchos de la gente romana, e hizo compilar para su uso el código llamado Breviario de Aniano. Leyes hubo desde entonces para los dos pueblos, pero leyes diversas: una para el bárbaro vencedor, otra para el siervo latino. Algún alivio traía, sin embargo, tal estado de cosas, en cotejo con la absoluta anarquía que siguió a las primeras invasiones.

La moderación de Alarico no fue parte a impedir que otro caudillo bárbaro, el franco Clovis o Clodoveo, convertido poco antes al cristianismo, emprendiese, so pretexto de religión, despojarle de lo que poseían los godos en las Galias. Alarico desterró dos Obispos, Volusiano de Tours y Quintiano de Rodez, por sospechosos de inteligencia con los francos. Clodoveo juró arrojar de la Aquitania a los herejes, y a pesar de los esfuerzos, conciliatorios del rey de Italia Teodorico, la guerra fue declarada, y vencido y muerto Alarico en Vouglé, cerca de Poitiers.