+Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona

El domingo de la Santísima Trinidad –un día especialmente centrado en el misterio de Dios- tenemos cada año un recuerdo para nuestros hermanos contemplativos y nuestras hermanas contemplativas, a quienes tenemos cerca, en los conventos y monasterios de nuestros pueblos y ciudades. Ellos rezan por nosotros y por las necesidades del mundo, rezan para que el Reino de Dios se vaya extendiendo entre nosotros. Los contemplativos y las contemplativas nos recuerdan que los cristianos estamos llamados a cultivar la dimensión contemplativa que todos hemos recibido de Dios, cada uno según su estado de vida y sus posibilidades. La contemplación no es un don exclusivo de los monjes y las monjas.

El lema de la jornada Pro Orantibus de este año, citando la Constitución apostólica sobre la vida contemplativa femenina Vultum Dei Quaerere, es: “Contemplar el mundo con la mirada de Dios”. Aunque parezca imposible, en nuestro mundo hay muchos hombres y mujeres que se sienten llamados a dedicar toda la vida a la alabanza de Dios, a la oración de intercesión por sus hermanos y hermanas del mundo, al trabajo y a la vida en comunidad en el seno de un monasterio contemplativo. Es un motivo de gran alegría y de acción de gracias a Dios. Este es un signo más que revela que nuestro Dios no solo existe, sino que está vivo y es eficaz.

Estos hermanos nuestros que han acogido esta invitación de Dios son personas que han hecho una opción para toda la vida y que, a pesar de las exigencias, son muy felices. Su estilo de vida hace que no les veamos fácilmente. Han optado por el silencio y por la oración en su entrega a Dios. Esta radicalidad y autenticidad de vida de los monjes y las monjas de clausura suscita sorpresa, curiosidad y atracción en un ambiente a menudo marcado por la secularización.

Vivir en un monasterio no significa evadirse del mundo, desentenderse de la sociedad. La vida contemplativa es expresión del amor a Dios y no se puede amar auténticamente a Dios sin amar a la humanidad. Los hombres y las mujeres que Dios llama a la vida contemplativa son personas que aman la vida, solidarias con los hermanos y que, desde su vocación, también están comprometidas y colaboran activamente en la transformación del mundo. Su intensa oración unida a nuestra acción se convierte en motor de cambio interior y social. Nuestra acción necesita su plegaria.

De hecho, aunque parezca una paradoja, desde el monasterio están cerca de las necesidades eclesiales, pero también de nuestras inquietudes, tristezas y sufrimientos. ¡Cuánta gente los va a visitar para pedirles que recen por intenciones concretas! Viven con los ojos puestos en el Señor y el corazón abierto a las necesidades de los hermanos; un corazón que, haciéndose oración, hace que su vida sea apostólica y colabore en la redención del mundo.

Muchas gracias, hermanos y hermanas contemplativos. Desde el silencio, la adoración y la vida en comunidad, nos enseñáis a recordar al mundo la primacía de Dios sobre el mundo y a contemplar a éste con su mirada.