Una Epopeya misionera

Negros velos de falsa leyenda

P. Juan Terradas Soler C. P. C. R.

Si toda la historia de España católica ha sido denigrada por la Leyenda Negra, los dardos de la crítica impía han sido especialmente acerados al atacar la hazaña más gloriosa de esta nación: el haber engendrado todo un continente a la fe de Jesucristo.

Para convencerse de ello basta recorrer las historias que de tres siglos a esta parte se han escrito. Quien se detiene a consultarlas queda admirado al constatar la malicia de la Leyenda Negra en este punto, así como la asombrosa divulgación que ha conseguido. Su maléfico influjo no sólo ha invadido todo el campo acatólico, sino que ha penetrado también en el nuestro. Ni siquiera han faltado historiadores eclesiásticos que se hayan dejado seducir: tal era la astucia de la calumnia.

Y ¿cuál ha sido, entre los múltiples episodios de la historia, del continente hispano, el blanco escogido de la leyenda? Todo, absolutamente todo, “desde la actitud de los teólogos de Salamanca frente a los proyectos de Colón, hasta la Obra entera de colonización que España llevó a cabo en el Nuevo Mundo”, todo ha sido falseado.

No nos será difícil probarlo. Dejemos hablar a los mismos historiadores.

Suponemos conocido de todos al célebre Padre Las Casas, iniciador inconsciente de la triste Leyenda Negra americana.

En el origen de los escritos de Fray Bartolomé de Las Casas hay que poner sus teorías personales de colonización, basadas en una bondad ciega. Según él, conquistar las regiones a punta de lanza era una injusticia que clamaba al Cielo. Había que ir a los indios con una cruz en la mano y con una bandera blanca en la otra. Para iniciar cualquier obra de colonización o de mejora territorial, para intentar un levantamiento cultural, moral o religioso, había que contar siempre con el libre permiso de los naturales, por muy ignorantes y depravados que fueran. De lo contrario era necesario desistir del intento.

No hay para qué ponderar lo quimérico del plan del buen fraile. Quien tenga noticia de la abyección en que estaban caídas las razas que poblaban América, se dará cuenta de que el sistema, de Las Casas era fruto de un corazón no regulado por la razón.

Y por lo que toca a las experiencias del mismo P. Las Casas, he aquí cómo nos cuenta un autor americano los resultados que obtuvo:

El primer conquistador liberal de América -dice el nicaragüense P. A. Quadra- fue el P. Las Casas. El P. Las Casas fue también el primer español enemigo de España, y, por tanto, el primer enemigo de los indios. El P. Las Casas, basado en la teoría liberal de la bondad natural del hombre, hubiera deseado la conquista de América como una campaña electoral, y que la religión fuese aceptada por un plebiscito de salvajes. Baste un caso. Cuando vino el Obispo de Chiapas a Nicaragua levantó una violenta campaña en contra del descubrimiento del Desaguadero y conquistas de las regiones atlánticas. Negando la absolución a los conquistadores, logró desbaratar la expedición que ya estaba lista. La costa atlántica no fue conquistada. Aún no lo ha sido. Gracias a su caridad insensata, los indios son allí todavía indios y vagan en la barbarie esperando la hispanidad. La historia es más triste aún: separando la espada de la cruz, quiso la conquista liberal de la barbarie. Una expedición de misioneros salió hacia las regiones salvajes, pero… nunca, regresó. Los misioneros, sin el sostén y la defensa conquistadora, fueron comidos por los indios.

Menéndez y Pelayo nos da un juicio de conjunto sobre La Casas, digno de la certera pluma del crítico inigualado:

“La grandeza del personaje no se niega, pero es grandeza rígida, y angulosa, más de hombre de acción que de hombre de pensamiento. Sus ideas eran pocas y aferradas a su espíritu con tenacidad de clavos; violenta y asperísima su, condición; irascible y colérico su temperamento; intratable y rudo su fanatismo de escuela; hiperbólico e intemperante su lenguaje, mezcla de pedantería escolástica y de brutales injurias. La caridad misma tomaba un dejo amargo al pasar por sus labios. Tal era el feroz controversista a quien los hombres del siglo pasado quisieron convertir en filántropo sensible.

 

 

 

Con su obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias pretendía Las Casas, en su buena fe, mover el corazón de los reyes de España a implantar el sistema de colonización por él preconizado, o, al menos, mejorar el trato que los colonos españoles daban a los indígenas americanos. Hay que concederle sus éxitos en este punto, ya que a sus instancias se debieron algunas de las más paternales Leyes de Indias. Pero lo que no previó el incauto fraile fueron las funestas consecuencias que su escrito había de arrastrar, no sólo a su patria, sino a la misma causa católica. Apenas tuvieron noticia de él en los países protestantes y enemigos de España, lo tradujeron, corregido y aumentado, y aun ilustrado con horripilantes grabados, a los principales idiomas europeos, e hicieron numerosas ediciones que difundieron profusamente. España, que pretendía ser el paladín del catolicismo, y quería imponerles a ellos su confesión religiosa, era culpable de la destrucción horrible de millones de seres humanos: he ahí los excesos que el papismo podía producir…