P. Manuel Martínez Cano mCR.

Sangre de Cristo, bebida eucarística y refrigerio de las almas, ten misericordia de nosotros.

La Virgen dijo a Santa Bernadette: No te prometo hacer feliz en este mundo pero si en el otro. “La Virgen es tan hermosa que estoy deseando morirme para verla de nuevo” (Santa Bernadette). ¡Sí, la veremos!

Al Cielo, al Cielo, sí, un día a verla iré. Al Cielo, al Cielo, sí, un día a verla iré.

Un día a verla iré al Cielo, Patria mía. Sí, yo veré a María. Oh, sí, yo la veré.

Un día a verla iré a Madre tan querida, pues que le ofrezco en vida rendido todo mi ser.

María, yo seré feliz cuando te vea, y de Madre tan buena jamás me apartaré.

Un día a verla iré a aquella Virgen bella, y yendo en pos de ella mi amor le cantaré.

Morir entre tus brazos, Madre del Salvador, es dormirse en la tierra y despertar en Dios.

Ninguna otra verdad revelada se repite tantas veces en la Sagrada Escritura como la existencia del Cielo. El Señor dice que pidamos a “Nuestro Padre que está en los Cielos” (Mt 25, 46); “Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo” (Jn 6, 51 ); “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43); “Los justos irán a la vida eterna” (Mt 25, 46); “Mirad que no despreciéis a uno de esos pequeños, porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el Cielo la faz de mi Padre que está en los Cielos” (Mt 18, 10).

La felicidad esencial del Cielo es la visión beatífica de Dios, por la cual los bienaventurados contemplan inmediata y directamente la esencia divina de manera clara y sin velos, produciendo en las almas el gozo y la felicidad de la eterna posesión de Dios.

Cuando San Pablo quiere explicar en qué consiste la felicidad del Cielo, dice: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1ª Cor 2, 9).

¡Será un éxtasis eterno que sumergirá al alma en una felicidad indescriptible! ¡Inefable! ¡Ver, amar y gozar de Dios, eso es el Cielo!

“Y una vez que haya comenzado en ellos la visión intuitiva, cara a cara, y ese goce, subsistirán continuamente en ellos esa misma visión y ese mismo goce sin interrupción ni tedio de ninguna clase, y durará hasta el juicio final , y desde éste, indefinidamente por toda la eternidad” (Constitución Benedictus Deus, Benedicto).

A la felicidad esencial del Cielo, que brota de la visión inmediata de Dios, se añade una felicidad accidental que surge del conocimiento y amor de los bienes creados.

Motivo de felicidad accidental para los bienaventurados del Cielo será estar en compañía de Cristo (en cuanto a su humanidad) y de la Virgen, de los ángeles y de los santos; de volver a encontrarse con los seres queridos y con los amigos que tuvieron durante la vida terrena; conocer las obras de Dios.

La unión del alma y el cuerpo, glorificado el día de la resurrección, aumentará la felicidad accidental de la gloria celestial.

La teología enseña que hay tres clases de bienaventurados que reciben una recompensa especial (aureola) por las victorias conseguidas en la tierra: las vírgenes, por su victoria contra la carne; los mártires, por su victoria contra el mundo; los doctores, por su victoria sobre el diablo, padre de la mentira.

El grado de la felicidad celestial es distinto en cada uno de los bienaventurados, según la diversidad de méritos que acumularon en la Tierra: Jesús dice “el Hijo del Hombre dará a cada uno según sus obras” (Mt 16, 27); y San Pablo “cada uno recibirá su recompensa conforme a su trabajo” ( 1ª Cor 3, 8), porque “el que siembra escasamente, escasamente cosecha; y el que siembra a manos llenas, a manos llenas cosecha” (2Cor 9, 6).

Una pregunta: ¿Por qué no empezamos ya a vivir en la tierra como un día viviremos eternamente en el Cielo? Sí: “Vivamos de amor, para morir de amor y glorificar al Señor que es todo amor” (Santa Isabel de la Trinidad).