En 2014, vine al Santuario de Lourdes con mi hija de 3 años. Padecía una neutropenia autoinmune diagnosticada en mayo de 2012. Un mes antes de la peregrinación, sus resultados sanguíneos mostraban una tasa de 2% de neutrófilos, que es el indicador de una neutropenia severa. Un mes después de nuestra vuelta de Lourdes, esa tasa había subido hasta el 6% (la categoría superior). El año siguiente, su tasa era casi normal, lo que hacía decir al médico: “Se podría hablar de una posible curación”. Tengo que decir que era atea y mi hija no ha recibido ninguna educación religiosa. Esa estancia en Lourdes me pareció, sin embargo, una evidencia. Tenía que ir. Fuimos a las piscinas al día siguiente. Al salir, mi hija estaba curada. No puedo explicar fácilmente lo que pasó. Después del segundo baño, supe que tenía que volver yo sola para sumergirme completamente. Cuando vine con mi hija no comprendí para qué. Me marché convencida de que algo había pasado. Hoy, me alegro de que mi hija esté curada. Sobre todo he recobrado la fe, la fe en algo que me supera por completo. Agradezco al Santuario de Lourdes su acogida, su escucha, la amabilidad y sobre todo el amor que hemos sentido. Ese viaje ha sido una revelación y, en mi opinión, un milagro para mi hija.