P. Manuel Martínez Cano mCR.

Son un cielo en la tierra, en cuanto puede haber un cielo en la tierra, como dijera Santa Teresa de Jesús del Carmelo. Y ya van cuarenta y cuatro años. Años de alegría, de entusiasmo, de fervor, de amor, de vocaciones sacerdotales, misioneras contemplativas. También matrimonios, este año han venido treinta niños cuyos padres vinieron a colonias.

Once días de deportes, juegos, música, canciones, teatro, piscina, escalada, tirolina, pasarela sobre el río, excursiones, busca del tesoro, siesta. Horario completo desde las ocho de la mañana a las once de la noche.

Lo más importante de nuestras colonias es la formación religiosa: oraciones de la mañana, Santa Misa, Catecismo, Ángelus, cantos, charla religiosa del capellán, bendición y Acción de Gracias en las comidas visita al Santísimo, Santo Rosario, oraciones de la noche, máxima religiosa para el siguiente día. Procesión de antorchas con la Virgen, procesión del Corpus Christi, Adoración Nocturna, imposición de escapulario.

En la clausura de las colonias, una niña de siete años que vino por primera vez, dijo públicamente: “En estas colonias, he aprendido a obedecer a la primera, en mi casa sólo obedecía a la segunda o la tercera. Estoy muy contenta.

En la Santa Misa del día de los Padres, recordé las palabras de Santa Teresa de Calcuta: ” Los mejores profesores son los niños” En la comida, una joven madre decía: “Ya he aprendido la primera lección de mi hija: “Después de comer, hay que dar gracias a Dios”. Pasando por las mesas del comedor, dos hermanas y un hermano, me dicen entusiasmados ante sus padres: “Padre, vamos a rezar el rosario en familia”. Una madre pregunta a su hijo: “Ha reñido mucho el capellán”. Contesta: “El capellán solo riñe si te portas mal”.

Vamos a cenar, delante de mí la escuadra de las más pequeñicas, dos niñas de cinco años y una de cuatro, hijas de las tres cocineras voluntarias. Les pregunto si se han lavado las manos, me las enseñan. La de cinco años, me dice: y “tú te las has lavado”. Se las enseño. Pone su dedo en mi mano izquierda y sentencia: “esto es que, poquico a poquico, te vas haciendo un poquico viejo”. La de cuatro años remata: “Sí, porque ya tienes el pelo blanco”. La verdad siempre por delante.

En la homilía, dije que la sonrisa de un niño o una niña, vale más que todo el Universo. Somos hijos de Dios, hechos a su imagen y semejanza. Cuando yo estudiaba estos temas, nos decían que en el universo hay cien mil millones de galaxias, diez mil trillones de estrellas, un radio de cien mil trillones de kilómetros y una masa de un trillón de trillones de toneladas. Nada de esto sonríe. Lo que sí hace reír es lo del “cambio climático”.

De postre. El cerebro humano es una maravilla de complicación. Más de diez mil millones de neuronas en el cerebro, conectadas entre sí, en forma que no igualan todos los ordenadores electrónicos del mundo juntos.

¡Vivan las niñas!, ¡Vivan los niños!, ¡Vivan los padres!