P. Manuel Martínez Cano mCR.

La política es la ciencia y el arte del bien común. Es servicio a Dios y a los hombres. Las políticas modernas no sirven a Dios y engañan a los hombres. Son Satánicas. En nuestros días de total confusión y corrupción política, los católicos tenemos el sagrado deber de estudiar y difundir el Magisterio Política de la Iglesia. La editorial B.A.C., ha publicado los documentos y encíclicas de los Sumos Pontífices. La política es una vocación cristiana que ayuda a la salvación de las almas.

Se ha escrito muchas veces que los católicos no debemos meternos en política. Y es verdad. No debemos colaborar con la política satánica. Tenemos la obligación de combatirla para establecer en el mundo el Reinado Social de nuestro Señor Jesucristo. El Papa León XIII, convocó a los católicos a votar en la política municipal, porque en aquel tiempo buena parte de la educación era competencia municipal y no estatal. En su encíclica Inmortale Dei (1885) dice:

“Es también de interés público que los católicos colaboren acertadamente en la administración municipal, procurando y logrando sobre todo que se atienda a la instrucción pública de la juventud en lo referente a la religión (…) Asimismo, por regla general, es bueno que la acción de los católicos se extienda desde este estrecho círculo a un campo más amplio, e incluso que abarque el poder supremo del Estado (…) Puede muy bien suceder que en alguna parte, por causas muy graves y muy justas, no convenga en modo alguno intervenir en el gobierno de un Estado ni ocupar en él puestos políticos. Pero en general, como hemos dicho, no querer tomar parte alguna en la vida pública sería tan reprensible como no querer prestar ayuda alguna al bien común. Tanto más cuanto los católicos, en virtud de la misma doctrina que profesan, están obligados en conciencia a cumplir estas obligaciones con toda fidelidad. De lo contrario, si se abstienen políticamente, los asuntos públicos caerán en manos de personas cuya manera pensar puede ofrecer escasas esperanzas de salvación para el Estado (…) Queda, por tanto, bien claro que los católicos tienen motivos justos para intervenir en la vida política de los pueblos”.

Pueden darse circunstancias en las que un católico no solo no está obligado a participar en política sino que lo tiene expresamente prohibido. El Beato Pío IX dijo a los católicos italianos que les obligaba a no participar en la política, tras el despoje de los Estados Pontificios, por parte de la dinastía libertad de los Saboya.

El beato Pablo VI, en su Carta Apostólica Octogesima adveniens, es contundente:

“EI cristiano que quiere vivir su fe siguiendo una acción política como servicio en provecho de los demás, no puede ser partidario, sin estar en contradicción consigo mismo, de sistemas ideológicos que son incompatibles, ya sea radicalmente, ya sea en los puntos esenciales, con la fe que profesa y con lo que siente acerca del hombre. Ni se puede, pues, ser partidario de la ideología marxista (…) Ni ser partidario de la ideología liberal, que afirma ensalzar la libertad de la persona sustrayéndola a toda regla, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder, y considerando los vínculos sociales entre los hombres como consecuencias más o menos espontáneas de iniciativas privadas”.

¡Política Católica, sí!