P. Manuel Martínez Cano, mCR.

ddEn el camino de la vida cristiana hacia la santidad no debemos menospreciar las cosas pequeñas, sí pequeñas se pueden llamar a las cosas que nos pueden traer tanto mal o tanto bien, porque si no les damos importancia, poco a poco acabaremos en el pecado y retrocederemos en el camino de la perfección. Es normal que pongamos más atención a las cosas más importantes, pero no debemos descuidar las cosas pequeñas, como si tuvieran menos importancia, porque en la vida espiritual lo más importante es el amor que se pone al hacer las cosas, no las cosas en sí mismas. Nunca se hace poco si se hace por amor de Dios. Nadie se hace muy bueno y muy malo de repente sino que, poco a poco, va creciendo en su alma el bien o el mal. Tenemos que vigilar y orar para no caer en la tentación.

El demonio -que sabe mucho- a los que avanzan por el camino de la santidad no los tienta al principio de cosas grandes, sino que empieza con cosas pequeñas para seguir, más tarde, con las más graves. Este proceder del demonio es muy peligroso porque las almas se dan cuenta antes de las tentaciones graves que de las leves y luchan contra ellas. Debemos poner más diligencia en evitar los pecados veniales que los mortales, porque los pecados mortales traen consigo un horror y temor que se combaten inmediatamente. Pero los pecados veniales hacen flojas y negligentes a las almas y, como se le da poca importancia, hace mucho daño a las personas. San Agustín se preguntaba: “¿Qué importa que por pequeño agujero haya entrado el agua al navío, si al fin se hunde?”. No lo olvidemos, el demonio es nuestro enemigo; siempre nos está haciendo la guerra porque nunca duerme ni descansa.

Es muy importante hacer caso de las cosas pequeñas, lo dice el Señor: “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; el que en poco es infiel, también es infiel en lo mucho” (Lc 16, 10). Si somos descuidados y hacemos poco caso a las cosas pequeña puede suceder que, las gracias especiales que Dios nos hubiese dado por haber sido fieles no las recibamos. Dios no niega nunca la gracia suficiente para vencer las tentaciones a las almas que están atentas para recibir los dones del Cielo. Quien peca es porque quiere.

En la regla que escribió San Ignacio para la Compañía de Jesús, dice: “Cuanto uno más se ligare con Dios Nuestro Señor, y más liberal se mostrare con la Divina Majestad, tanto se hallará más liberal consigo; y él será más dispuesto para recibir cada día mayores gracias y dones espirituales”. Dios es infinitamente generoso con todos sus hijos, especialmente con los que más le demuestran que lo aman. Sin embargo a los tibios Dios les dice que están para ser vomitados de su boca. Una vez más, y como siempre, debemos acudir a nuestra Madre Santísima para que nos guíe por el camino de la santidad, hasta el Cielo.