Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Jusucristo Yo soy la verdad y el caminoEn nuestros días se habla mucho de la conciencia y, en torno a ella, se dicen disparates y aberraciones.

Conciencia psicológica es el conocimiento intelectual, íntimo, que la persona tiene de sí mismo y de sus actos. Sí yo dijera que soy Napoleón, no estaría en mis cabales, estaría loco. 

Conciencia moral es la misma inteligencia humana que hace un juicio práctico sobre la bondad o malicia de sus actos. Si mato a todo aquel que se me pone por delante, sería un asesino; como los que asesinan a los niños en las entrañas de sus madres.

 La conciencia es la norma subjetiva de la moralidad de nuestros actos. 

La norma objetiva de nuestros actos es la Ley natural gravada por Dios en nuestras almas.

La conciencia se manifiesta antes del acto (conciencia antecedentes), durante el acto (conciencia concomitante) y después el acto (conciencia consiguiente). 

Antes del acto la conciencia nos dice lo que debe o no debe hacer, y en consecuencia, lo permite, lo ordena o lo prohíbe. Durante el acto la conciencia es testigo de la buena o mala acción; después del acto la conciencia aprueba el acto bueno, llenándonos de paz y de tranquilidad; o reprueba el acto, con el remordimiento, si fuere malo.

Si se diera el caso de que, sólo después de realizado un acto, la persona se diera cuenta de que ha hecho un acto malo, no habría cometido pecado. Ha cometido una acción materialmente mala, pero no atribuible a la persona, porque le ha faltado la advertencia de la mente y la decisión de la voluntad.

La conciencia moral puede ser verdadera, errónea, cierta, dudosa, perpleja, y escrupulosa, dedicada, laxa…

Conciencia verdadera es aquella que juzga los actos humanos en conformidad con la Ley natural, grabada por Dios en nuestros corazones.

Conciencia errónea es la que juzga los actos humanos en desacuerdo con la Ley natural.

Actuaría con conciencia verdadera quien dijera: “He faltado al respeto a mis padres, luego he cometido un pecado contra el cuarto mandamiento”. Obraría con conciencia errónea el que dijera: “He mentido, pero no he pecado”.

La conciencia verdadera es la regla subjetiva de los actos humanos, porque solo ella capta el verdadero y auténtico valor de la Ley eterna, origen y fuente de toda moralidad.

“La alegría de la buena conciencia es como un anticipo del paraíso” (San Agustín).