Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas de la colonización (1825 – 1939) (16)

 San Pío X

Mons. Ramón Ángel Jara, ObispoMonseñor Jara, con su cálida oratoria, presentó al Papa aquellos amados símbolos patrios, implorando del Supremo Pastor su pacífica bendición de Padre.

He aquí los principales pasajes del bello discurso pronunciado por el obispo chileno:

“Beatísimo Padre:

A este concierto unísono de veneración profunda y de filial afecto, con que el orbe católico, sin distinción de razas, de lenguas y de clases, viene celebrando vuestro jubileo sacerdotal, el Episcopado de la América Española ha querido añadir una nota más, que encontrará un eco simpático en vuestro corazón”.

“Fruto de esta cruzada que persigue la unión de todos los hombres y de todos los pueblos que profesan el credo de nuestra fe ha sido el pensamiento de robustecer nuestros vínculos de raza, de creencias y de lengua, trayendo aquí a los pies de la Cátedra de San Pedro nuestros queridos pabellones, porque después de haber sido todos ellos santificados con el juramento de nuestros padres y con la sangre de nuestros guerreros, se han hecho dignos de venir, como los hermanos de un mismo hogar, a rodear el trono más augusto de la tierra para impetrar las bendiciones del Cielo.

Banderas HLa bandera de un pueblo, en todos los tiempos y en todas las razas, entre los hijos de la civilización y de la barbarie, ha sido siempre el símbolo de la colectividad… Agrupadas aquí en torno de vuestra frente venerable, ellas se inclinan sobre vuestro corazón para deciros: Somos mensajeras de sesenta millones de católicos americanos que son vuestros hijos, y que con nosotras os envían la seguridad de su amor, de su obediencia y de su fidelidad hasta el sacrificio de la vida si fuese necesario. Más de cuatrocientos años han corrido desde el día en que la América, obedeciendo a la voluntad del Hacedor Supremo, salió al encuentro de la Cruz de la Redención y de la bandera de Castilla, repitiendo aquellas palabras que pronunciaron los mundos en el firmamento: “Eccé adsum”.

Tamaña gloria, discernida por Dios a la noble España fue digna recompensa de un pueblo que durante ochocientos años había luchado contra el poder otomano por conservar intacto el depósito de la fe cristiana (145).

(145) Ya el célebre historiador Católico Rohrbacher repetía en su tiempo, siguiendo a otros autores, la relación providencial entre la reconquista de España y la conquista del Nuevo Mundo: “Las dos naciones más fieles al espíritu de las cruzadas, fueron los españoles y los portugueses. Por eso Dios les encargará más tarde someter al imperio de Jesucristo todo un mundo nuevo” (Historie Universelle de l’Eglise Catholique, t. IX, 1. 83, pág. 282, París, 1881). Y más tarde el Cardenal Gomá recoge la idea, y la hace suya en el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires. Pío XII, a su vez, religa como veremos en sus discursos las dos misiones principales de España: la defensa y la propagación de la fe católica.

Banderas H - 2Dispuso el Cielo que aquellas mismas manos que habían sostenido los derechos de la Cruz en el viejo mundo, hubieran de ir marcando con ella sus descubrimientos y conquistas en un nuevo continente; la misma sangre que había derramado el pecho generoso del noble ibero en aquella lucha gigantesca de la Edad Media, debía multiplicarse con sus propios gérmenes de vida en la descendencia americana”.

“Como se desgarra el pelicano las entrañas para alimentar a sus hijos con la propia sangre, así la España se desangró para trocar en pueblos civilizados las tolderías de los primitivos indígenas de América.

Y para esta obra magna, España gastó dinero, sus ejércitos y sus fuerzas después de ocho siglos de lucha contra los moros. Con lo que España perdió en fuerzas materiales, se robusteció el continente americano.

La América Española, por su parte, ha sentido crecer en el transcurso de los años la veneración y el cariño hacia su augusta madre. Sus gozos y sus dolores son los nuestros. Si alguna vez ha sido injuriado el sacro pabellón de ese pueblo hispano, que cuando se le ofende no cuenta sus soldados ni los barcos de su armada, las naciones todas de América se han conmovido indignadas. Terminada ya esa difícil, aunque gloriosa, jornada de la independencia americana, cicatrizadas esas heridas abiertas en esas penosas contiendas y robustecidos los lazos de unión, de sangre y de lengua que nos unen a la Madre Patria, ha llegado el momento de pagar la deuda de gratitud contraída para con ella desde hace cuatrocientos años.”

“Y ¿qué ofrenda más valiosa y expresiva podríamos presentarle como emblema de la mancomunidad de nuestra fe, de nuestro agradecimiento y de nuestro filial afecto que estos queridos pabellones que forman la síntesis de gloria de la historia americana? ¿Qué mensaje más elocuente y duradero podría nuestra Iglesia ofrecer al Episcopado español, y que tradujera mejor las misericordias del Señor dispensadas a cada una de nuestras naciones en su doble vida civil y religiosa?”

Banderas H - 3“¡Ah!, Santísimo Padre. De Vos depende el que queden satisfechos nuestros votos. Si en los designios de Dios estuviese reservada a los pueblos del Nuevo Mundo la gloría preciadísimo de que por vez primera el Vicario de Jesucristo haya de bendecir con tan solemne ceremonia las banderas de la patria, entonces sí cesarían nuestras dudas y quedaría resuelto nuestro camino. Si con esa augusta mano, que abre y cierra los cielos, os dignáis derramar sobre esas banderas las bendiciones de Dios, ellas quedarán, para siempre consagradas. Las conduciríamos a través de campos y ciudades, como llevaban el Arpa Santa los pontífices de la Antigua Ley, hasta llegar al corazón de España, que desde hace veinte siglos vive atado con cadenas de oro al Pilar de Zaragoza”.

“Tales son los títulos, Beatísimo Padre, en que se apoya la petición que he venido a haceros en nombre de la Junta Episcopal que me ha confiado tan honroso cargo. Y antes de poner en vuestras sagradas manos este legajo histórico, suscrito casi por un centenar de obispos de la América española, permitidme, en nombre de ellas, daros las más rendidas gracias…”

“Álcese, pues, vuestra mano, Beatísimo Padre, y santificad estas banderas que hoy os forman columna de honor para cerrar el año de vuestro jubileo sacerdotal. Con ello habréis agregado una página más al libro de los insignes beneficios dispensados a la América por los Pontífices Romanos. Pío IX el Grande inició esta reunión de las Repúblicas latinas del Nuevo Continente prohijando la obra del Colegio Pío Latino Americano. El sapientísimo León XIII estrechó más esos vínculos, congregando aquí por primera vez a todos nuestros obispos en el Concilio Latino Americano y haciendo que sirviera como de anillo de oro entre la Madre Patria y sus hijos el eminentísimo Cardenal Vives, insignes purpurado español (146).

(146) José Vives Tutó, O.F.M. Cap. (1854-1913), Cardenal doctísimo, gran escritor, consultor de varias Congregaciones romanas, y Cardenal protector de sesenta y nueve Congregaciones religiosas. Fue consejero íntimo de León XIII y de San Pío X. Siendo joven, había trabajado como misionero en Guatemala y en California. León XIII le encargó la preparación del Concilio Latinoamericano, del cual fue el alma.

Vos ahora, Santísimo Padre, coronáis la obra, haciendo que la España y la América Española se confundan en un solo abrazo, a ejemplo de los obispos reunidos aquí a la sombra de nuestros pabellones”.

A las vibrantes palabras del prelado chileno respondió el venerable Pontífice con frases de paternal benevolencia, animando a los peregrinos, que con tal acto pagaban una deuda de gratitud a la nación que les procuró el ser cristiano.

“Agradezco, venerable hermano, el noble y grandioso pensamiento por Vos concebido, y plenamente acogido por los Obispos de la América española, de manifestar la gratitud y el afecto que debéis a la nación de España por haberos dado su fe, su lengua y cristiana civilización.

…Me congratulo con vosotros, y con todos los obispos de América Española, porque vuestras naciones, a pesar de la mudanza, contratiempos y agitaciones políticas, han permanecido fieles a su fe y a sus tradiciones. Con este acto de fidelidad, que hoy manifestáis a España, estáis probando que reconocéis la deuda de gratitud que le debéis, y que la ensalzáis, porque al revés de otros pueblos que, siendo favorecidos por Dios, no obstante han vuelto sus espaldas al

Vicario de Cristo, mostrándose en extremo ingratos, la España, a pesar de todas las contrariedades, se ha mantenido siempre fiel a la religión católica, apostólica, romana, y estoy cierto que así seguirá manteniéndose en el futuro.

…Me congratulo con vosotros, venerables hermanos, por la devoción y amor que profesáis hacia la Virgen del Pilar, a la cual ofrecéis estas hermosas banderas. Ella bien las merece, pues ha sido la constante protectora de España y es ella quien la ha conservado siempre unida a esta Sede Apostólica”.