Papa Francisco

San Felipe EvansLas palabras de san Juan Pablo II nos alientan: “Si son muchos los que comparten el “sueño” de un mundo en paz, y si se valora la aportación de los migrantes y los refugiados, la humanidad puede transformarse cada vez más en familia de todos, y nuestra tierra verdaderamente en casa común” (Mensaje para la Jornada mundial del migrante y del refugiado 2004, 6). A lo largo de la historia, muchos han creído en este sueño y los que lo han realizado dan testimonio de que no se trata de una utopía irrealizable.

Cardenal Juan José Omella

Es necesario que los sacerdotes y diáconos nos preparemos para acompañar a los laicos en el camino de convertirse en hombres y mujeres contemplativos en la acción. El acompañamiento espiritual es un tema que se tratará el próximo mes de octubre en el Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional.

Cardenal Carlos Osoro Sierra

La verdadera tolerancia y el verdadero encuentro presuponen el respeto del otro, cuya existencia Dios ha querido. Los problemas que afectan a la existencia y convivencia de los hombres y de los pueblos y el Evangelio son realmente inseparables. Hay que saber regalar y enseñar capacidades técnicas, conocimientos, habilidades, pero hay que dar también con fuerza y convicción, y muy especialmente con nuestro testimonio, a la persona de Jesucristo, que cambia la vida y las relaciones, que cambia la mirada y el modo de situarnos ante al otro. ¡Qué bello es descubrir que la evangelización nunca es mera comunicación intelectual, sino experiencia de vida, purificación y transformación de toda la existencia!

Arzobispo Fulton J. Sheen

En ningún pasaje de la Sagrada Escritura encontramos fundamento para el mito popular del diablo vestido de rojo como un bufón. Más bien se le describe como un ángel caído, y como el “príncipe de este mundo”, a quien conviene convencernos de que no hay otro mundo. Su lógica es simple: si no hay Cielo, no hay infierno; si no hay infierno, no hay pecado; si no hay pecado, no hay juez, y si no hay juez, entonces lo malo es bueno y lo bueno es malo.

Arzobispo Francisco Gil Hellín, emérito de Burgos

La doctrina de la Humanae vitae contradecía -y contradice- los gustos del tiempo y desafiaba el clima cultural de la época y los enormes intereses económicos de las grandes multinacionales. Su enseñanza es, ciertamente, exigente y no se recuerda con gusto. Pero tampoco el Evangelio se sigue con gusto y deja de ser exigente.

Obispo José Ignacio Munilla

De esta manera, la esperanza cristiana nos permite vivir el presente desde el futuro que nos ha sido dado en la resurrección de Jesucristo. O, dicho de otro modo, el estilo y el tono de nuestra vida, denotan y delatan nuestro futuro escatológico. ¿Cómo es nuestra vida actual: “resucitada” o “mortecina”? Este es el dilema.

Obispo Juan Antonio Reig Pla

En este mismo documento los obispos españoles llamábamos también la atención sobre el fuerte impacto de la secularización que estaba promoviendo en la sociedad española el eclipse de Dios y, como consecuencia, el eclipse del hombre. Los bienes morales de la persona, custodiados por los diez mandamientos y la enseñanza de la Iglesia, al no ser respaldados por la autoridad divina, dejaban de ser imperativos de la vida para ser considerados como “opiniones” sometidas como toda opinión al control de las técnicas de manipulación de masas,

San PÍO X

Pascendi Dominici Gregis  (52)

El Estado se debe separar de la Iglesia; como el católico, del ciudadano. Por lo cual todo católico, al ser también ciudadano, tiene el derecho y la obligación, sin cuidarse de la autoridad de la Iglesia, pospuestos los deseos, consejos y preceptos de ésta, y aun despreciadas sus reprensiones, de hacer lo que juzgue más conveniente para utilidad de la patria. Señalar bajo cualquier pretexto al ciudadano el modo de obrar, es un abuso del poder eclesiástico que con todo esfuerzo debe rechazarse. Las teorías, de donde estos errores manan, Venerables Hermanos, son ciertamente las que solemnemente condenó Nuestro Predecesor Pío VI en su Constitución apostólica Auctorem fidei.