Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Santa Teresita del Niño JesúsLa conciencia es la regla próxima de nuestros actos morales y, como la felicidad temporal y eterna depende de la moralidad de los actos humanos, tenemos la obligación de formarnos bien la propia conciencia.

No se trata de formar una conciencia simplemente honrada en el plano meramente natural, sino una verdadera y recta conciencia cristiana.

Los principales medios naturales para formar bien la conciencia son tres: la buena educación, la sinceridad y el estudio profundo de nuestros deberes y obligaciones.

El primero y más eficaz de los medios naturales para adquirir una verdadera conciencia es la buena educación, recibida ya desde la infancia. Los padres tienen una gran responsabilidad ante Dios.

Hay que inculcar a los niños desde su más tierna edad la distinción entre el bien y el mal y sus diferentes grados. Hay que acostumbrarlos a vivir en la presencia de Dios.

Debemos ayudar a los niños a contrarrestar el mal ejemplo de la calle, del colegio, de la televisión, etc. con sanos consejos y, sobre todo, con la eficacia del buen ejemplo.

Para formar bien la conciencia se ha de ser siempre sincero, decir siempre la verdad, cueste lo que cueste; presentándonos en todas partes tal como somos realmente, sin doblez alguno.

Para formar bien la conciencia nos ayudará mucho el examen de conciencia diario y la práctica de la verdadera humildad de corazón, ya que sólo el humilde se conoce perfectamente a sí mismo, porque la humildad es la verdad. Y la verdad es que en muchas ocasiones no hemos sido sinceros con Dios, ni con el prójimo, ni con nosotros mismos.

Para formar bien la conciencia es preciso hacer un esfuerzo para adquirir los necesarios conocimientos morales que nos permitan formar rectamente nuestra conciencia.

Hay que apartar de la mente toda clase de prejuicios a priori y estudiar con sinceridad los principios de la moral cristiana y aceptarlos sin discusión para ajustar nuestra conciencia a nuestros deberes y obligaciones.

Los principales medios sobrenaturales para formar la conciencia son tres: la oración, la práctica de la virtud y la frecuente confesión sacramental.

Para formar bien la conciencia es necesario levantar con frecuencia el corazón a Dios en la oración. Pedirle que nos ilumine en la recta apreciación de nuestros deberes para con Él, para con el prójimo y para con nosotros mismos.

La liturgia de la Iglesia está llena de peticiones, tomadas a veces de la Sagrada Escritura: “Dame entendimiento para aprender tus mandamientos” (Sal. 118, 73); “Enséñame a hacer tu voluntad, pues eres mi Dios” (Sal. 142, 10).

La práctica intensa de la virtud crea la rectitud de juicio y una conciencia delicada y exquisita. Por el contrario, no hay nada que aleje tan radicalmente de toda rectitud moral como el envilecimiento del vicio y la degradación de las pasiones.

San Pablo advierte que “el hombre animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios; son para él locura y no puede entenderlas, porque hay que juzgarlas espiritualmente” (1ª Cor 2, 14).

La confesión frecuente es un medio sobrenatural eficacísimo para la cristiana formación de la conciencia.

La confesión frecuente obliga a practicar un diligente examen previo, para descubrir nuestras faltas, y aumenta nuestras luces con los sanos consejos del confesor, que disipan nuestras dudas, aclaran nuestras ideas y nos empujan a una delicadeza y pureza de conciencia cada vez mayor.

Comulga frecuentemente y nuestro Señor Jesucristo te irá formando perfectamente tu conciencia.