San Rafael Arnáiz Barón

San Rafael Arnáiz Barón y la Virgen MaríaPero el que de veras ame, y sienta lo que es unirse a Jesús en la Cruz, ese bien puede decir que es sabroso el padecer, que es dulce como miel el dolor, que es un enorme consuelo el padecer soledad tedio y tristeza por parte de los hombres.

¡Qué bien se vive, junto a la Cruz de Cristo!

Cristo Jesús, enséñame a padecer… Enséñame la ciencia que consiste en amar el menosprecio, la injuria, la abyección… Enséñame a padecer con esa alegría humilde y sin gritos de los santos… Enséñame a ser manso con los que no me quieren, o me desprecian… Enséñame esa ciencia que Tú desde la cumbre del Calvario muestras al mundo entero.

Mas ya sé…, una voz interior muy suave me lo explica todo…, algo que siento en mí que viene de Ti y que no sé explicar, me descifra tanto misterio que el hombre no puede entender… Yo, Señor, a mi modo, lo entiendo…, es el amor…, en eso está todo… Ya lo veo, Señor…, no necesito más, no necesito más… es el amor, ¿quién podrá explicar el amor de Cristo?… Callen los hombres, callen las criaturas… Callemos a todo, para que en el silencio oigamos los susurros del Amor, del Amor humilde, del Amor paciente, del Amor inmenso, infinito que nos ofrece Jesús con sus brazos abiertos desde la Cruz.

El mundo loco, no escucha… Loco e insensato vuela embriagado en su propio ruido…, no oye a Jesús, que sufre y ama desde la Cruz.

Pero Jesús necesita almas que en silencio le escuchen.

Jesús necesita corazones que olvidándose de sí mismos y lejos del mundo, adoren y amen con frenesí y con locura su Corazón dolorido y desgarrado por tanto olvido. Jesús mío, dulce dueño de mis amores, toma el mío.

A los pies de tu Cruz lo pongo… Está junto al de María. Jesús mío, tómalo…, enséñale tus heridas… Enséñale tus dolores y tus amarguras. Enséñale tus tesoros para que aprenda a despreciar el mundo y todo lo que no seas Tú… Enséñale el amor… Ponle junto a tu Corazón para que de una vez se embriague en tus delicias, y se empape en tu purísima divinidad.

Virgen María…, estoy loco, no sé lo que pido, no sé lo que digo… Mi alma desbarra… No sé lo que siento; mis palabras son torpes y mal arregladas; pero tú, Virgen María, Madre mía, que ves los anhelos de todos tus hijos, sabrás comprender.

Ya sé que es mucho lo que pido, pues lo pido todo.

Yo en cambio, Señora, todo lo he dado y si aún me queda algo, tómalo también, Señora, y dáselo a Jesús. Ya sé que aunque diera mil vidas que tuviera, no sería digno de recibir ni siquiera un pensamiento bueno de Dios, pero es mi modo de hablar… Ya sé que lo he dado todo y… es nada. No alego, pues, lo que el mundo cree méritos, para pedir a Jesús un poquillo de amor. Él lo da a quien y cuando le place. Y ya que los sacrificios y renuncias que he hecho por Jesús no son bastante…, te ofrezco, Señora, algo que no puedes desechar, algo por medio de lo cual tienes que oírme, algo que hace abrirse los cielos y que el mismo Padre mira complacido… Es, Señora, la Pasión de Cristo, tu Hijo… Es la Sangre de Cristo; es la Cruz donde murió el Hijo de Dios.

Señora, Virgen María…, ¿ves?, con la Cruz lo puedo todo.

No me olvides Madre mía…, y perdona las chifladuras de este pobre oblato trapense, que quisiera volverse chiflado de veras, de tanto amarte a ti, Virgen Madre, y de tanto amar su obsesión…, que es la Cruz de Jesús su divino modelo. Así sea.

(Diario del Hermano Rafael)