Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Pío XII, Papa de la Hispanidad (4)

Virgen Inmaculada y Jesús SacramentadoElevado al Solio Pontificio, el Papa Pacelli tuvo muchas ocasiones de manifestar públicamente el soberano concepto que se había formado antaño de la empresa que regeneró el continente americano convirtiéndolo a la fe católica. Empresa que el sabio Pontífice gustaba llamar “epopeya misionera”.

Unas veces toma ocasión Pío XII—para compartir su criterio—de la recepción en el Vaticano de los nuevos embajadores enviados por las naciones de Hispanoamérica, que en este período inician o estrechan sus relaciones diplomáticas con la Santa Sede.

Otras veces aprovecha la buena coyuntura que le brindan los Congresos Eucarísticos o Marianos de los pueblos transoceánicos. Sabido es que en estos últimos decenios tales asambleas han tomado gran auge y solemnidad en todos los países católicos y particularmente en Iberoamérica. Pío XII dirige en estas circunstancias al Nuevo Mundo cálidos mensajes radiados en que realza siempre alguno de los temas de la Hispanidad. ¡Tan ligada está a la historia y tradición de estas naciones la devoción a la Hostia Santa y a la Virgen Inmaculada!

Ensalza también el Papa el carácter apostólico de la conquista de América, en los discursos y radiomensajes que, por diversos motivos, dirige a España y a los españoles.

En general, se puede decir que es raro el discurso pronunciado por Pío XII en lengua castellana en que no recuerde oportunamente “las providenciales carabelas de España” o sus “ansia misioneras” o el “alegado de fe y civilización” que entregó a América, etc.: parece como si el Papa tuviera un especial interés en esclarecer y asentar esta verdad histórica.

Se diría que se trata de una convicción profunda, que Pío XII juzga necesario exponer a un mundo que en gran parte ha mamado, en la escuela laica, el veneno de la Leyenda Negra. A un mundo que renegando, en amplios sectores, de la historia y de la tradición católica que le hizo un día grande, se ha desviado por los mezquinos derroteros del indiferentismo y del liberalismo de los poderes públicos. El Papa ve que es necesario, para la causa de la religión y de la paz, que esos pueblos, arrastrados hace más de un siglo por los espejismos traidores de la falsa libertad, vuelvan a encontrarse a sí mismos, y sean fieles a su propio ser, que es el ser cristiano a machamartillo. No se trata de trabar entre ellos utópicas uniones políticas, ni aun de instaurar en su seno determinados regímenes sociales o políticos. No; se trata únicamente de que Hispanoamérica torne a su manera de ser católica, al concepto cristiano de la política, de la sociedad y de la vida que informara otro tiempo al vasto imperio español. Ese fue, como comprobaremos, el deseo íntimo del Papa al dirigir a América su autorizada palabra, para tratar de la Hispanidad.

Quizá también el afán de Pío XII al reivindicar el ideal misionero que presidió la colonización americana provenía de su gran sentido de la justicia, que no podía soportar por más tiempo ver calumniada una gesta que no tiene igual en los fastos del Catolicismo, y aun de la Humanidad.

No es improbable, además, que Pío XII quisiera presentar a las naciones modernas, colonizadoras el ejemplo de una civilización esplendorosa, germinada en tierras coloniales al calor de instituciones íntegramente cristianas. Y es que la obra de España en América, a pesar de sus deficiencias y errores accidentales, es, en realidad, en su conjunto, modelo de colonizaciones cristianas. Ya que en ella el Estado y todo un pueblo se proponían conjuntamente—como fin principal de sus anhelos y trabajos—cristianizar y elevar cultural y moralmente las razas que conquistaban (155).

(155) Ramiro de Maeztu previo seguramente la caída de los modernos imperios coloniales, cuando, escribía proponiendo a las metrópolis europeas que aplicasen—para evitar la prematura separación de territorios aún no ganados a la civilización cristiana—el ejemplo de España, colonizadora a lo católico: “Pues bien, este Estado teocrático—el más ignorante, el más supersticioso, el más inhábil y torpe, según el juicio de la prensa revolucionaria—acaba por lograr lo que ningún otro pueblo civilizador ha conseguido, ni Inglaterra con sus hindúes, ni Francia con sus árabes, sus negros o bereberes, ni Holanda con sus malayos en las islas de Malasia, ni los Estados Unidos con sus negros o indios aborígenes: asimilarse a su propia civilización cuantas razas de color sometió. Y es que en ningún otro país ha vuelto a producirse una coordinación tan perfecta de los poderes religioso y temporal, y no se ha producido por la falta de una unidad religiosa, en que los Gobiernos tuvieran que inspirarse.

Estas cosas no son agua pasada, sino el ejemplo y la guía en que ha de inspirarse el porvenir. Pueblos tan laboriosos y sutiles como los de Asia, y tan llenos de vida como los de África, no han de contenerse eternamente con su inferioridad actual. Pronto habrá que elegir entre que sean nuestros hermanos o nuestros amos, y si la Humanidad ha de llegar a constituir una sola familia, como debemos querer y desear, y este es el fin hacia el cual pudieran converger los movimientos sociales e históricos más pujantes y heterogéneos, será preciso que los Estados lleguen a realizar dentro de sí, combinando el poder religioso con el temporal, al influjo de este ideal universalista, una unidad parecida a la que alcanzó entonces España, porque sólo con ésta coordinación de los poderes se podrá sacar de su miseria a los pueblos innumerables de Asia y corregir la vanidad torpe y el aislamiento de las razas nórdicas, por lo que el ejemplo clásico de España no ha de ser meramente un espectáculo de ruinas, como el de Babilonia y Nínive, sino el guion y el modelo del cual han de aprender todos los pueblos de la tierra” (Defensa de la Hispanidad, pág. 95).