Inmaculada Concepción y BernadetteUn jueves Bernadette fue con su hermana Antonia y sus amigas. Su mamá la Srta. De Soubirous le recomienda a su hija que se pusiese medias de lana antes de calzarse los zuecos. Bernadette obedeció pero cuando tuvo que atravesar el riachuelo que pasaba delante de una gruta, la gruta de Massabielle, estuvo obligada a quitárselas.

¿Atravesarlo? Entonces ¿no era ancho?

Preguntó Antoñito. No, era un riachuelo poco profundo y al otro lado cerca de la gruta las niñas habían visto unas ramas arrancadas por el viento y las querían recoger. Rápidamente se quitaron los zuecos y descalzas corren en el agua salpicándose hasta el otro lado muertas de risa. Bernadette se sentó en el suelo para quitarse las medias y gritaba a sus amigas para que la esperasen, pero con sus charlas no la oyeron y se alejaron.

Bernadette se quedó sola, y el silencio la impresionaba y empezó a darse prisa. En ese momento justamente, que vio en un hueco de la gruta unas ramas que se movían sin que hubiese el más pequeño soplido de viento.

Intrigada se preguntaba si había algún animal escondido y Bernadette miró con atención y es entonces que ella vio…

¿Qué? ¿Quién? dinos rápidamente mamá.

Pues la Santa Virgen, por favor Carmencita.

¡Qué tonta eres! No era un lobo, no.

Tiene razón Antoñito, Antoñito era la Virgen, Bernadette no lo sabía, vio una luz intensa, una luz que llenó su corazón de una enorme felicidad y se quedó como paralizada. Se olvidó todo, amigas, leñas, frío… Todo.

Dentro de esta luz cegadora, vio la forma de una joven que describió vestida de una túnica blanca con una banda azul en la cintura y unas rosas en los pies.

¿No le dio miedo? Yo hubiese tenido miedo, dice Carmencita. No, tú no hubieses tenido miedo, por que como Bernadette hubieses sentido en tu interior una grandísima felicidad.