D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Por todo ello, la Iglesia fomenta, sí, la paz y la cooperación con los hombres de cualquier religión, y se goza en los valores comunes; pero sin dejar de anunciar el Evangelio. Carece de sentido hablar de una fusión de religiones, como si la verdadera pudiese resultar de ensamblar pedazos, y Cristo fuese un pedazo más. Cristo en su Iglesia nos ofrece todo lo que, fuera, los hombres buscan a tientas o lo que entrevén de modo fragmentario, desfigurado e insuficiente. Cristo es la totalidad de la vida religiosa, es el único camino de salvación; no cabe añadirle nada. Una respuesta divina satisface a muchas preguntas humanas, pero no puede obtenerse mezclando esas preguntas. Al que necesita viajar aprisa y dispone de un avión reactor, no se le ocurre hacer una mezcla del avión con patines o carretas, aunque estas últimas tengan elementos que también se encuentran en el avión…

Ahora bien, por lo mismo que es la totalidad, Cristo, gracias a Dios, asume todo lo bueno. Y así, a lo largo de la historia, con aceptación de la Iglesia se han ido incorporando a la vida cristiana y se ponen a los pies de Cristo formas expresivas del corazón humano o características de las tradiciones de los pueblos, sin que obste su origen pagano (9).

Notas:

(9) Por ser Cristo el único camino de salvación, incluso la ley de Moisés, de origen divino y practicada por Jesús, dejó de ser camino o condición necesaria. Pero, así como un judío cristiano puede mantener su ley, siempre que la subordine a Cristo, así los demás hombres pueden incorporar a su vida cristiana formas de sus tradiciones humanas con las que expresan su aspiración hacia Dios, y la emoción agradecida ante la gratuita respuesta de Dios. Cuando a veces se tildan de paganas ciertas formas de devoción, habría que distinguir: si son pecaminosas o suponen ideas falseadas del Señor y de sus santos, bien está rechazarlas; pero no hay por qué avergonzarse de ellas, si son expresiones dignas del corazón humano o características de los pueblos que, con aceptación de la Iglesia, se ponen a los pies de Cristo.