D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Una última consideración, que no carece de importancia. El amor a la verdad, que es amor al auténtico bien del hombre, engendra simultáneamente la humildad agradecida, la justa comprensión y la justa intransigencia. Hay actitudes acomodaticias que nacen solamente de la indiferencia, donde no hay verdad ni amor, pues suponen un desprecio de Dios y de los hermanos.

En esta justa posición, ante la verdad y frente a sus destellos mezclados con tantos errores, deberíamos encuadrar nosotros una solícita preocupación por no malversar el gran tesoro de la fe en nuestra patria.

Muchos espectadores vimos en su día, desde lejos, cómo los innumerables fieles congregados en Valencia, en torno a Jesucristo presente en la Eucaristía, junto al enviado del Papa, a los cardenales y demás obispos españoles allí presentes, aplaudieron la oración en que la primera autoridad de nuestro país invocaba la ayuda de Dios para que “el pueblo español, fiel a su tradición católica, se mantenga firme en la fe” (10).

Dios lo haga. Y que nosotros no lo impidamos.

(3 de julio de 1972).

Notas:

(10) El jefe del Estado español, al terminar el ofertorio hecho por representantes de las distintas regiones de España, dijo: “Mira propicio al pueblo español…, que te ofrece la hostia espiritual de su propia consagración, la cual en su nombre yo te presento… Derrama tu gracia sobre el pueblo español para que… se mantenga firme en la fe… Que España entera se sepa tuya y que, fiel a su tradición católica, viva siempre para Ti.”