“Cristo es la luz de los pueblos… y su claridad resplandece en el rostro de la Iglesia”

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

“El octavo día” ha tenido doce emisiones, una por semana. En los diez minutos de cada una sólo caben algunas pinceladas, que en espacios sucesivos se van ordenando para diseñar una figura inteligible. Mas no todos los que me otorgan el honor, que no sé cómo agradecer, de abrirme la puerta de sus casas, habrán podido seguir la línea en su totalidad Por eso, acaso no sea inútil volver la mirada, evocar la finalidad general de “El octavo día”, y subrayar algunos rasgos salientes de lo dicho hasta ahora.

La finalidad se ajusta a estas palabras del Concilio: “Cristo es la luz de los pueblos… y su claridad resplandece en el rostro de la Iglesia” (1).

Muchos lamentan, no sin motivo, que en algunos sectores responsables se presente a la Iglesia no como luz, sino como espectáculo de confusión.

“El octavo día” se propone difundir un poco de claridad. No, bien lo sabe Dios, porque el que habla tenga luz propia o presuma de resolver problemas difíciles. Habla solamente como obispo, servidor de la Iglesia; es decir, no emitiendo opiniones personales, sino la enseñanza de la Iglesia universal, cuyo maestro y portavoz supremo es el Papa.

En la vida humana hay siempre zonas oscuras, y a la Iglesia no le faltarán nunca dificultades en su camino; pero también lleva consigo una luz inextinguible, que alumbra nuestros pasos. Lo sensato es aprovecharla, no mezclar lo claro con lo oscuro, no tapar la linterna ni sofocar su luz con las humaredas artificiales de una palabrería que aturde en vez de orientar.

“El octavo día” está animado por la decisión de levantar en alto, con sencillez y seguridad, la lámpara de la doctrina de la Iglesia.

Notas:

(1) LG., 1.