Obispo José Guerra Campos (6)

EN MADRID

La obediencia me envió como enfermera, a cumplir con esta honrosa misión de cuidar al que fue Obispo de Cuenca, D. José Guerra Campos.  Llegué a Madrid desde Sentmenat con el P. Turú el 4 de mayo. Oí por primera vez su bien timbrada voz a través del portero automático: “Sííí”, así contestaba siempre al descolgar el teléfono, al oír el timbre o golpes en su puerta. Se abrió la del 6° D y apareció el Sr. Obispo sonriente, bajo su prominente nariz. Siempre con la prestancia de su sotana; “¡Ah, Antonio! ¿Qué tal hicieron el viaje?”. Su aspecto era enfermizo, ¿cansancio?, ¿sufrimiento?, las dos cosas. Alrededor de su esbelta figura, y alumbrado por una tenue luz, aparecían montones de papeles, libros, cajas, objetos de recuerdo… La humedad y el polvo habían hecho mella, también en las paredes y techos. Denotabas así la pobreza y el desprendimiento con que vivía, pues, siendo como era tan ordenado y pulcro en todo, se vio obligado a habitar el piso en esas condiciones por las prisas del traslado. Y ahora ni él, ni su prima Mª del Pilar, que le acompañaba, podían hacer más.

A través del pasillo nos condujo a la habitación de Dª Mª del Pilar, pero antes de llegar abrió la puerta anterior a la suya y visitamos a Nuestro Señor. Sin dejar de sonreír hizo las presentaciones debidas y después, bajando los ojos, nos explicó la historia clínica de su prima y su estado actual, pausadamente y con todo detalle, como hacía siempre. D. Antonio se marchó al día siguiente y yo empecé mi misión. A las 21 h. terminé la primera jornada y concluí con un “diagnóstico” claro de la situación. Mª del Pilar tenía una demencia senil galopante que estaba acabando con las fuerzas físicas y anímicas de D. José.  Primero fue su marcha de Cuenca en junio, inesperada, porque así le obligaron a hacerlo. Después, su dolencia cardíaca, que se alivió con la implantación de un marcapasos en el mes de abril, pero de cuya intervención no pudo recuperarse debidamente por verse obligado a atender a su prima. Se volcó en ella, abandonándose a sí mismo por completo. Dª Mª del Pilar se puso al servicio de D. José cuando éste ejercía sus ministerios en Santiago, luego le siguió a Madrid, Cuenca y ahora… otra vez aquí; a su misión se entregó en cuerpo y alma, compartía y luchaba a su lado en todo y por todo.

Los días pasaban y la situación se hacía insostenible. Ella, extremadamente inquieta, hablando sin cesar de día y de noche, y él soportando alegre y mansamente esta inestabilidad. Yo estaba las doce horas del día junto a la cama de Mª del Pilar, que no podía andar, y si me ausentaba en algún momento por alguna razón de necesidad, inmediatamente me llamaba (con otros nombres), hasta que acudía. Rezábamos Laudes, Vísperas, el Rosario le leía a Sta. Teresita… Algunos días me seguía, incluso a veces eso le tranquilizaba y se dormía, pero sólo algunos días… D. José solía estar en su despacho y en cuanto ella le llamaba: “¡D. José!”, acudía pacientemente, le hacía algunas reflexiones o le hablaba de sus cosas en Cuenca, como ignorando su desequilibrio mental, le escuchaba al principio, pero luego seguía su ritmo otra vez… Muy a menudo se sentaba encima de su cama (porque nunca consintió que yo le cediera mi hamaca de playa, el único asiento que había en la habitación) y hablábamos; aunque él me preguntaba cosas, era yo la que normalmente le escuchaba y en ocasiones se me encogía el alma mientras le oía, con la emoción, al ver que vivía en una pobre habitación de un piso también pobre de Madrid. Estas idas y venidas de su despacho a la habitación eran frecuentes en un día. Nunca dejó de acudir a la llamada de Mª del Pilar.

SUFRIMIENTO MORAL

Poco a poco fui descubriendo su exquisita sensibilidad por las cosas de Dios, que se traducía en una gran caridad con el prójimo. Nada más abrirme la puerta por la mañana me preguntaba si había descansado y cenado bien y si había hecho bien el viaje hasta allí, pues tenía que andar un trozo desde la parada del autobús y eso no le gustaba. Cada día, sin excepción, me lo preguntaba. Una tarde estaba yo planchando, aprovechando media hora que Mª del Pilar se había quedado dormida, en una habitación donde estaban los muebles del comedor… y más cosas, entre ellas una montaña de ropa para planchar; la planchadora estaba colocada de manera que yo quedaba de espaldas a la puerta; con la persiana entreabierta se veía a media luz. De repente se encendió la lámpara, me giré y me encontré con el Sr. Obispo. “Aquí hay muy poca luz”, dijo, dio media vuelta y volvió a su despacho, que estaba situado en el otro extremo del pasillo. Otro día estaba en la cocina lavando los platos, con agua fría, e inesperadamente apareció su mano por delante de mí y abrió el grifo de la caliente. Me quedé tan gratamente sorprendida que, cuando quise darle las gracias, ya había desaparecido. Pensaba luego cómo se habría dado cuenta, miré hacia arriba… ¡claro!, el calentador estaba apagado. Cada minuto pasado a su lado ha sido un ejemplo de vida.

Mª del Pilar y yo oíamos su Misa desde la habitación. El levantaba la voz y salía al pasillo para leer las lecturas. Luego venía a darnos la paz y la Comunión (a ella sólo cuando estaba en condiciones). El primer día le dije que no comulgaría porque ya lo había hecho por la mañana. Sin embargo, me ofreció la Sagrada Forma mojada en la Sangre Divina, diciéndome: “Está Vd. ejerciendo un servicio especial”. Y así todos los días. Vivía pobremente, no porque no pudiera hacerlo mejor, sino porque era verdadero discípulo de Cristo que nació, vivió y murió pobre. Lo único que le importaba, como me dijo un día, era buscar el Reino de Dios y su Justicia, enseñándome que ésta no es otra cosa que la verdadera caridad con el prójimo. Yo, en mi ignorancia, le apunté: “Sí, Sr Obispo, pero no olvide que Vd. también es el prójimo”. Se echó a reír y contestó, queriendo eludir el tema, “No entremos ahora en disertaciones teológicas”.

Una tarde, después de haber pasado un mal día con Mª del Pilar, acudió a su llamada y luego siguió hasta la cocina, donde le oí llorar desconsoladamente. Me produjo una gran tristeza y pensé en los que decía Sta. Teresa: “No me extraña, Señor, que tengas tan pocos amigos si los tratas así”. Lo había dado todo por la Iglesia y por España y ahora, en sus últimos meses de vida, le tocaba vivir la noche oscura, sin duda otra más de las que ya habría vivido. Ese día decidí encomendarme a todos los santos para que cambiara la situación y encontrásemos un sitio adecuado donde pudiera estar Mª del Pilar bien atendida en todos los aspectos, material, humano y médico. Pero bastó con uno. A la mañana siguiente fui a Misa, como otros días, a la iglesia de los Jesuitas de la C/ Claudia Coello (donde asesinaron a Carrero Blanco) y al entrar en el claustro vi, con alegre sorpresa, la tumba del P. José Mª Rubio S.J., que me había pasado, hasta entonces, inadvertida. Enseguida me vino a la mente Mª del Pilar y decidí empezar allí mismo la novena. Al noveno día me llamó Sor Carmen, hermana de D. Román Pedreira, sacerdote muy amigo del Sr. Obispo, y me dijo que hojeando las páginas amarillas se encontró un cartel con letras grandes: “Residencia Madre Maravillas”. Justamente a ella le había confiado el asunto. Así que las dos concluimos que ése debía ser el nuevo hogar de Mª del Pilar. Además, estaba situada al pie del Cerro de los Ángeles, al que, tanto el Sr. Obispo como ella, tenían gran devoción. Ahora era él quien debía decidir. Por cierto, que el 4 de mayo, día en que llegamos a Madrid, era la fiesta del P. Rubio…

EXQUISITA EDUCACIÓN

El P. Antonio Turú, con una solicitud admirable, no dejaba de llamarme cada noche interesándose por la marcha de las cosas y cuando lo creyó oportuno se trasladó a Madrid de nuevo para encontrar el sitio adecuado para Mª del Pilar. Fueron tres días de no parar, recorriendo la ciudad de punta a cabo y de continuas llamadas telefónicas. El Sr. Obispo se mantuvo alegre y paciente en todo momento, a pesar de su debilidad física, interesándose y preocupándose por las necesidades de las almas que iba encontrando, sin prisas, como si en aquel momento no le importara nada más. Siempre cedía el paso al entrar o salir y él pasaba el último. Al llegar a los sitios nunca se sentaba hasta que todos teníamos asiento. En cada uno de los lugares que visitamos le recibieron con los brazos abiertos, religiosos y seglares, se hacía “todo a todos”. Ya sólo nos quedaba por ver la primera que habíamos encontrado, “Madre Maravillas”. Allí se quedó, y allí sigue estando, cuidada estupendamente en todos los aspectos.

Durante la última semana que pasamos en Madrid le atendía sólo a él. No me dejaba hacer grandes trabajos, como hubiera sido, ayudarle a ordenar su despacho. Decía que eso era demasiado para mí y que “además en esta ciudad hay un polvillo negro que lo impregna todo y se pondría Vd. perdida”. Era la delicadeza personificada. Así que, aunque fueron días de tristeza e incertidumbre, por una parte, por otra disfruté y me enriquecí estando a su lado. Nunca me mandó nada que fuera para beneficio suyo. Siempre sugería o pedía, e incluso daba explicaciones de por qué lo pedía. Sólo mandaba cuando era para bien de los demás, “Cómase esto”, “Siéntese”, “Márchese ya, que tiene que descansar”. Entonces era firme y quería que se cumpliera lo que mandaba.  Un día, en que Mª del Pilar estaba muy agitada, vino a la habitación y me mandó a comprar un enchufe, que no necesitaba en ese momento. Lo hizo para que me despejara un rato. Era obediente con todos, porque era humilde. Una mañana entré en su despacho a decirle algo. Corrían días fríos. El ambiente era gélido. Le dije: “Sr. Obispo, aquí hace mucho frío, se va a quedar helado, debería encenderse una estufa”. Me marché, y al cabo de una hora volví a entrar; sin decirme nada, antes de que yo empezara a hablar, me señaló a su derecha una estufita eléctrica encendida, esbozando una sonrisa de “niño travieso”… Casi se me olvidó lo que iba a decirle. Otro día le sugerí que se cambiara la sotana porque la que llevaba estaba manchada y se la lavaría. Así lo hizo, al día siguiente me la dio y Mª del Carmen, que les asistía desde que se trasladaron a vivir a Madrid, se encargó de lavarla. Ya no me acordé más del tema. Cuando días más tarde hacíamos entre los dos la maleta para viajar a Sentmenat, le pregunté si no quería llevarse otra sotana. Me contestó: “Sí, la que Vd. me mandó que me cambiara, la tiene Mª del Carmen en su casa”. Ese mismo día la trajo ella.

Las sobremesas eran lecciones de Teología, Moral, Historia, Literatura… Sabía de todo. Historias de su vida edificantes y graciosas que contaba con toda naturalidad y sencillez. Amaba a su tierra, Galicia, entrañablemente, a pesar de los años que hacía que la dejó. Hablaba de ella con admiración y cariño. Se le notaba que disfrutaba también hablando de sus años de soldado (así se consideró hasta el final de sus días) durante la guerra española, en el bando de los “malos”, decía irónicamente. Vivió desde dentro los años de la transición en España, por eso conocía perfectamente a todos los “personajes” y “personajillos” que en ella intervinieron, tanto políticos como eclesiásticos. Los trató de cerca y muchos de los que entonces le apreciaban luego le traicionaron, al traicionar a la Patria. Hablaba de todos con gran caridad, sin reproches, ni rencores, simplemente exponiendo los hechos, la verdad. Todo dicho con un lenguaje perfecto, sobrio y elegante, igual que sus gestos, demostrando un perfecto dominio de sí mismo.

EN SENTMENAT

Ahora necesitaba des­cansar, sobre todo físicamente. Y para eso le ofreció el P. Turú nuestra casa del Colegio de Sentmenat. Le costó decidirse, principalmente porque no quería que Mª del Pilar pudiera sentirse abandonada. Pero gente buena que le quería, como Mª del Carmen, el portero de su casa y su sobrino, el Dr. José Manuel Castro, se comprometieron a visitar a su prima frecuentemente y le animaron a que aceptara el ofrecimiento de D. Antonio.

A los pies del Sagrado Corazón de Jesús, cuya fiesta era ese día, del Cerro de los Ángeles nos despedimos de Madrid. Y a la mañana siguiente, fiesta del Corazón Inmaculado de María, viajamos y llegamos a Sentmenat.  Las sombras de la noche cubrían ya el Colegio que lleva Su nombre. “Vamos a visitar al Señor”, dijo, después de los saludos de llegada. Y, antes de entrar, al pasar por delante de la capillita de la Virgen de Lourdes, a quién profesaba gran devoción, rezó un Ave María en acción de gracias. Llegó de noche, en las horas en que Jesús gustaba comunicarse con sus amigos más íntimos… Venía contento, seguro de que iba a encontrarse con seres queridos que le acogían como a un padre. Y convencido de estar haciendo la voluntad de Dios. Así nos lo explicaba en la homilía de su primer domingo aquí, a raíz del Evangelio que nos habla de cuando le dijeron a Jesús: “Aquí fuera están tu madre y tus hermanos que te esperan” y el Señor responde: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la Palabra de Dios y la cumplen”.

Le acondicionamos una habitación para despacho y otra, contigua, de dormitorio, sencillas y austeras, como era él. Enseguida se encontró a gusto aquí. Gozaba disfrutando de la naturaleza que le rodeaba: la sombra de los pinos, la brisa de la mañana, el canto de los pájaros, las puestas de sol, los paseos al atardecer… con su espíritu franciscano veía a Dios en todas las cosas. La compañía y conversación de nuestros Padres Directores le hacía feliz y contemplaba con ilusión a los seminaristas, viéndoles como la esperanza de un futuro mejor, identificándose con ellos recordando sus años en el seminario y después en Roma.

Un día me preguntó: “Cuando decís “el Padre”, os referís al P. Alba, ¿no?, “Sí”, contesté. Desde entonces él también le llamó así. Se abandonó por completo en manos de la Providencia, desprendido totalmente de las cosas de la tierra y, siguiendo la norma de S. Ignacio, se ocupaba de todo sin preocuparse por nada. Preguntaba con ilusión por la marcha del Colegio: su organización, economía, los profesores y alumnos. Se interesaba por todo y por todos. Como tenía una memoria prodigiosa se acordaba de cualquier cosa que le dijeras y nada le pasaba desapercibido. Dos días antes de su muerte me hice un corte en el dedo abriendo una lata de salsa de tomate para sus espaguetis (que le encantaban), y me puse una tirita. Él estaba ya muy débil y somnoliento, pero al llevarle por la tarde la merienda, cuando ya me retiraba, sentado en su hamaca y sin levantar los ojos, me señaló con el dedo índice, agitándolo, un gesto muy característico en él, y me dijo: “Se ha cortado”. Yo, que ya estaba en la puerta, me volví sorprendida y contesté: “Sí”. “¿Cómo se lo ha hecho?”, siguió. Le expliqué y exclamó, sin cambiar el tono de voz: “¡Uuuy!, eso es muy malo, ¿ya lo ha desinfectado?”. Le dije que sí y se quedó tranquilo.

Ilusión y esperanza, eso transmitía todo su ser. A los 76 años tenía el alma de un niño y de ello les habló a los alumnos en el acto de clausura del Curso: “Yo tengo la misma esperanza que vosotros, aunque tengáis unos años menos, porque ésta no está en las cosas materiales, que tarde o temprano se acaban, sino en una vida eterna, eternamente feliz”.

Pero, a pesar de todo, su estado físico no mejoraba. Aunque el marcapasos cumplía su función perfectamente, su corazón estaba herido de muerte.

EN EL HOSPITAL

El 23 de junio, víspera de S. Juan, subí por la mañanita, como todos los días, a tomarle la tensión. Me dijo que no se encontraba muy bien, tenía un “dolorcillo” en el estómago y prefería no levantarse. Me extrañó muchísimo, pues no era amigo de estar en cama. Durante la mañana le dejamos descansar.  Llamamos al Dr. Montserrat, de Caldas de Montbui, buen amigo del Colegio, y dijo que pasaría en seguida que acabara sus consultas, ya que no parecía nada urgente. Al mediodía, al llevarle la comida, seguía con ese “dolorcillo”, decía él, y malestar general. A media tarde volví a verle. “¿Cómo se encuentra?”, le pregunté y, con el semblante muy serio, impropio en él, contestó: “Llevo 17 h. con un dolor insoportable en la zona gástrica. Quizás haya algo que pueda aliviar un poco esto”. Fue la única queja, si se puede llamar así, que le oímos en todo el tiempo que le tuvimos entre nosotros. Apremiamos al médico. Le recetó un calmante con el que cedió el dolor, que no apareció más, y dijo que volvería al día siguiente, aunque era fiesta. Así lo hizo, mostrando su gran solicitud. Después de la exploración y en vista de la aparición de vómitos, pensó que podrían ser cálculos en la vesícula por lo que quizás sería necesaria una intervención quirúrgica. Mandó que ingresara en el hospital esa misma mañana para que se le hicieran las debidas pruebas. Nos instalamos en la habitación 313, desde donde se contemplaba la imagen del Sagrado Corazón del Tibidabo que está en la cima del Templo Expiatorio. Esto le alegró y lo consideró un “detalle” por parte de Él, ya que las habitaciones del otro lado tenían una pared enfrente. El personal de la Clínica Tres Torres, tanto médicos como enfermeras, le recibieron cordialmente y con todo respeto, y así fue durante toda su estancia allí. Siempre eficientes, amables y serviciales. Claro que él también era un paciente muy especial, nunca se quejó de nada, todo le parecía bien, siempre se mostraba alegre, aun en los momentos graves, que los hubo. Obediente, se sometió en todo a la autoridad médica, hasta en los mínimos detalles.

Iba mejorando, según los resultados clínicos: análisis, RX, Ecografías, TAC., E.C.G., … “Sólo falta que me revisen el pie”, decía con su humor característico, pero físicamente seguía muy débil, inapetente y con insomnio persistente, que tenía desde hacía ¡varios años!, según le confesó al médico.

Todas las mañanas recibía a Nuestro Señor de manos del P. Turú o el P. Alba. Si hubiera alguna duda de que Dios está en la Eucaristía, viéndole comulgar a él se despejarían todas, por la devoción con que lo hacía. Pasábamos el día hablando, escuchando música (le gustaba la clásica, folclórica y las marchas militares), Hicimos también algún crucigrama. Cuando se lo propuse me dijo humildemente: “¡Uuuy! esto es para inteligentes, o para hacerlo con la Espasa al lado”. Rezábamos el Rosario todos los días, lentamente, sin prisas. Los únicos libros que leía eran los que se trajo de Madrid: los Evangelios, la Imitación de Cristo y el Breviario (que no dejó de rezar ni aun en los momentos de más debilidad). Cuando ya llevábamos casi una semana en la clínica, le pregunté: “¿Se aburre, Sr. Obispo?”. “¡No, en absoluto, estoy bien, tranquilo! ¡Estas cuatro paredes ya no me inspiran nada más!”. “Quizás si pudiera trabajar en algo no pensaría en otras cosas”. Continuó, “No, si no pienso en nada, uno le da vueltas a las cosas cuando ha dejado algo por hacer, algo pendiente, pero no es mi caso”. Lo tenía todo hecho.

Le ponían dos inyecciones intramusculares cada día, con lo cual a los pocos días tenía ya dificultad en estar acostado o sentado; denoté esa dificultad en sus gestos, porque no dijo nada, y pedí una pomada a la enfermera para aliviarle. Él se dejó que le curara. Me horroricé primero y, cuando pude reaccionar, quedé edificada al descubrir lo que vi: un gran hematoma desde la cintura hasta la rodilla, en las dos piernas. “¡Pero, Sr. Obispo!, ¿Cómo no ha dicho nada? ¡Si parece un Sto. Cristo!”. El encogió los hombros y sonrió. Quiero aclarar que esto no fue fruto de una mala técnica, sino del tipo de medicación que le administraban y la frecuencia con que lo hacían.

VUELTA A CASA

Su corazón seguía estable, aunque muy dañado. El hígado y el riñón, que se descompensaron hasta hacer peligrar su vida, se habían normalizado. Pronto le darían el alta. Nos preocupaba su futuro, queríamos que se quedara a vivir entre nosotros y así se lo propuso el P. Turú. Dijo que lo pensaría, pues le parecía una “carga” para todos. En el fondo lo estaba deseando porque así lo reflejó en su agenda, donde escribía todos los días: “Día 8 de julio: Tarde = a casa (Sentmenat)”.

Con gran alegría de todos, volvió. Estábamos ilusionados pensando en que se quedaría con nosotros definitivamente. Y así fue. Al llegar dijo, como la primera vez: “Vamos a visitar al Señor” y, con gran esfuerzo, hincó su rodilla en tierra en señal de adoración y saludo. Cuando a veces le comentaba algo sobre Sta. Teresita, mi lectura espiritual entonces, siempre me decía: “Algunos creían y creen que no hizo méritos para ser santa, porque con esto de la infancia espiritual todo le fue muy fácil. Se equivocan, claro, pues sufrió muchísimo. Ni aun habiéndolo contado ella, podemos imaginar cuánto. “Su vida estuvo hecha de actos heroicos ordinarios que se convirtieron en extraordinarios delante de Dios y de los hombres”. En “Historia de un alma”, donde ella cuenta su vida, dice, cuando ya se encontraba muy enferma: “Todavía puedo caminar. Pues bien, debo cumplir mi deber”. Así hizo también el Sr. Obispo. En esos últimos días desde que volvió del hospital, no dejó de cumplir con el horario establecido de levantarse y acostarse, de comidas y rezos, aunque estaba totalmente dispensado. No pidió nunca ayuda para nada, por no dar trabajo a los demás; por eso me extrañó, ciertamente, y me dio que pensar, cuando, dos días antes de morir, accedió a que le pusiera los calcetines, después de haberle hecho el médico un E.C.G., habiéndose negado otras veces por aquella razón.

Sufrió mucho. Lo descubrí la mañana en la que tenía que pasar el día con mi madre y una hermana. Me fui preocupada. ¡Estaba tan débil! Sentado en el comedor, mientras acababa de desayunar, me despedí de él; con la cabeza erguida, levantando la mano derecha y desplegando una gran sonrisa me dijo, con voz tenue: “¡Que tengan una feliz jornada!”. Estas fueron sus últimas palabras para mí. Quería llegar pronto para verle y preguntarle cómo había pasado el día, pero una gran manifestación absurda me lo impidió. Al llegar a casa se había ya retirado. Cuando volví a ver su rostro estaba ya sin vida. Se fue al amanecer del 15 de julio, a la hora en que resucitó el Señor, víspera de la Virgen del Carmen.

Cuando, en Madrid, preparábamos la maleta, le dije: “¿No quiere coger su faja de Obispo?”. “No, ¿para qué? -me contestó- allí no voy a ejercer”. Un día, guardándole la ropa limpia en un cajón, me encontré allí la faja…, ¿pensaría quizás en la frase de Jesús: “… ¿No sabemos ni el día, ni la hora?”. Lo cierto es que pudimos ponérsela sobre su impecable sotana. Nos decía en una ocasión: “Yo llevo y he llevado siempre la sotana con gusto y cariño, pero si el Papa dijera mañana que había que quitársela lo haría sin dudarlo, porque lo que importa es lo que dice la Iglesia, que es la voluntad de Dios”.

Sentada junto a su cuerpo sin vida abrí, al azar, su libro del Kempis y leí:

“Verdaderamente es grande el que tiene grande caridad.

Verdaderamente es grande el que se tiene por pequeño y tiene en nada la cumbre de la honra.

Verdaderamente es prudente el que todo lo terreno tiene por estiércol para ganar a Cristo.

Y verdaderamente es sabio aquel que hace la voluntad de Dios y deja la suya.”

No pude seguir leyendo por la emoción que me embargaba. Era como si alguien, en mi interior, me estuviera diciendo estas palabras que al mismo tiempo leía. Gran caridad, gran humildad, gran prudencia y sabiduría. Sí, así era él. Pasó por esta vida “haciendo el bien”, como Jesús, siendo, como Él, olvidado e incomprendido.

Doy muchas gracias a Dios por haberle conocido y poderle servir como un discípulo a su Maestro. Pido al Señor que me conceda la gracia de imitarle en todas sus virtudes.

Hna. Ana Mª Lliteras Vidal, mCR.