María, Madre de la Iglesia

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Y en ella vemos también la respuesta meritoria de la voluntad humana a la vocación de Dios: humildad radical, alegría, confianza, consagración virginal, aceptación de la maternidad como misión sacrificada, obediencia incondicional a través de una vida oscura y dolorosa con que cooperó a la acción redentora de Cristo, espíritu de contemplación entre los quehaceres de una modesta ama de casa, esperanza del reino de Dios por medio de la Cruz… El corazón que no sintoniza con este modelo, no es cristiano.

Mientras vamos de camino, necesitamos a María. Ella sigue ejerciendo sobre nosotros su función maternal. El desarrollo en el tiempo nos permite emanciparnos de los padres de la tierra; pero no podemos salir del hogar, mejor dicho, de las entrañas de esta madre.

Mucho habría que decir de ella. Para terminar, permítanme unas observaciones prácticas:

La primera es que el Concilio Vaticano II ha dedicado a María un capítulo enjundioso (7), que a la luz de la doctrina tradicional expone su puesto único en el misterio de Cristo y la Iglesia. Sería provechoso leerlo.

La segunda, que en esta hora de confusión doctrinal resulta oportunísima la siguiente afirmación del Concilio: «María, por su íntima participación en la historia de la salvación, reúne en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe. Cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre» (8). Es alentador comprobar que donde florece la devoción a María no hay desviaciones en la fe.

Y, por último, en un tiempo en que la tierra amenaza con absorbernos, la Asunción puede avivar en nosotros una actitud sin la cual no hay vida cristiana, y que la Iglesia ha formulado en una antigua oración, que tanto le gustaba repetir a San Juan XXIII: «Que el uso de los bienes temporales no apague en nosotros el deseo de los bienes eternos”.

(14 de agosto de 1972.)

Notas:

(7) El capítulo VIII de la constitución Lumen gentium.

(8) LG., 65.