Las otras dos precisiones anunciadas son éstas: primero la maternidad moral y espiritual de Isabel, no solamente patente respecto a los franciscanos de la Observancia, al dominico Las Casas y al agustino Luis de León, que lo declararon explícitamente; sino también patente respecto a dos figuras relevantes del clero y de los religiosos. El fundador de los jesuitas, Ignacio de Loyola, que, a los dieciséis años, en 1506, es testigo presencial en la casa del tesorero Velázquez de Cuéllar, su preceptor en el mundo cortesano, de la “increíble venta”, como dice el reciente biógrafo de San Ignacio, Tellechea Idígoras, de los enseres y objetos personales de Isabel para cubrir sus donaciones y legados de caridad. Asombroso hecho histórico y como cambio de relevo apostólico. Digno de meditación también, otro encuentro y cambio de relevo apostólico: en Granada, Isabel, tal vez en memoria de la enfermedad mental de su madre, dedica 60.000 maravedíes para la compra de dos edificios donde los locos, hasta entonces abandonados a su suerte, serán acogidos y atendidos. Ahora bien, fue en estas dos casas de Granada donde descubrió su vocación el fundador de la primera gran institución católica al servicio de los disminuidos físicos y mentales: San Juan de Dios, milagro humano de la caridad más exigente y modelo de la mejor modernidad. Hijo, pues, también, de Isabel. Esta Isabel que así, vive todavía, de cualquier modo, cerca de nuestro Madrid de hoy, en el gran, terrible, pero acogedor y alegre hospicio de Ciempozuelos, dedicado a disminuidos mentales y físicos (hasta de seres reducidos a un simple tronco), al cuidado de los admirables, angélicos hermanos de San Juan de Dios, de origen aun fuertemente andaluz. Maravilla concreta de la condición humana, reflejo divino, que visité largamente, con uno de mis hijos, religioso novicio, y que me dejó el recuerdo más conmovedor en toda mi vida.
La expulsión de los judíos ha sido también duramente reprochada a Isabel recientemente. Conviene recordar un hecho a este respecto: Isabel garantizó a los judíos expulsados de España que podían transferir fuera de este país sus bienes o el valor de sus bienes, en particular, por medio de letras de cambio. Ahora bien, esta medida de justicia y de caridad es entonces una novedad en estas circunstancias. La expulsión de los judíos de Francia por Felipe el Hermoso, en 1303, se asoció al embargo total de sus bienes. En la gran ciudad francesa, la más cercana a España, Toulouse, se vio al ministro de Felipe el Hermoso, Nogaret, venir de París para dirigir él personalmente este embargo de bienes de los judíos en provecho del rey de Francia. Que no se tomen estas medidas en España por la voluntad de Isabel provoca el asombro de los contemporáneos, para los cuales los bienes de los judíos son bienes mal adquiridos, en particular por la usura ejercida a costa del pueblo cristiano. Así vemos que, hasta el papa, en su bula Si convenit de 1496, se asombra de esta generosidad de Isabel. La juzga excesiva, escribiendo, en los siguientes términos, laudatorios para los Reyes Católicos: ellos “han echado completamente a todos los judíos, dejándoles sus bienes, a pesar del increíble perjuicio que esta generosidad produce a los Reyes, y del daño a sus vasallos”. Así que se puede constatar que en la expulsión de los judíos hay también por parte de Isabel una caridad entonces excepcional y sorprendente. Es claro: decididamente es muy difícil dar a Isabel lecciones de cristianismo o de humanidad. Que se lo digan a aquellos que, con toda modestia, no lo dudamos, han comenzado recientemente a darle semejantes lecciones.
Hablando hoy en España, añadiré dos análisis de asuntos muy polémicos, para algunos, en la vida de Isabel: su actitud referente a los moros de Granada, su expulsión de los judíos.
Y después dos precisiones y una constatación.
Primero, su actitud referente a los moros de Granada.
Su rechazo a la conversión forzosa, de la que ya hemos hablado, fue reiterada por Isabel de nuevo poco antes de su muerte, después de las sublevaciones armadas de los musulmanes en 1500 y 1501, que anularon de hecho la rendición de los moros y, en consecuencia, las garantías de libertad religiosa dadas por Isabel en 1492, como consecuencia de esta rendición. Ella dirigió entonces instrucciones al comendador López de Avalos, exigiendo se rechazase toda presión o violencia para la conversión de los musulmanes, conversión que realmente debe ser —escribe ella— “por su propia voluntad”. Para convertirles, precisa Isabel, los musulmanes deberán ser “muy bien tratados”, solamente con “muchas amonestaciones”. Si añade que los musulmanes no deseen convertirse “han de ir fuera de nuestros reinos porque non avemos de dar lugar que en ellos haya infieles”, es porque ella se rindió a la evidencia. Frente a un Islam, por todas partes entonces ofensivo en el Mediterráneo bordeando Granada y que se había levantado en armas en el reino de Granada, era evidente la imposibilidad de mantenerlo en adelante, como lo había aceptado y ciertamente querido por caridad en 1492, un Islam enquistado dentro de las fronteras de España.
Isabel entonces no hace más que volver a encontrar en la Andalucía oriental de Granada la evidencia que se había impuesto respecto a sus antepasados, el rey de Castilla San Fernando y su hijo Alfonso el Sabio, en la Andalucía occidental, Sevilla y Cádiz. Después de haber ellos mismos acordado con los musulmanes la libertad de su religión, tuvieron que hacer frente también ellos, en 1264, a un levantamiento armado musulmán, sostenido por el Islam exterior. Y, después de haber dominado con dificultades esta sublevación, se vieron obligados a ordenar, como única solución que garantizara la justa seguridad de la España cristiana, la expulsión total de los musulmanes. Una expulsión total que convirtió la Andalucía occidental en despoblado, en desierto, que hizo falta repoblar con cristianos venidos del norte. Hecho que ha estudiado profundamente el especialista sevillano González Jiménez a partir de 1975.
Isabel, en 1502-1503, no solamente reconoce esta primera evidencia histórica del siglo XIII, sino que presiente la segunda evidencia que se impondrá en el siglo XVII con su descendiente Felipe III: la inevitable expulsión general de España de los ex-musulmanes restantes, convertidos en apariencia, que tramaban sublevarse de nuevo con la ayuda exterior. En una forma de mesianismo islámico invencible, parecido al movimiento integrista de hoy en muchos países islámicos. La expulsión se llevó a cabo entre 1610 y 1614 por petición general, a destacar la de San Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, donde los ex-musulmanes eran también numerosos.
Además, y, en definitiva, gracias a Isabel, que no cesa de hacer allá numerosas fundaciones, Granada tiene el derecho de volver a ser la metrópoli cristiana que dejó de ser solamente como consecuencia de la ocupación musulmana impuesta del exterior. Porque fue en Granada, llamada entonces Elvira (Illiberis), donde tuvo lugar en los años 300 el primer Concilio cristiano de Occidente, con la notable participación del obispo andaluz Osio, que fue poco después el presidente del Concilio ecuménico de Nicea. Esta ciudad cristiana de Elvira no hay que olvidar que fue destruida, ciudad y diócesis, por los almohades islamitas en el siglo XII. Es ridículo oír o leer que Isabel debiera haber mantenido esta destrucción, conservando la hipoteca del islamismo impuesta sobre Granada. Ella tenía que levantar esta hipoteca, tenía que borrar uno de los mayores expolios espirituales de la historia. Estaba en su pleno derecho, y en su honor, ser la reparadora. Y así fue. Efectivamente y directamente por medio de las fundaciones de Isabel, Granada volvió a ser un centro de irradiación cristiana casi de repente, en la teología pastoral y en la caridad, con estos dos grandes nombres del siglo XVI: Luis de Granada, que salió del convento de Santa Cruz fundado por Isabel en Granada con Torquemada en abril de 1492, y San Juan de Dios, del que hablaremos más adelante. Una cristiandad asesinada al fin había resucitado.
Quedémonos un último instante con Isabel en la hora de presentarse delante de Dios, al término de su última y dolorosa enfermedad. “La prueba, escribe el padre Azcona, su eminente biógrafo, fue acrisolando su carácter y su virtud, lanzándola como nunca en su vida a ascensiones espirituales encimadas… Asimiló y practicó toda la doctrina evangélica del desprendimiento, de la abnegación y del sacrificio hasta el Calvario, iluminada por la virtud de la tal fe, escribe ella, estoy aparejada para por ella morir, y lo recibiría por muy singular don y excelente don de la mano del Señor»… Desde Granada salen para todos los lugares de sus reinos demandas angustiadas de oración y sacrificios para la Cristiandad”.
Estas demandas angustiadas podemos escucharlas todavía hoy. Guardando en el corazón de nuestra memoria el recuerdo de este modelo católico impresionante que Isabel nos ha ofrecido, como “iluminación del alma”, según la hermosa fórmula de Azcona.
Termino así la lectura de la versión castellana del artículo que me pidió y publicó en 1992 la revista semanal de París Familia cristiana. Dando el resumen de la biografía completa que me pidieron y publicaron también en 1992 las Ediciones Critérion de París con el título La incomparable Isabel la Católica.
Isabel la Católica, “enfermera” y responsable del primer Hospital de Campaña de España
JEAN DUMONT, Historiador francés
ISABEL LA CATÓLICA, LA GRAN CRISTIANA OLVIDADA
Isabel inventa la Cruz Roja
No se acabará nunca de enumerar los testimonios del profundo y activo cristianismo de Isabel. Otro hecho que no puede olvidarse aquí: su actuación innovadora en la protección social, construyendo numerosos y espléndidos hospitales en España: el de la Santa Cruz en Toledo, el de los Reyes y el de Santa Ana en Granada, el de los Reyes Católicos en Compostela, “de una belleza y magnificencia únicas en la Europa de entonces”, constata Américo Castro en su Realidad histórica de España.
O los “hospitales de la sangre”, creados y administrados también por ella en primera línea del frente durante la guerra de Granada, y en la retaguardia el “hospital de la Reina”, donde se daban los cuidados más completos, notablemente equipados para aquella época. Hospitales que visitaba todos los días cuando estaba en el frente, según nos dice el testigo italiano Pedro Martyr d’ Anghiera. Isabel, pues, fue la inventora y animadora de la Cruz Roja, cuatro siglos antes que Enrique Dunant.
Es asombroso que todo esto parece no interesar a nadie en los medios de comunicación de hoy. Desgraciadamente el título de “Católica” parece desagradar a muchos. Como el recuerdo de este hecho: Isabel ha sido, por su ejemplo personal y su reforma profunda de la Iglesia de España, la “madre”, ha dicho Luis de León, de estas personalidades esenciales de nuestra Europa cristiana nacidas a menudo en el tiempo de su vida, al sur de los Pirineos: Francisco de Vitoria, Juan de Dios, Pedro de Alcántara, Juan de Ávila, Luis de León, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz. Que, con el resto de la Iglesia de España, llegada a ser roca angular, hermosa como piedra preciosa, gracias a Isabel, salvaron el catolicismo frente a la Reforma. Dejando, como ella, un testimonio cristiano jamás manchado. Por fin Isabel se unirá, en la muerte, con los religiosos que ella llamó a la pobreza. Ella fue tan caritativa que murió “sobre la paja”: la generosidad de sus dones y legados fue tal que sus albaceas tuvieron que subastar sus objetos personales para sufragar estos dones y legados de caridad. Caso ciertamente único en la historia de las monarquías.