Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

Contracorriente

Publicaciones de la categoría: Hispanoamérica. La verdad

Hispanoamérica. La verdad 119

20 lunes May 2019

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (39)

España entera, llevada por su celo misionero, se propuso principalmente, al lanzarse a los mares, la conquista para Dios de nuevos pueblos

Nuestra Señora de la Merced - ArgentinaSi San Ignacio es verdaderamente el adalid de la España militante, el hombre de la acción y del apostolado, Santa Teresa es la personificación de la España sufriente y orante.

Las huestes de Ignacio, lanzadas por esos mundos, arrebatarán a la herejía y al paganismo a millones de almas. Las pacíficas tropas de Teresa, escondidas en humildes conventos, alcanzarán de Dios el triunfo de los misioneros. Si Ignacio tuvo el honor de engendrar espiritualmente al gran Javier, el evangelizador de millones de almas; con el espíritu misionero de la Orden de Teresa, se nutrió aquella encantadora santita de Lisieux, misionera de la oración, que había de llegar a ser, con el apóstol del Japón, Patrona universal de todas las misiones católicas.

Dos eran las funciones en aquel pueblo eminentemente misionero, pero uno el ideal, idéntico el espíritu. Las falanges militantes estaban en íntima, relación vital con el pueblo orante, de quien recibían apoyo espiritual, prestación personal y ayuda económica. Así, encontramos a grupos de misioneros, como fray Alonso de Maldonado, haciendo giras por los conventos de clausura de España, para animar a las almas consagradas, a orar y sacrificarse por las misiones de América. Y otros apóstoles recorren, como el P. Acevedo, los noviciados y colegios religiosos de la península reclutando decenas de misioneros para el Nuevo Mundo, o se dedican a colectar limosnas y enseres.

Esta compenetración de las dos facetas del espíritu misionero de aquel pueblo era tan general que abrazaba a casi todas las familias, cuyos miembros, divididos por la inmensa distancia de los mares y por la diversidad de sus oficios, estaban aunados en un mismo y sublime ideal, el ideal por el cual vibraba toda la Hispanidad: universalizar la Redención.

Un dignísimo prelado americano ha sabido pintar con artísticos colores el cuadro de la España misionera del siglo XVI (Mons. Roberto J. Tavella, Arzobispo de Salta (Argentina), conferencia en la Radio “Voz de España” de Buenos Aires, 22-XI-1941).

“Ningún pueblo nació como el nuestro al impulso exclusivo de un pensamiento evangelizador. La nuestra puede llamarse por antonomasia otra Ciudad de Dios, en contraposición a la Ciudad humana. Blanca y luminosa ciudad, la construyó el genio de España, circundándola con los ciclópeos muros de la austeridad de la raza y coronándola con la alta torre del homenaje donde Isabel alzó la bandera de su idealismo. En su interior nacieron los santos y los héroes, los conquistadores y los misioneros, los sabios y los poetas, todos ellos igualados en la exaltación con que sintieron su destino histórico; a sus bastiones y arsenales acudió ya cuatro veces la Cristiandad para defenderse de sus enemigos y otras tantas salieron de ella los cruzados que lucharon contra el Islam, los héroes de Lepanto, los tercios de Flandes, los infantes de San Quintín, los temerarios de la Invencible y la barrera contra la Reforma.

A sus almenas asomó Santa Teresa para avizorar el mundo de la herejía y concitar a la guerra santa, después de transformar la sillería grave y pesada de sus torres en la espiritualidad de su Castillo Interior; en su plaza de armas concibió San Ignacio la táctica de la nueva Compañía que iba a transformar, como alguien dijo, la infantería española en la caballería de la Iglesia.

A sus puertas encaminó Dios el genio de Colón, y en el momento en que el oscuro peregrino se encuentra, con la reina Isabel y vislumbra ésta, no las inmensas riquezas que podrían venirle de las Indias, sino el camino que se abría para la redención de tantos millones de almas, en ése preciso momento se engendra la vida de los pueblos americanos, fruto de la estirpe más universal y heroica que pueda registrarse en todos los empadronamientos de la historia.

No henchidos de vanidad, pero sí llenos de gratitud a Dios y a España, preguntamos cuáles son los pueblos que pueden ostentar mayor nobleza de origen”.

 

 

Hispanoamérica. La verdad 118

13 lunes May 2019

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (38)

España entera, llevada por su celo misionero, se propuso principalmente, al lanzarse a los mares, la conquista para Dios de nuevos pueblos

Santa Teresa de JesúsLo que prueba—dicho sea de paso—que el sistema de las encomiendas, evitados los abusos, era humano y lícito, ya que fue adoptado por varones tan eximios y piadosos como don Lorenzo de Cepeda, y no censurado por la gran confidente de Dios. Y nótese aquí también que con oro allegado por los indios de la encomienda de don Lorenzo, se sufragó parte de los gastos del primer monasterio de Descalzas de Ávila. Santa Teresa, al recibir aquellos dineros de su hermano, no los arrojó lejos de sí como dinero de iniquidad… Entraba, a buen seguro, en los planes de la Providencia que los pueblos indígenas de América compensaran en parte con su trabajo la deuda que contraían con el pueblo colonizador y evangelizador.

Ahora, Lorenzo, ya rico, siente morriña por la patria, y quiere volver a Ávila con su familia. Es entonces cuando recibe una carta de su hermana Teresa, en la que ésta se alegra espiritualmente de su vuelta, después de treinta años de ausencia, y confiesa con gran sencillez cuánto ha sufrido y rogado por la conversión de América, asociándose eficazmente así, desde su celda, a la gran expansión misional de su patria.

“Me parece—escribe a su hermano—he de tener alivio con tener a vuestra merced acá, que es tan poco el que me dan las cosas de toda tierra que por ventura quiere Nuestro Señor tenga ése y que nos juntemos entrambos para procurar más su honra y gloria y algún provecho de las almas, que esto es lo que mucho me lastima, ver tantas perdidas; y esos indios no me cuestan poco. El Señor los dé luz, que acá y allá hay harta desventura”.

En 1574 realizaba don Lorenzo sus deseos. Al desembarcar en Sevilla con sus hijos, recibe el inmenso gozo de poder abrazar a su hermana monja, que se encontraba allí arreglando los asuntos de una nueva fundación de carmelitas en la capital andaluza. La Santa conoció entonces a su sobrinita Teresita, niña de nueve años, nacida en Quito, que había de ser la primera carmelita americana.

La casa de los Cepeda, repetimos, es una imagen en pequeño de la España de aquel siglo: mientras la porción vigorosa de la familia lucha en el extranjero por la defensa y extensión de la fe, los restantes miembros permanecen en el Solar paterno, en oración por el éxito de la empresa. Y es que, como dice muy bien Ramiro de Maeztu a este propósito, “toda la España del siglo XVI era misionera”.

Y por lo que toca a la Reformadora del Carmelo, bien podemos decir que es representante, la más genuina y excelsa, por su sentido universal y apostólico, de la mujer española del siglo XVI, y por tanto la Santa de la Hispanidad.

Así como San Ignacio de Loyola es el prototipo de los varones de la Hispanidad, ya que—como dice Pío XII—“aquel Santo en cuyo pecho se diría que entraba el mundo entero, encarnaba sin saberlo lo mejor de los valores y de las virtudes de su estirpe y era, como muy bien se ha dicho, la “personificación más viva del espíritu, español en su edad de oro”, por su nobleza innata, por su magnanimidad, por su tendencia a lo fundamental y a lo esencial, hasta superar las barreras del tiempo y del espacio, sin perder nada de aquella riquísima humanidad, que le hacía vivir y sentir todos los problemas y todas las dificultades de su patria y de su siglo, en el gran cuadro general de la historia de la Iglesia y del mundo”. Así Santa Teresa es el prototipo de las mujeres de la Hispanidad. Por eso, la virgen abulense, junto con Isabel de Castilla, ha sido propuesta como modelo por Pío XII a las mujeres españolas que se sientan con arrestos para volver a las tradiciones católicas de su país (234).

(234) “No se podrá nunca olvidar que, en los días grandes de España, las mujeres se llamaban Isabel de Castilla o Teresa de Jesús; y en este misma Año Jubilar Nos hemos tenido el consuelo de elevar a los altares a dos españolas: Soledad Torres Acosta y Vicente María López y Vicuña. Las gracias jubilares os ayudarán a imitar ideales tan altos” (Discurso a las jóvenes, españolas, 25-X-1950).

 

 

 

 

Hispanoamérica. La verdad 117

06 lunes May 2019

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (37)

España entera, llevada por su celo misionero, se propuso principalmente, al lanzarse a los mares, la conquista para Dios de nuevos pueblos

Santa Teresa de Jesús y el ángelPero su misión era la de quedarse en retaguardia, rogando al Señor, como Moisés en otro tiempo, por quienes luchaban las batallas del Señor.

Fiel a esta vocación—no lo olvidemos—, renovó el Carmelo, para rogar por la conversión de los desgraciados herejes y paganos. A este propósito escribe acertadamente el citado P. Ribera:

“Otra cosa también se saca de aquí, que todas las religiosas de esta orden deben tener siempre estampada en su alma, y es que por más asperezas que hagan, y por más que oren y canten y hagan todo lo que unas muy buenas y perfectas monjas deben hacer, no han cumplido con su llamamiento, ni con lo que Dios quiere de ellas, si no tienen particular cuidado de enderezar sus oraciones y ayunos y asperezas que habernos dicho, a ayudar a los que andan en el campo sudando y peleando por la gloria de Dios Nuestro Señor y por la defensión y acrecentamiento de su Santa Iglesia, y en fin, por todos aquellos que particularmente procuran la salvación de las almas. Así que, lo que a las otras monjas bastaría, a ellas no basta, y con lo que otras serían perfectas, ellas no lo serán enteramente, porque faltarían de lo que en su llamamiento y religión es lo más principal. También me huelgo quede esto escrito aquí, porque todas las veces que se leyere lo estaré yo clamando después de mi muerte, como lo hago en la vida. Y crean las religiosas de esta Orden que esto leyeren, que Nuestra Señora la Virgen María, que es la Madre de estos Monasterios, y el bienaventurado San José, que es el Padre de ellos, y la Santa Madre Teresa de Jesús, que es la fundadora, quieren y desean que esta doctrina se predique en ellos. Lo que hasta aquí he dicho para estas religiosas, y lo que dijere, si bien hubieran leído sus libros, hallarán que es lo mismo que la Santa Madre les dejó más encargado. Y así, acerca de esto que ahora decimos, en el capítulo III del Camino de perfección, después de haber dicho al propósito muchas cosas muy buenas, concluye con estas palabras: “Y cuando vuestras oraciones, deseos, disciplinas y ayunos no se emplearen por aquesto que he dicho, pensad y creed que no hacéis ni cumplís el fin para qué aquí os juntó el Señor y no permita el Señor esto se quite de vuestra memoria jamás, por quien su Majestad es”.

Con qué denuedo y exactitud cumpliera la propia Santa con este espíritu misionero de la reforma carmelitana, lo conocemos por sus mismos escritos.

Relatando en el Libro de las Fundaciones sus sentimientos después de la visita que hizo a las Descalzas el franciscano Fray Alonso de Maldonado, entonces comisario general por el rey de las Indias Occidentales, escribe:

“Este venía de las Indias poco había. Comenzóme a contar de los muchos millones de almas que allí se perdían por falta de doctrina y hízonos un sermón y plática animando a la penitencia, y fuese. Yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas, que no cabía en mí. Fuime a una ermita con hartas lágrimas; clamaba a Nuestro Señor, suplicando diese medio cómo yo pudiese algo para ganar algún alma para su servicio, pues tantas llevaba el demonio, y que pudiese mi oración algo, ya que yo no era para más”.

Y a su piadoso hermano Lorenzo le cuenta, años más tarde, cuán a pecho había tomado la salvación espiritual de los pueblos americanos. Lorenzo—el hermano que más intimó con Teresa— se había establecido en Quito, se había casado y gozaba de una situación muy desahogada. Poseía extensos territorios y era encomendero de buen número de indios del Valle de Chillo. Consta por el proceso de beatificación de Santa Teresa que allí, rodeado de su mujer, hijos y servidumbre, así como de los indios de su encomienda, fue visitado milagrosamente por su santa hermana.

 

Hispanoamérica. La verdad 116

29 lunes Abr 2019

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (36)

España entera, llevada por su celo misionero, se propuso principalmente, al lanzarse a los mares, la conquista para Dios de nuevos pueblos

“El ímpetu evangelizador y colonizador de la España misionera, uno de cuyos méritos fue el saber fundir en una ambas finalidades”.

(Pío XII, 5-XII-1954).

“Yo debiera demostraros ahora que la obra de España fue, antes que todo, obra de catolicismo. No es necesario. Aquí está el hecho colosal. Al siglo de empezada la conquista, América era virtualmente cristiana”.

(Cardenal Gomá, 12-X-I934).

*    *    *

Santa Teresa de JesúsLos apartados anteriores han presentado a Pío XII ponderando, con palabra maestra, el acendrado espíritu apostólico que animaba no sólo a los misioneros, sino también a los reyes, a los conquistadores y colonos, y, en general, a todos los hombres que intervinieron directamente en la conquista y colonización.

Pero la epopeya no hubiera alcanzado el grado de grandeza que alcanzó si la España de entonces no hubiera vibrado entera, desde el primero hasta el último de sus hijos, ante el ideal de la evangelización de tantas almas, de cuya salvación eterna se sentían ya responsables. Si se obtuvo un fruto de conversión tan completo y estable, es, sin duda, porque todas las capas sociales del pueblo cooperaban en espíritu y en hechos con el gran cometido nacional: era un plan gigantesco, para cuyo feliz resultado se requería sucesivamente la generosa colaboración de todos.

Y así acaecía en realidad. Cuando en la áspera meseta castellana o en la región montañosa del Norte o en las fértiles llanuras del Sur de la Península, se hacían levas de misioneros y de gente de armas, y de campesinos y labriegos, para que pasasen a conquistar, convertir y colonizar América, aquellos valientes no iban solos a la dura empresa. Al ver partir para las Indias, seguramente para siempre, al hijo o al hermano, las madres y hermanas generosas no permanecían a osadas ajenas a la misión. ¡No! Allí quedaban, en el castillo solariego o en la humilde casuca de la aldea, rezando por los seres queridos que partían, los unos a la conquista material de las tierras, los otros a la conquista espiritual de los pobladores. Cuando por la noche, alrededor de la chimenea, la familia desgranaba devotamente las cuentas del rosario, sus corazones y sus plegarias acompañaban al audaz soldado o al heroico misionero, que bogaban ya en medio de grandes peligros a tierras inmensas y desconocidas.

Caso típico de esta solidaridad de todo el pueblo español en la empresa espiritual que los más valerosos de sus hijos realizaban lejos de la patria, es la familia de Santa Teresa de Jesús. Los siete hermanos varones de la Santa habían marchado a las Indias, en busca de fama y de prosperidad, es verdad, pero deseosos, sobre todo, de extender el Reino de Jesucristo (226).

(226) Cinco de ellos: Lorenzo, Jerónimo, Antonio, Pedro y Agustín, alistados en la expedición de don Blasco Núñez Vela, que después fue el primer Virrey del Perú. Hernando y Rodrigo, los dos mayores, habían partido con, anterioridad. De Rodrigo de Cepeda, que siendo niño había seguido fielmente a su hermanita en la ingenua escapada a tierra de moros, cuenta el P. Francisco de Ribera, S. J., contemporáneo y primer, biógrafo de la Santa, que “murió después en las Indias en el Río de la Plata, siendo Capitán de la gente que allá iba; de quien después la Santa Madre solía decir que le tenía por mártir porque había muerto en defensa de la fe” (Vida de Santa Teresa, pág. 96, Barcelona, 1908).

Y mientras que sus hermanos trabajaban por la causa de la civilización en lejanos países, quedaba en Ávila Teresa de Ahumada con su anciano padre, implorando del Cielo la conversión de los infieles y la extensión del catolicismo. Ella también hubiera deseado lanzarse al mar y dar su vida, si fuera preciso, por la propagación del Evangelio. Ya de niña había anhelado ardientemente, y lo intentó poner por obra, ir a tierra de infieles “para darles—como dice, el Breviario Romano—a Jesucristo o su propia sangre”.

Hispanoamérica. La verdad 115

22 lunes Abr 2019

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (35)

Falanges de misioneros heroicos realizaron el ideal de la conquista, atrayendo a la luz de nuestra fe a millones de paganos

Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé - ParaguaySin hablar de las famosas reducciones del Paraguay, dignas de ser estudiadas en especial apartado, las realizaciones de los misioneros en el orden civilizador fueron prodigiosas y durablemente eficaces en todas las latitudes americanas (224).

(224) Escribiendo sobre el saludable cambio operado en la vida social de los indios del Perú, un contemporáneo se expresa de esta manera: “Aun en lo temporal han mejorado mucho su partido; porque antes (de la colonización) eran muy oprimidos con pechos y tributos, y ahora viven casi libres. Hanles dado bestias de carga, que no tenían, mostráronles el uso del hierro y de la lana, de carne que coman y de moneda para que compren y vendan. Hanles enseñado a leer y escribir, y aun latinidad. Hanles dado candela para que se alumbren, vino, pan, navíos, caballos, toros, puercos, gallinas de España, seda, azúcar en abundancia (como todo lo demás)” (Fray Alonso Fernández: Historia eclesiástica de nuestros tiempos).

Y de los indios de Méjico, Fray Cervantes de Salazar ha dejado escrito: “Ahora que están bajo la Corona de Castilla son tan libres y trátanse tan bien los muy pobres y los de baja suerte como entonces los muy nobles, porque es tan poco lo que tributan y tantas las granjerías en que con los nuestros son aprovechados, que visten mantas de algodón y comen muy bien; y si de su natural condición no fuesen tan apocados, tan holgazanes y tan amigos de borracheras, serían muy ricos y la tierra estaría muy ennoblecida, porque son muchos, y en la tierra, queriendo trabajar, hay para ello gran aparejo”. (Crónica de Nueva España, lib. IV, cap. 14).

De tal manera que aquellos laboriosos y abnegados misioneros bien han merecido ser apellidados por Pío XII “fundadores de naciones”.

“Nuestro pensamiento recordaba (en esta ocasión) aquel 25 de julio de 1524, cuando vuestro país entraba en los tiempos nuevos, ante un altar de la Virgen Santísima y del Señor Santiago, ignorando el hierro del vencedor o el gesto duro de la conquista, y solamente gracias a la labor pacífica y apostólica de los misioneros de Jesucristo y de su Iglesia ¡una nación fundada por un puñado de frailes inermes!…”.

(Radiomensaje al I Congreso Eucarístico Nacional de Guatemala, 22-IV-1951).

En efecto, pocos decenios después que los misioneros hubieron arribado a América, en pos de los conquistadores, un admirable espectáculo aparece ante el historiador. Donde hasta poco antes no había habido más que cabañas o chozas de paja, descubre lindos y amenos poblados con limpias casitas. En aquellas selvas y en aquellos valles, teatro durante siglos de los más horribles y repugnantes crímenes, sin excluir los sistemáticos sacrificios humanos, viven ahora pacíficos y piadosos moradores, que se descubren ante la cruz de madera del camino, y labran sus campos en la tranquilidad del nuevo orden. Los sombríos y crueles templos, erigidos a ídolos sin entrañas, han sido sustituidos por blancas iglesias, donde habita el Dios del Amor. El cacique lujurioso y el avaro hechicero se han visto desterrados por la noble firmeza del conquistador y la sencilla humildad del fraile misionero. Donde la guerra entre las tribus era el pan amargo de cada día, la paz domina soberana. Donde reinaba la barbarie, impera la civilización. Asistimos a una verdadera metamorfosis. Una regeneración profunda del individuo y de la sociedad, obra peculiar de los misioneros, ha transformado aquellos pueblos bárbaros en fieles hijos de la Iglesia: ¡Es la paz de Cristo en el Reino de Cristo!

“De esta fe católica romana estuvieron animados vuestros padres y gobernantes… El orgullo de esta fe exaltó vuestro nombre y hace sagradas muchas páginas de vuestra historia; esta fe elevó—sobre los vestigios de la civilización precolombina, y sobre las salvajes soledades, y hasta más el espíritu misionero que, regenerándolos romanamente, transformó aquellos pueblos idólatras en devotos hijos de la Esposa de Cristo”.

(Radiomensaje al II Congreso Eucarístico Nacional del Perú, celebrado en Arequipa, 27-X-1940).

 

 

 

 

 

 

 

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