Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (37)

España entera, llevada por su celo misionero, se propuso principalmente, al lanzarse a los mares, la conquista para Dios de nuevos pueblos

Santa Teresa de Jesús y el ángelPero su misión era la de quedarse en retaguardia, rogando al Señor, como Moisés en otro tiempo, por quienes luchaban las batallas del Señor.

Fiel a esta vocación—no lo olvidemos—, renovó el Carmelo, para rogar por la conversión de los desgraciados herejes y paganos. A este propósito escribe acertadamente el citado P. Ribera:

“Otra cosa también se saca de aquí, que todas las religiosas de esta orden deben tener siempre estampada en su alma, y es que por más asperezas que hagan, y por más que oren y canten y hagan todo lo que unas muy buenas y perfectas monjas deben hacer, no han cumplido con su llamamiento, ni con lo que Dios quiere de ellas, si no tienen particular cuidado de enderezar sus oraciones y ayunos y asperezas que habernos dicho, a ayudar a los que andan en el campo sudando y peleando por la gloria de Dios Nuestro Señor y por la defensión y acrecentamiento de su Santa Iglesia, y en fin, por todos aquellos que particularmente procuran la salvación de las almas. Así que, lo que a las otras monjas bastaría, a ellas no basta, y con lo que otras serían perfectas, ellas no lo serán enteramente, porque faltarían de lo que en su llamamiento y religión es lo más principal. También me huelgo quede esto escrito aquí, porque todas las veces que se leyere lo estaré yo clamando después de mi muerte, como lo hago en la vida. Y crean las religiosas de esta Orden que esto leyeren, que Nuestra Señora la Virgen María, que es la Madre de estos Monasterios, y el bienaventurado San José, que es el Padre de ellos, y la Santa Madre Teresa de Jesús, que es la fundadora, quieren y desean que esta doctrina se predique en ellos. Lo que hasta aquí he dicho para estas religiosas, y lo que dijere, si bien hubieran leído sus libros, hallarán que es lo mismo que la Santa Madre les dejó más encargado. Y así, acerca de esto que ahora decimos, en el capítulo III del Camino de perfección, después de haber dicho al propósito muchas cosas muy buenas, concluye con estas palabras: “Y cuando vuestras oraciones, deseos, disciplinas y ayunos no se emplearen por aquesto que he dicho, pensad y creed que no hacéis ni cumplís el fin para qué aquí os juntó el Señor y no permita el Señor esto se quite de vuestra memoria jamás, por quien su Majestad es”.

Con qué denuedo y exactitud cumpliera la propia Santa con este espíritu misionero de la reforma carmelitana, lo conocemos por sus mismos escritos.

Relatando en el Libro de las Fundaciones sus sentimientos después de la visita que hizo a las Descalzas el franciscano Fray Alonso de Maldonado, entonces comisario general por el rey de las Indias Occidentales, escribe:

“Este venía de las Indias poco había. Comenzóme a contar de los muchos millones de almas que allí se perdían por falta de doctrina y hízonos un sermón y plática animando a la penitencia, y fuese. Yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas, que no cabía en mí. Fuime a una ermita con hartas lágrimas; clamaba a Nuestro Señor, suplicando diese medio cómo yo pudiese algo para ganar algún alma para su servicio, pues tantas llevaba el demonio, y que pudiese mi oración algo, ya que yo no era para más”.

Y a su piadoso hermano Lorenzo le cuenta, años más tarde, cuán a pecho había tomado la salvación espiritual de los pueblos americanos. Lorenzo—el hermano que más intimó con Teresa— se había establecido en Quito, se había casado y gozaba de una situación muy desahogada. Poseía extensos territorios y era encomendero de buen número de indios del Valle de Chillo. Consta por el proceso de beatificación de Santa Teresa que allí, rodeado de su mujer, hijos y servidumbre, así como de los indios de su encomienda, fue visitado milagrosamente por su santa hermana.