Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (35)

Falanges de misioneros heroicos realizaron el ideal de la conquista, atrayendo a la luz de nuestra fe a millones de paganos

Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé - ParaguaySin hablar de las famosas reducciones del Paraguay, dignas de ser estudiadas en especial apartado, las realizaciones de los misioneros en el orden civilizador fueron prodigiosas y durablemente eficaces en todas las latitudes americanas (224).

(224) Escribiendo sobre el saludable cambio operado en la vida social de los indios del Perú, un contemporáneo se expresa de esta manera: “Aun en lo temporal han mejorado mucho su partido; porque antes (de la colonización) eran muy oprimidos con pechos y tributos, y ahora viven casi libres. Hanles dado bestias de carga, que no tenían, mostráronles el uso del hierro y de la lana, de carne que coman y de moneda para que compren y vendan. Hanles enseñado a leer y escribir, y aun latinidad. Hanles dado candela para que se alumbren, vino, pan, navíos, caballos, toros, puercos, gallinas de España, seda, azúcar en abundancia (como todo lo demás)” (Fray Alonso Fernández: Historia eclesiástica de nuestros tiempos).

Y de los indios de Méjico, Fray Cervantes de Salazar ha dejado escrito: “Ahora que están bajo la Corona de Castilla son tan libres y trátanse tan bien los muy pobres y los de baja suerte como entonces los muy nobles, porque es tan poco lo que tributan y tantas las granjerías en que con los nuestros son aprovechados, que visten mantas de algodón y comen muy bien; y si de su natural condición no fuesen tan apocados, tan holgazanes y tan amigos de borracheras, serían muy ricos y la tierra estaría muy ennoblecida, porque son muchos, y en la tierra, queriendo trabajar, hay para ello gran aparejo”. (Crónica de Nueva España, lib. IV, cap. 14).

De tal manera que aquellos laboriosos y abnegados misioneros bien han merecido ser apellidados por Pío XII “fundadores de naciones”.

“Nuestro pensamiento recordaba (en esta ocasión) aquel 25 de julio de 1524, cuando vuestro país entraba en los tiempos nuevos, ante un altar de la Virgen Santísima y del Señor Santiago, ignorando el hierro del vencedor o el gesto duro de la conquista, y solamente gracias a la labor pacífica y apostólica de los misioneros de Jesucristo y de su Iglesia ¡una nación fundada por un puñado de frailes inermes!…”.

(Radiomensaje al I Congreso Eucarístico Nacional de Guatemala, 22-IV-1951).

En efecto, pocos decenios después que los misioneros hubieron arribado a América, en pos de los conquistadores, un admirable espectáculo aparece ante el historiador. Donde hasta poco antes no había habido más que cabañas o chozas de paja, descubre lindos y amenos poblados con limpias casitas. En aquellas selvas y en aquellos valles, teatro durante siglos de los más horribles y repugnantes crímenes, sin excluir los sistemáticos sacrificios humanos, viven ahora pacíficos y piadosos moradores, que se descubren ante la cruz de madera del camino, y labran sus campos en la tranquilidad del nuevo orden. Los sombríos y crueles templos, erigidos a ídolos sin entrañas, han sido sustituidos por blancas iglesias, donde habita el Dios del Amor. El cacique lujurioso y el avaro hechicero se han visto desterrados por la noble firmeza del conquistador y la sencilla humildad del fraile misionero. Donde la guerra entre las tribus era el pan amargo de cada día, la paz domina soberana. Donde reinaba la barbarie, impera la civilización. Asistimos a una verdadera metamorfosis. Una regeneración profunda del individuo y de la sociedad, obra peculiar de los misioneros, ha transformado aquellos pueblos bárbaros en fieles hijos de la Iglesia: ¡Es la paz de Cristo en el Reino de Cristo!

“De esta fe católica romana estuvieron animados vuestros padres y gobernantes… El orgullo de esta fe exaltó vuestro nombre y hace sagradas muchas páginas de vuestra historia; esta fe elevó—sobre los vestigios de la civilización precolombina, y sobre las salvajes soledades, y hasta más el espíritu misionero que, regenerándolos romanamente, transformó aquellos pueblos idólatras en devotos hijos de la Esposa de Cristo”.

(Radiomensaje al II Congreso Eucarístico Nacional del Perú, celebrado en Arequipa, 27-X-1940).