Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (36)

España entera, llevada por su celo misionero, se propuso principalmente, al lanzarse a los mares, la conquista para Dios de nuevos pueblos

“El ímpetu evangelizador y colonizador de la España misionera, uno de cuyos méritos fue el saber fundir en una ambas finalidades”.

(Pío XII, 5-XII-1954).

“Yo debiera demostraros ahora que la obra de España fue, antes que todo, obra de catolicismo. No es necesario. Aquí está el hecho colosal. Al siglo de empezada la conquista, América era virtualmente cristiana”.

(Cardenal Gomá, 12-X-I934).

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Santa Teresa de JesúsLos apartados anteriores han presentado a Pío XII ponderando, con palabra maestra, el acendrado espíritu apostólico que animaba no sólo a los misioneros, sino también a los reyes, a los conquistadores y colonos, y, en general, a todos los hombres que intervinieron directamente en la conquista y colonización.

Pero la epopeya no hubiera alcanzado el grado de grandeza que alcanzó si la España de entonces no hubiera vibrado entera, desde el primero hasta el último de sus hijos, ante el ideal de la evangelización de tantas almas, de cuya salvación eterna se sentían ya responsables. Si se obtuvo un fruto de conversión tan completo y estable, es, sin duda, porque todas las capas sociales del pueblo cooperaban en espíritu y en hechos con el gran cometido nacional: era un plan gigantesco, para cuyo feliz resultado se requería sucesivamente la generosa colaboración de todos.

Y así acaecía en realidad. Cuando en la áspera meseta castellana o en la región montañosa del Norte o en las fértiles llanuras del Sur de la Península, se hacían levas de misioneros y de gente de armas, y de campesinos y labriegos, para que pasasen a conquistar, convertir y colonizar América, aquellos valientes no iban solos a la dura empresa. Al ver partir para las Indias, seguramente para siempre, al hijo o al hermano, las madres y hermanas generosas no permanecían a osadas ajenas a la misión. ¡No! Allí quedaban, en el castillo solariego o en la humilde casuca de la aldea, rezando por los seres queridos que partían, los unos a la conquista material de las tierras, los otros a la conquista espiritual de los pobladores. Cuando por la noche, alrededor de la chimenea, la familia desgranaba devotamente las cuentas del rosario, sus corazones y sus plegarias acompañaban al audaz soldado o al heroico misionero, que bogaban ya en medio de grandes peligros a tierras inmensas y desconocidas.

Caso típico de esta solidaridad de todo el pueblo español en la empresa espiritual que los más valerosos de sus hijos realizaban lejos de la patria, es la familia de Santa Teresa de Jesús. Los siete hermanos varones de la Santa habían marchado a las Indias, en busca de fama y de prosperidad, es verdad, pero deseosos, sobre todo, de extender el Reino de Jesucristo (226).

(226) Cinco de ellos: Lorenzo, Jerónimo, Antonio, Pedro y Agustín, alistados en la expedición de don Blasco Núñez Vela, que después fue el primer Virrey del Perú. Hernando y Rodrigo, los dos mayores, habían partido con, anterioridad. De Rodrigo de Cepeda, que siendo niño había seguido fielmente a su hermanita en la ingenua escapada a tierra de moros, cuenta el P. Francisco de Ribera, S. J., contemporáneo y primer, biógrafo de la Santa, que “murió después en las Indias en el Río de la Plata, siendo Capitán de la gente que allá iba; de quien después la Santa Madre solía decir que le tenía por mártir porque había muerto en defensa de la fe” (Vida de Santa Teresa, pág. 96, Barcelona, 1908).

Y mientras que sus hermanos trabajaban por la causa de la civilización en lejanos países, quedaba en Ávila Teresa de Ahumada con su anciano padre, implorando del Cielo la conversión de los infieles y la extensión del catolicismo. Ella también hubiera deseado lanzarse al mar y dar su vida, si fuera preciso, por la propagación del Evangelio. Ya de niña había anhelado ardientemente, y lo intentó poner por obra, ir a tierra de infieles “para darles—como dice, el Breviario Romano—a Jesucristo o su propia sangre”.