Contracorriente

~ Blog del P. Manuel Martínez Cano, mCR

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Publicaciones de la categoría: Hispanoamérica. La verdad

Hispanoamérica. La verdad 69

04 lunes Jun 2018

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas de la colonización (1825 – 1939) (11)

Transcribimos el texto completo de la histórica encíclica, la cual, a pesar de su interés nada común, no es suficientemente conocida entre los católicos hispanoamericanos.

Encíclica “Quarto abeunte saeculo” (1)

A nuestros venerables Hermanos los Arzobispos y Obispos de España, Italia y las dos Américas.

León XIII, Papa.

Isabel I de Castilla y Fernando II de AragónVenerables Hermanos, salud y bendición apostólica.

Al cumplirse el cuarto centenario del descubrimiento de un mundo desconocido, allende el Océano Atlántico, descubrimiento que bajo los auspicios de Dios fue llevado a cabo por un hombre de Liguria, los hombres desean celebrar este grato recuerdo y ensalzar al autor de esta obra. Y en verdad no se encontraría una causa más digna de excitar los ánimos y de inflamar los deseos, pues se trata de la hazaña más grandiosa y hermosa que hayan podido ver los tiempos. Apenas puede encontrarse hombre en el transcurso de los siglos con una grandeza de alma y un ingenio comparables a la grandeza de alma y al ingenio de quien esto realizó. Del seno del inexplorado Océano, gracias a él, surgió un nuevo mundo; millones de hombres, que se hallaban en el olvido y en las tinieblas, se han reintegrado a la sociedad, y han vuelto de la barbarie a la mansedumbre y a la humanidad; y, lo que es más, han sido llamados de la muerte a la vida sempiterna por la comunicación de los bienes que Jesucristo engendró.

Europa, sorprendida entonces por la novedad y maravillada de este inesperado suceso, fue conociendo después poco a poco lo que debía a Colón: cuando se fundaron colonias, se hicieron casi continuos los viajes de un lado para otro, se beneficiaron mutuamente unos y otros, se estrecharon las relaciones comerciales a través del Océano, se llegó a un gran conocimiento de la naturaleza, se logró la explotación de sus bienes y riquezas, y al mismo tiempo se aumentó la autoridad del nombre europeo de una manera extraordinaria.

No conviene que la Iglesia permanezca en completo silencio en medio de tantos homenajes y en medio de este concierto de acciones de gracias, puesto que, según su costumbre y proceder, siempre ha aprobado de buen grado lo que es honesto y laudable, y trabaja para que ello se propague. La Iglesia prodiga los mayores y más singulares honores a quienes se señalan en aquellas virtudes que se relacionan de una manera íntima con la salvación de las almas; pero no por esto desprecia ni estima en poco a los que se señalan en las demás virtudes. Más aún, siempre ha favorecido y tenido en gran estima a quienes han conseguido ante la sociedad civil grandes méritos y han logrado la inmortalidad, a “Dios es admirable”, principalmente, “en sus santos”; pero no por esto dejan de aparecer los vestigios de su divino poder en aquellos en quienes resplandece una fortaleza de alma y una preclara inteligencia, porque la claridad de ingenio y la grandeza de alma que vemos en los hombres no pueden proceder sino del Creador. Hay, además, otra causa singular por la que Nos es grato recordar este hecho inmortal. Colón, sin duda alguna, nos pertenece. Si buscamos, en verdad, un poco la razón principal que movió a Colón a abordar el “tenebroso mar” y la intención que le determinó a realizar esta obra, entenderemos fácilmente y no podremos dudar que ésta fue, en primer lugar, la gloria de la fe católica. Por lo cual, no es poco lo que el género humano debe a la Iglesia por este nuevo título.

Muchos varones expertos, antes y después de Cristóbal Colón, se lanzaron, es verdad, con valentía y constancia a la búsqueda de mares y tierras desconocidas. La sociedad humana, que no olvida los beneficios, recibidos, con razón aclama y aclamará siempre a tales hombres, porque extendieron los límites de las ciencias y de la cultura, y aumentaron el bien común. Sobre todo, que estas empresas no siempre eran fáciles: pues necesitaban esfuerzos de voluntad poco comunes, y no pocas veces era preciso vencer los más grandes peligros. Sin embargo, la diferencia que hay entre éstos y Colón no deja de ser considerable. Pues, a la verdad, el fin que se propuso el descubridor de América, al recorrer el inmenso Océano, supera con mucho al que se propusieron los otros hombres ilustres de que hablábamos, Y no es que Colón no pretendiera adquirir mayores conocimientos y alcanzar méritos delante de la sociedad; ni que despreciara la gloria, que ordinariamente es lo que más suele excitar a los hombres magnánimos; ni que desechara totalmente su propio bien. No obstante, hubo una razón que superó en él grandemente a todas estas razones humanas. Esta fue la religión de sus mayores, pues sin ninguna duda ella le hizo concebir tal empresa y ponerla por obra, y le dio fuerza y alivio en las más ásperas dificultades. En efecto, es indiscutible que lo que primariamente le indujo a realizar esta gesta fue la propagación del Evangelio por nuevas tierras y nuevos mares.

Lo cual podrá parecer poco verosímil a quienes tienen puesta su mira sólo en las cosas de este mundo, y rehúsan alzar los ojos hacia cosas más elevadas. Mas los espíritus grandes, por el contrario, siempre aspiran a cosas más altas. Ellos son, en efecto, quienes más dispuestos están para concebir los instintos y las aspiraciones de la fe divina.

Colón había unido al estudio de la naturaleza el estudio de la religión, y había conformado su espíritu con los preceptos emanados de una fe católica profunda. Por esta razón, después de haber descubierto, por la astronomía y antiguos documentos, que más allá de los límites conocidos se abrían espacios inmensos que nadie había explorado hasta entonces, le venía a la mente una enorme multitud de gente rodeada de deplorables tinieblas y sumergida en la superstición de dioses falsos y de crueles ritos. Pensaba, además, cuán miserable era vivir en una cultura salvaje y con bárbaras costumbres; desgracia aumentada, sobre todo, por la ignorancia que tenían de las cosas más altas, y del conocimiento del único y verdadero Dios. Movido por estas consideraciones, deseaba ante todo extender hacia el Occidente el cristianismo y los beneficios de la caridad cristiana. Prueba patente de ello es la historia de toda esta empresa.

Pues, ciertamente, cuando vio por primera vez a los Reyes de España, Fernando e Isabel, para que no dudaran tomar a su cargo esta gravosa empresa, les expuso con claridad el motivo: “que su gloria sería inmortal si se determinaban a llevar el nombre y la doctrina de Jesucristo a aquellas lejanas tierras”. Y cuando, poco después, se cumplieron sus deseos, atestiguó que “lo que pedía a Dios era que los Reyes, ayudados por la divina gracia, continuasen trasplantando el Evangelio a nuevas playas y litorales”.

Hispanoamérica. La verdad 68

28 lunes May 2018

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas de la colonización (1825 – 1939) (10)

 León XIII

Papa León XIII - sentadoLeón XIII sucede a Pío IX en el gobierno de la Iglesia. Estamos a finales del siglo XIX. Las pasiones provocadas por la independencia se van calmando poco a poco en América, los recelos de las naciones hispanas hacia la Madre Patria desaparecen a medida que ésta deja de ser considerada un peligro. Surgen los primeros caballeros de la Hispanidad, que rompen una lanza por la tradición católica y española del continente. Hombres que reconocen noblemente su origen, y no se avergüenzan de su abolengo. El ambiente se hace más propicio para que los Papas —sin temor de herir susceptibilidades de nadie—puedan manifestar su parecer sobre el sentido de la gran proeza misionera del siglo XVI.

El Papa León XIII, en repetidas ocasiones, recuerda que los países americanos han recibido la fe de labios de España, y que, por tanto, no han de ser disociados de la Madre Patria en los cuidados de la solicitud apostólica.

“Llevamos muy en el corazón a España, que, por su fe inconmovible, mereció el título glorioso de nación católica, y por la fe ha adquirido mucha parte de su grandeza”.

“La estrecha pertenencia a un mismo origen de lengua y religión, como aun la misma firmeza en la fe recibida —que unen a los pueblos sudamericanos con España—, nos invitan a no separarlas en los especiales cuidados que nos proponemos dispensarles conjuntamente para su común ventaja”.

(Carta al Secretario de Estado, Cardenal Rampolla, 15-VI-1887).

Pero, sin duda alguna, el documento más importante de León XIII—y quizá de todo el Bulario Pontificio anterior a Pío XII—es la bellísima encíclica que escribió el Papa para conmemorar cristianamente el IV centenario del descubrimiento de las Américas.

El Pontífice afirma perentoriamente en esta Carta que “lo que primariamente indujo a Colón a realizar su gesta fue la propagación del Evangelio por nuevas tierras y nuevos mares”. Otro tanto dice de Isabel, «esta piadosísima mujer de espíritu varonil y recio corazón». La cual—añade el inmortal Pontífice—escribió a Colón “haciéndole saber que todos los gastos que ella había hecho para las expediciones de Indias, y los que en adelante haría, los daba por muy bien empleados, ya que mediante ellos se conseguiría la extensión de la religión católica”.

Hispanoamérica. La verdad 67

21 lunes May 2018

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas de la colonización (1825 – 1939) (9)

El siglo que sucede a la independencia de los países americanos abunda en sentimientos de exaltación patriótica, y a menudo antiespañola y anticolonizadora, en las jóvenes repúblicas. Se ha roto con España, y muchos pretenden al mismo tiempo romper también con su propia historia y con su pasado.

En estas condiciones, se comprende que los Papas no pusieran sobre el tapete la debatida cuestión del valor de la colonización española. Los Soberanos Pontífices, padres de todos, deseaban, como era su deber pastoral, mantener relaciones cordiales con aquella parte numerosa del rebaño de Cristo, que ahora se separaba de la Madre Patria para establecerse en una vida autónoma.

Una tal separación era casi obligada. Tarde o temprano había de llegar. Lo que empañó, sin embargo, el nacimiento de las naciones americanas fue el desprecio y abandono con que no pocos de sus hijos, atraídos por el señuelo de la Revolución y del liberalismo, miraron a las tradiciones cristianas de Hispanoamérica y la misma gesta que les había dado la vida y la civilización. Para estos desagradecidos, hijos espurios de una América que es esencialmente cristiana, la conquista y colonización de América se convirtió en el blanco de sus denuestos.

La Leyenda Negra había empezado también en América. No pocas personas de buena voluntad se dejaron engañar por las calumnias repetidas a porrillo. Ante esta actitud, más o menos general, una prudente reserva, respecto a la obra de España en Indias, es la nota típica de los documentos pontificios de este período.

Sin embargo, testimonios aislados dejan estampado a veces el pensamiento íntimo de los Romanos Pontífices. Veamos algunos ejemplos.

*    *    *

Pío IX

Papa Pío IXNos encontramos en el año 1871. Roma y la Iglesia están de gran fiesta, a pesar de las vejaciones que ha sufrido el Soberano Pontífice por parte del poder civil. Se prepara el mundo cristianó para celebrar el XXV aniversario del Supremo Pontificado de Pío IX. Numerosas son las peregrinaciones de fieles que empiezan a afluir a Roma de todo el Orbe católico, inaugurándose así una preciosa costumbre que no se ha interrumpido después. Van al Centro de la Catolicidad para felicitar y consolar al Papa, recluido forzoso en su “prisión” del Vaticano.

A mediados de junio, llega a la ciudad santa una nutrida romería procedente de España, para rendir homenaje al Padre común, inicuamente oprimido. El día 20, la Comisión española, presidida por el Obispo de Ávila, es recibida por el Santo Padre. Los peregrinos ofrecen al Papa ricos donativos de los católicos españoles y una cierta suma de dinero, destinada a aliviar la triste situación que el robo del patrimonio, pontificio ha ocasionado a la economía de la Santa Sede.

El Obispo de Ávila habló en nombre de los presenten:

“…Sí, Beatísimo Padre, la España, de hoy, que, gracias a la misericordia del Señor, vive todavía del jugo de la España antigua, de la España de Recadero y San Fernando, de la España que dio vida y luz a un nuevo mundo, al felicitaros por el feliz advenimiento al veinticinco año de vuestro pontificado, participa de la universal alegría que tan glorioso acontecimiento inspira a toda la Iglesia Católica, protesta que está y quiere permanecer unida a Vos en los combates como en los triunfos; en los dolores, como en los gozos; en las amarguras y tribulaciones, como en las dulzuras y consuelos: ama lo que Vos amáis, desea lo que Vos deseáis, reprueba, condena y anatemiza lo que Vos reprobáis, condenáis y anatematizáis”.

Pío IX, emocionado, “con lágrimas en los ojos” -dicen los periódicos de la época-, respondió con un improvisado discurso en buen castellano a las palabras del prelado abulense, Había hecho éste una ligera alusión a la obra de España en América. El gran Pontífice recoge y explana la idea con sentimiento y convicción.

No se olvide que Pío IX, en 1824, cuando no era aún más que el joven clérigo Juan M. Mastai Ferretti, había tenido ocasión de entrar en contacto personal con la civilización cristiana que España hizo germinar en tierras de América. En efecto, Mastai Ferretti acompañó a Mons. Muzi, primer delegado enviado por la Santa Sede a la América independiente. Ahora, Pío IX recuerda la epopeya que dio origen a la esplendorosa realidad de cristianismo y civilización que él había admirado al caminar por aquellas tierras salpicadas en todas partes de monasterios, iglesias, catedrales, obras de arte y de cultura.

“Con gran placer me hallo en medio de vosotros, y recibo la filial expresión de los sentimientos católicos de España. Siempre España ha mostrado una especial predilección por esta Silla Apostólica, y procurado llevar la civilización cristiana a todas las naciones del globo. La bandera española ha flotado en los mares de América, India y otras regiones, para manifestar que ella era el símbolo de la fe de Jesucristo, a diferencia de la bandera tricolor, que representa y produce lo que todos sabemos. Por eso, España fue grande en los pasados tiempos, porque fundaba su grandeza en propagar la religión cristiana, servirla y defenderla y hacer para conseguirlo toda clase de sacrificios. Confiemos en Dios que no abandonará a esta nación magnánima y la sacará más pura y poderosa de las pruebas que por nuestros pecados permite el Señor en nuestros tiempos”.

Hispanoamérica. La verdad 66

14 lunes May 2018

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas de la colonización (1525 – 1825) (8)

 Urbano VIII

Papa Urbano VIIIY, finalmente, unos párrafos muy significativos de una Bula de Urbano VIII al Rey Felipe IV. Este documento, al par que otros muchos que fueron expedidos por los Papas a lo largo de varios siglos, concedía al Rey de España la facultad de recaudar contribuciones del clero afecto a sus dominios. Como es sabido, en aquellos tiempos, los bienes eclesiásticos -que abarcaban, por otra parte, considerable fracción de la propiedad inmueble- estaban exentos de contribuciones en casi todos los países cristianos. Inmunidad legítima, determinada por el Vicario de Cristo, de acuerdo con los monarcas, a fin de que las iglesias pudieran emplear libremente sus rentas en fines religiosos y benéficos. Sin embargo, cuando el rey emprendía una empresa guerrera extraordinaria, o trabajos importantes de construcción o de canalización de ríos, etc., los Papas solían concederle derecho de exigir contribuciones a los eclesiásticos de sus territorios.

Pero lo que a nosotros nos interesa en la Bula de Urbano VIII es el motivo que el Papa alega para conceder de nuevo al Rey el poder de recabar fondos eclesiásticos. Y este motivo es que el monarca español ha agotado los tesoros de sus reinos “por la defensa y propagación de la fe”.

El Padre Bayle, que ha estudiado en detalle los inmensos dispendios hechos por sus Majestades Católicas a favor de la conversión de los indios, comenta:

“Los soberanos, en su nombre y representación del pueblo, echaron sobre sus hombros, anchos, robustos, mas atacados ya de interna carcoma, que al fin los desplomó, el peso enorme que debió ser de toda la Cristiandad y se lo dejarán a ellos solos. Y gastando gustosos, porque era para Cristo y para las almas, las energías propias, se desangraron, se empobrecieron y descuidaron otros intereses terrenales de la monarquía, porque no faltara para los de las misiones”.

Los Soberanos Pontífices estaban muy al corriente de las larguezas del Tesoro español, el cual, con fines muy puros de honra de Dios y de la Iglesia, pagaba a los soldados que en Flandes y Alemania apoyaban a la causa del catolicismo, sostenía varias escuadras en el Mediterráneo contra los turcos, en el Atlántico y en el Pacífico contra los piratas pagados por los calvinistas y luteranos -y honrados y galardonados por la pérfida Albión-, y cotizaba, en fin, buena parte de las entradas económicas de la Santa Sede.

Felipe IV, en la ocasión presente, necesitaba grandes cantidades de dinero para las guerras que sostenía contra el protestantismo. Urbano VIII, que consideraba esta guerra favorable al interés católico, concede al rey español permiso para recaudar impuestos una vez más, sobre los bienes inmuebles de las iglesias de sus reinos.

“Nuestro carísimo hijo en Cristo Felipe, Rey Católico de las Españas,… por la defensa y propagación de la misma fe católica en otras regiones (Nuevo Mundo), se ha visto impelido a hacer tan inmensos gastos, y aún hoy día los hace, que ha agotado no sólo las rentas ordinarias y extraordinarias de sus reinos, pero aun casi los mismos tesoros de dichos reinos…”

(Bula de Urbano VIII, 5-II-1632.)

Hispanoamérica. La verdad 65

07 lunes May 2018

Posted by manuelmartinezcano in Hispanoamérica. La verdad

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Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas de la colonización (1525 – 1825) (7)

Capitán Pedro Fernández de QuirósUno de los ideales que integraban el plan misionero y colonizador de los reyes de España era el hacer germinar en sus dominios transatlánticos una verdadera vida cultural, que elevara a los pueblos indígenas al rango de naciones civilizadas. Así que fue posible, activaron los monarcas la creación de centros de cultura media y superior. Las Universidades, especialmente, florecieron de una manera asombrosa en todos los territorios americanos. Una de las primeras creadas en América fue la de Méjico. Por esta razón, de entre las numerosas Letras Pontificias de erección o concesión de privilegios a las nuevas Universidades, hemos elegido la Bula que el mismo Papa Clemente VIII dirigió a la famosa Universidad de Nueva España, concediéndole los mismos privilegios de qué gozaban las viejas Universidades europeas. El Soberano Pontífice reconoce en ella el interés que el Rey Católico alberga por la formación cultural de los nuevos pueblos convertidos. Sigue leyendo →

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