Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas de la colonización (1825 – 1939) (11)

Transcribimos el texto completo de la histórica encíclica, la cual, a pesar de su interés nada común, no es suficientemente conocida entre los católicos hispanoamericanos.

Encíclica “Quarto abeunte saeculo” (1)

A nuestros venerables Hermanos los Arzobispos y Obispos de España, Italia y las dos Américas.

León XIII, Papa.

Isabel I de Castilla y Fernando II de AragónVenerables Hermanos, salud y bendición apostólica.

Al cumplirse el cuarto centenario del descubrimiento de un mundo desconocido, allende el Océano Atlántico, descubrimiento que bajo los auspicios de Dios fue llevado a cabo por un hombre de Liguria, los hombres desean celebrar este grato recuerdo y ensalzar al autor de esta obra. Y en verdad no se encontraría una causa más digna de excitar los ánimos y de inflamar los deseos, pues se trata de la hazaña más grandiosa y hermosa que hayan podido ver los tiempos. Apenas puede encontrarse hombre en el transcurso de los siglos con una grandeza de alma y un ingenio comparables a la grandeza de alma y al ingenio de quien esto realizó. Del seno del inexplorado Océano, gracias a él, surgió un nuevo mundo; millones de hombres, que se hallaban en el olvido y en las tinieblas, se han reintegrado a la sociedad, y han vuelto de la barbarie a la mansedumbre y a la humanidad; y, lo que es más, han sido llamados de la muerte a la vida sempiterna por la comunicación de los bienes que Jesucristo engendró.

Europa, sorprendida entonces por la novedad y maravillada de este inesperado suceso, fue conociendo después poco a poco lo que debía a Colón: cuando se fundaron colonias, se hicieron casi continuos los viajes de un lado para otro, se beneficiaron mutuamente unos y otros, se estrecharon las relaciones comerciales a través del Océano, se llegó a un gran conocimiento de la naturaleza, se logró la explotación de sus bienes y riquezas, y al mismo tiempo se aumentó la autoridad del nombre europeo de una manera extraordinaria.

No conviene que la Iglesia permanezca en completo silencio en medio de tantos homenajes y en medio de este concierto de acciones de gracias, puesto que, según su costumbre y proceder, siempre ha aprobado de buen grado lo que es honesto y laudable, y trabaja para que ello se propague. La Iglesia prodiga los mayores y más singulares honores a quienes se señalan en aquellas virtudes que se relacionan de una manera íntima con la salvación de las almas; pero no por esto desprecia ni estima en poco a los que se señalan en las demás virtudes. Más aún, siempre ha favorecido y tenido en gran estima a quienes han conseguido ante la sociedad civil grandes méritos y han logrado la inmortalidad, a “Dios es admirable”, principalmente, “en sus santos”; pero no por esto dejan de aparecer los vestigios de su divino poder en aquellos en quienes resplandece una fortaleza de alma y una preclara inteligencia, porque la claridad de ingenio y la grandeza de alma que vemos en los hombres no pueden proceder sino del Creador. Hay, además, otra causa singular por la que Nos es grato recordar este hecho inmortal. Colón, sin duda alguna, nos pertenece. Si buscamos, en verdad, un poco la razón principal que movió a Colón a abordar el “tenebroso mar” y la intención que le determinó a realizar esta obra, entenderemos fácilmente y no podremos dudar que ésta fue, en primer lugar, la gloria de la fe católica. Por lo cual, no es poco lo que el género humano debe a la Iglesia por este nuevo título.

Muchos varones expertos, antes y después de Cristóbal Colón, se lanzaron, es verdad, con valentía y constancia a la búsqueda de mares y tierras desconocidas. La sociedad humana, que no olvida los beneficios, recibidos, con razón aclama y aclamará siempre a tales hombres, porque extendieron los límites de las ciencias y de la cultura, y aumentaron el bien común. Sobre todo, que estas empresas no siempre eran fáciles: pues necesitaban esfuerzos de voluntad poco comunes, y no pocas veces era preciso vencer los más grandes peligros. Sin embargo, la diferencia que hay entre éstos y Colón no deja de ser considerable. Pues, a la verdad, el fin que se propuso el descubridor de América, al recorrer el inmenso Océano, supera con mucho al que se propusieron los otros hombres ilustres de que hablábamos, Y no es que Colón no pretendiera adquirir mayores conocimientos y alcanzar méritos delante de la sociedad; ni que despreciara la gloria, que ordinariamente es lo que más suele excitar a los hombres magnánimos; ni que desechara totalmente su propio bien. No obstante, hubo una razón que superó en él grandemente a todas estas razones humanas. Esta fue la religión de sus mayores, pues sin ninguna duda ella le hizo concebir tal empresa y ponerla por obra, y le dio fuerza y alivio en las más ásperas dificultades. En efecto, es indiscutible que lo que primariamente le indujo a realizar esta gesta fue la propagación del Evangelio por nuevas tierras y nuevos mares.

Lo cual podrá parecer poco verosímil a quienes tienen puesta su mira sólo en las cosas de este mundo, y rehúsan alzar los ojos hacia cosas más elevadas. Mas los espíritus grandes, por el contrario, siempre aspiran a cosas más altas. Ellos son, en efecto, quienes más dispuestos están para concebir los instintos y las aspiraciones de la fe divina.

Colón había unido al estudio de la naturaleza el estudio de la religión, y había conformado su espíritu con los preceptos emanados de una fe católica profunda. Por esta razón, después de haber descubierto, por la astronomía y antiguos documentos, que más allá de los límites conocidos se abrían espacios inmensos que nadie había explorado hasta entonces, le venía a la mente una enorme multitud de gente rodeada de deplorables tinieblas y sumergida en la superstición de dioses falsos y de crueles ritos. Pensaba, además, cuán miserable era vivir en una cultura salvaje y con bárbaras costumbres; desgracia aumentada, sobre todo, por la ignorancia que tenían de las cosas más altas, y del conocimiento del único y verdadero Dios. Movido por estas consideraciones, deseaba ante todo extender hacia el Occidente el cristianismo y los beneficios de la caridad cristiana. Prueba patente de ello es la historia de toda esta empresa.

Pues, ciertamente, cuando vio por primera vez a los Reyes de España, Fernando e Isabel, para que no dudaran tomar a su cargo esta gravosa empresa, les expuso con claridad el motivo: “que su gloria sería inmortal si se determinaban a llevar el nombre y la doctrina de Jesucristo a aquellas lejanas tierras”. Y cuando, poco después, se cumplieron sus deseos, atestiguó que “lo que pedía a Dios era que los Reyes, ayudados por la divina gracia, continuasen trasplantando el Evangelio a nuevas playas y litorales”.