Contracorriente

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Publicaciones de la categoría: P. Manuel Martínez Cano

Infalibilidad de la Iglesia

01 jueves Nov 2018

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Jesucristo entega las Llaves de la Iglesia a PedroEl poder de enseñar tal y como Jesucristo se lo dio a su Iglesia, lleva consigo el privilegio de la infalibilidad, que consiste en una asistencia especial del Espíritu Santo, en virtud de la cual la Iglesia no puede engañarse ni engañar cuando enseña cosas de fe y costumbres.

La infalibilidad de la Iglesia, se desprende de los textos evangélicos en los que Jesús encarga a los Apóstoles su misión divina: «Id… Enseñad. Bautizad. El que no creyere, se condenará». Si la Iglesia pudiera equivocarse en sus enseñanzas religioso-morales, Jesús no nos obligaría a creer en la Iglesia bajo pena de condenación.

La Iglesia no puede equivocarse nunca en cuestiones de fe y costumbres porque el Señor prometió que estaría con sus Apóstoles hasta el fin de los tiempos y que les enviaría el Espíritu Santo para que les enseñase todas las cosas: «El Paráclito… El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre os lo enseñará todo y os recordará todo lo que Yo os he dicho» (Jn. 14, 26). «El Espíritu de la Verdad os guiará hasta la verdad completa» (Jn. 16, 13).

Cuando la Iglesia enseña las verdades reveladas por Dios debemos creerlas con asentimiento interno y sin reservas. De no ser así, rechazamos al mismo Dios: «El que os escucha a vosotros a mí me escucha; y el que os rechaza, a mí me rechaza; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc. 10, 16).

La Iglesia es infalible, no sólo al enseñar la verdad revelada por Dios, sino también al enseñar y precisar verdades o hechos íntimamente relacionados con la revelación divina.

La infalibilidad de la Iglesia radica en el Episcopado (los obispos con el Papa a la cabeza de ellos) y en el Papa por sí solo.

«Enseñamos y definimos ser dogma revelado por Dios que el Romano Pontífice, cuando habla «ex-cátedra», esto es, cuando, cumpliendo con su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y las costumbres debe ser aceptada por la Iglesia universal, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona de San Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la doctrina sobre la fe y las costumbres y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia» (Concilio Vaticano I). «El Concilio Vaticano II ha recordado la misma doctrina del Vaticano I. 

Pío XII, en la Encíclica “Mystici Corporis”, dice: “Este sagrado magisterio ha de ser para todo teólogo en materias de fe y costumbres la norma próxima y universal de la verdad, como quiera que a él encomendó Cristo Señor el depósito entero de la fe, es decir, la Sagrada Escritura y la Tradición divina para custodiarlo, defenderlo o interpretarlo” (D 2313)… “Justamente con estas fuentes Dios dio a su Iglesia el magisterio vivo, aun para ilustrar y declarar lo que en el depósito de la fe se contiene sólo oscura e implícitamente. El divino Redentor no encomendó la auténtica interpretación de ese depósito a cada uno de los fieles ni a los mismos teólogos, sino sólo al magisterio de la Iglesia” (D 2314).

El Concilio Vaticano II enseña que «no podrán salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia Católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, desdeñaran entrar o no quisieran pertenecer a ella» (Constitución dogmática, Lumen Gentium, 4º 14).

¡Viva el beato Tiburcio Arnaiz S.J.!

25 jueves Oct 2018

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Beato P. Tiburcio Arnaiz S.J.¡Viva el beato Tiburcio Arnaiz Muñoz S.J.! ¡Vivan las Misioneras de las Doctrinas Rurales! ¡Viva la Iglesia Católica! ¡Viva Málaga Cristiana! ¡Viva España Católica!

Participamos en los actos de beatificación del Padre Arnaiz, con inmensa alegría. La Liturgia de la Iglesia es insuperable. Un reflejo de la liturgia celestial. La hora Santa de la Vigilia, sencillamente extraordinaria. Varias personas dieron testimonio de gracias recibidas por intercesión del nuevo beato. Uno de ellos, un auténtico milagro, que puede ser presentado para la canonización del Padre de los pobres y abandonados, del Padre Tiburcio, fidelísimo a la Tradición de la Iglesia.

Cosas que ocurrieron: «Padre, mi madre tenía mucha devoción al Padre Tiburcio y yo también. En mi juventud me desvíe del camino, soy homosexual y quiero confesarme». Amén. Muchísimas confesiones

Antes de la hora Santa, paso por el pasillo central del templo del Sagrado Corazón de Jesús; un niño está en un cochecito. Paso, le miro sonriendo y aquella carita de pan redonda y resplandeciente como el sol sonreía, sonreía y no paraba de sonreír. Nos conocíamos de toda la vida. Su madre, me enseña su mano, con los dedos bien separados. El bebé tiene cinco meses y son holandeses.

Muchas voluntarias y voluntarios para organizar los actos; diligentes, atentos, simpáticos. A una veinteañera le dije: En tus ojos se ve la pureza del Cielo. Y no suelo mentir.

Comimos en el Seminario en un clima familiar monástico, anchura de corazón, alegría desbordante, familiaridad cristiana. Ancianos, jóvenes y niños gozábamos como beatos.

Volvimos a casa y nos encontramos con una manifestación silenciosa. Hombres y mujeres, más jóvenes, vestidos de negro y con un esparadrapo en la boca. Campaña contra la trata de personas que genera más de 126 mil millones de euros al año, como reseña la hoja que me entregó una joven manifestante sin esparadrapo: «Nueve de cada diez mujeres que ejercen la prostitución están bajo el control de redes criminales» (TIP Report). La chica me preguntó: ¿sabe usted que Málaga es la segunda ciudad de Europa con más esclavitud sexual?

Por la noche me abordan una señora y su hija. Y hablamos. No era su madre, era su tía. Me preguntan y pregunto a la joven ¿cuántos años tienes? veinte, responde; su tía le corrige: aún no los ha cumplido y seguimos hablando. Padre soy de la comunión diaria y hago Ejercicios Espirituales cada año ¡Sorpresa! Yo también hago los Ejercicios de San Ignacio cada año en la misma Casa de Espiritualidad que esta joven. A su tía le dije: Lo más hermoso que ha hecho Dios en la tierra son los ojos de las adolescentes. Mira a su sobrina y dice: Sí.

La Santa Misa de la beatificación del Padre de los pobres y los campesinos de los cortijos, fue un Cielo en la tierra. Inenarrable ¡Que fervor! ¡Que devoción! ¡Que alabanzas! ¡Que solemnidad! en el Cielo vamos a reventar de felicidad.

Al día siguiente, delante de la catedral, hablaba con una chica y una y un chico que se han hecho novios por medio de Internet. Ella vive al otro lado de la Hispanidad, él en Málaga. Y ya hemos firmado el contrato. Celebraré la Santa Misa, el día que se casen, si Dios quiere, claro está.

La Santa Misa, de Acción de Gracias, de la beatificación, tampoco se puede explicar bien ¡Dios es grande! ¡La Virgen María es su Madre!

Me dijeron que el cardenal que presidía el Santo Sacrificio del altar, dijo: Que nunca había visto tantos niños en Misa sin moverse y, sobre todo, que participaban con mucha devoción. Eran familiares de varias Misioneras Rurales. Bastantes de ellas alumnos (y Adoradores Nocturnos) del colegio Corazón Inmaculada de María, fundado por el Padre José María Alba Cereceda S.J. del cual han salido varias vocaciones, entre ellas dos Misioneras Rurales. Y otras dos de las Colonias y Campamentos del P. Alba.

En varias ocasiones, sonó y se cantó el himno del Padre Arnaiz: «Buscad no vuestros interés sino los de Jesucristo». ¡Emocionante!

«Para seguir a Cristo, hay que dar la espalda a mundo».

«¡Que vida más feliz es esta cuando se vive en Jesús y para Jesús! no me cansaré de ponderar a las almas los bienes que pierden cuando piensan, quieren, recuerdan, hallan , o buscan otra cosa que a Jesús»

Padre Arnaiz

 

 

 

Una sociedad podrida

18 jueves Oct 2018

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Mons. D. José Guerra CamposUn buen amigo, me ha dicho que las personas que llamaban a una emisora de radio pedían la pena de muerte para los terroristas. La locutora contestaba que la pena de muerte es ilícita. No y mil veces no. Por derecho natural y siempre que lo requiera el bien común, la autoridad pública puede aplicar lícita y justamente la pena de muerte a los malhechores culpables de gravísimos crímenes. La autoridad pública ha de garantizar el bien común, el orden y la paz, aunque sea aplicando una pena tan grave como la pena de muerte.

Hay criminales que sólo retroceden ante la perspectiva y temor de la pena de muerte. El Catecismo de la Iglesia Católica, dice: «la enseñanza tradicional de la Iglesia, no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte». Y el único teólogo recomendado por el Concilio Vaticano II, Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, enseña que: «Es lícito matar al malhechor en cuanto se ordena a la salud de toda la sociedad».

Pena de muerte que puede «decretar el que tiene la autoridad pública y jamás las personas particulares». En la Sagrada Escritura aparecen muchos casos de pena de muerte para los malhechores: «El que hiera mortalmente a otro será castigado con la muerte» (Éxodo 21, 12).

La pena de muerte para los malhechores es lícita y justa. Lo que jamás será lícito es la pena de muerte para los inocentes: «Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente» (San Juan Pablo II). Y «el aborto es una pena de muerte inhumana practicada con premeditación y alevosía» (Real Academia de Doctores). «El aborto es un crimen abominable» (Concilio Vaticano II). No nos engañemos, no seamos hipócritas, no seamos cobardes y traidores: «se ha dicho con razón que el aborto es peor que el terrorismo» (Obispo José Guerra Campos). Cuarenta millones de niños asesinados cada año en el vientre de sus madres en el llamado Occidente cristiano claman justicia al Cielo.

No nos engañemos. La democracia agnóstica, materialista y salvaje seguirá devorando la sangre de millones de niños en los próximos años en todo el mundo. En España también. Es la ley de la selva, la corrupción de las mentes y de los corazones: «Una sociedad como he dicho muchas veces -y nadie me cerrará la boca para repetirlo otras tantas- que rechaza el terrorismo y reclama el derecho de matar a los niños inocentes, es una sociedad podrida. ¡Jamás cerraré mi boca ante una sociedad que rechaza el terrorismo y reclama el derecho de matar niños!» (Don Guerra Campos). No, queridos lectores, no y mil veces no. No se puede votar a partidos abortistas, ni a los que mantienen la ley del aborto gobernando la nación con mayoría absoluta. «No seguirás en el mal a la mayoría» (Éxodo 23, 21). Yo no voto.

En plena batalla por la legalización del aborto en España, el santo, sabio y valiente obispo de Cuenca, don José Guerra Campos, afirmó rotundamente: «Los católicos que en cargo público con leyes o actos de gobierno, promueven o facilitan -y en todo caso protegen jurídicamente- la comisión del crimen del aborto, no podrán escapar a la calificación moral de pecadores públicos. Los son manifiestamente y como tales habrán de ser tratados, mientras no reparen el gravísimo escándalo según sus facultades». Nuestra Santa Madre Iglesia niega a los pecadores públicos la recepción de los sacramentos. Los católicos deben negar el voto a los pecadores públicos.

Oremos y combatamos valientemente los nobles combates de la fe. Con nosotros está Santa María, la Inmaculada patrona de España.

“¡Despierta, España; resucita, España! Vuelve a tus raíces cristianas, a tu sin par historia en defensa de la fe y la Ley de Cristo” (San Juan Pablo II).

¡Qué gran pueblo, si hubiera buen Señor! ¡Si hubiera políticos auténticamente católicos! La España Imperial es la solución histórica-política para convertir al mundo.

Orígenes de la Iglesia

11 jueves Oct 2018

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Cátedra de San Pedro - 1Sabemos que la única iglesia fundada por nuestro Señor Jesucristo es la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. La Iglesia Católica es el lugar del encuentro de los hombres con Dios; proyecto visible del amor de Dios a la humanidad; el Cuerpo Místico de Cristo. Su Ley es el nuevo mandamiento de Jesús amaros los unos a los otros como Yo os amo; su misión es ser la sal y luz del mundo para salvación eterna del género humano.

En la Iglesia se realiza la unión de los hombres con Dios por medio de la virtud de la caridad… La Revelación divina expresa clarísimamente la voluntad de Dios de formarse un pueblo que le ame, le sirva y le rinda culto; este pueblo, en el Antiguo Testamento, es Israel; en el Nuevo Testamento es la Iglesia, fundada por Nuestro Señor Jesucristo.

La Sagrada Escritura, la Tradición divina y la Iglesia Católica están tan estrechamente unidas que no puede existir una sin las otras dos.

La Iglesia fundada por Jesucristo es una sociedad religiosa formada por obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y seglares, bajo la autoridad soberana del Papa.

La unión moral de la Iglesia de Cristo está fundada en la profesión de la misma fe y moral, en la participación en los mismos ritos sagrados y sacramentos y, sobre todo, en la obediencia a la misma autoridad jerárquica, el Papa.

La Iglesia Católica, por su fundador, por su Espíritu, por su organización y por sus elementos constitutivos es una sociedad esencial y principalmente divina.

La Iglesia Católica, por sus miembros, que somos todos los bautizados, es una sociedad humana.

Dios habló a su pueblo. Con la elección de Abraham, aparece clara la intención de Dios de fundar un pueblo que será el depositario de sus grandes promesas y con el que establecerá una alianza perpetua. De la descendencia de Abraham saldrá Aquél (Jesús) en quien serán benditas todas las generaciones.

El Pueblo de Dios se organizó en una unidad jurídica y espiritual bajo la dirección de Moisés, con quién se establece el pacto de la Alianza entre Dios y su pueblo. Moisés recibió la palabra del Señor y su Ley en el monte Sinaí.

Con el rey David el Pueblo de Dios se constituyó en reino, un reino en el cual el trono de David no tendrá fin.

Los profetas anunciaron que el Pueblo de Dios había de ser universal, único, espiritual, temporal y eterno; en el que el Mesías prometido sería sacerdote, maestro y rey.

El Mesías prometido (Nuestro Señor Jesucristo) reunió y preparó numerosos discípulos de los que eligió doce para que fueran sus Apóstoles y fundamento de su Iglesia como nuevo Pueblo de Dios. Los hizo representantes suyos y les dio autoridad jerárquica en su Iglesia.

Jesús confió a los apóstoles la revelación divina y la predicación de su doctrina y les encomendó la administración de los sacramentos.

De entre los doce Apóstoles, Jesús eligió a San Pedro como cabeza y jefe de todos ellos, le hizo Vicario suyo y Pastor supremo de toda la Iglesia.

Fundada y organizada la Iglesia como nuevo Pueblo de Dios, fue solemnemente inaugurada en Jerusalén el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo vino de manera extraordinaria sobre los Apóstoles, como leemos en los Hechos de los Apóstoles.

Para poder llevar a cabo su misión divina, Jesús, entregó a su Iglesia tres poderes: enseñar, santificar y gobernar. Estos poderes fueron ejercidos por los Apóstoles y sus sucesores desde el origen de la Iglesia.

La misión de enseñar la entregó Jesús a su Iglesia para protegerla de las desviaciones y garantizarle la seguridad de profesar sin error la auténtica fe. El Magisterio de la Iglesia vela para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad divina y eterna.

La Iglesia ejerce la misión de enseñar por medio de su Magisterio ordinario y extraordinario.

La Iglesia santifica a sus fieles con la oración y el culto litúrgico, la administración de los sacramentos, la dirección espiritual, etc…

La Iglesia gobierna a sus fieles por medio de los obispos, párrocos y vicarios en sus diócesis, bajo la autoridad suprema del Papa.

 

La verdadera Iglesia

04 jueves Oct 2018

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Vaticano - 2Nuestro Señor Jesucristo fundó su Iglesia sobre la roca inconmovible de Pedro. A él le dio la suprema autoridad y el don de la infalibilidad; y a él le prometió que la Iglesia permanecería hasta el fin del mundo. La verdadera Iglesia de Cristo será, pues, aquella en la que se encuentren todos los legítimos sucesores de San Pedro.

Sólo en la Iglesia Católica se da la sucesión histórica de los sucesores de San Pedro como obispos de Roma. Desde San Pedro hasta el Santo Padre Francisco en nuestros días, los católicos conservamos una serie ininterrumpida de 264 Papas, Vicarios de Cristo en la tierra.

El que quiera pertenecer a la Iglesia que fundó Cristo en Pedro, tiene que estar hoy en la Iglesia Católica.

San Ambrosio, refiriéndose al Sumo Pontífice, decía: «Él es Pedro, a quien Cristo dijo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Donde está Pedro, allí está la verdadera Iglesia de Cristo». Ubi Petrus, ibi Eclesia».

Cristo fundó su Iglesia con unas notas o características propias: unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad.

Jesucristo fundó una sola Iglesia. A San Pedro le dijo: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt.16-18) No dice el Señor «mis iglesias», ni «mil iglesias», sino mi Iglesia, en singular.

La voluntad de Jesús fue formar un solo rebaño bajo un solo pastor: «No ruego sólo por estos, sino por cuantos crean en Mí por su palabra, para que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti».

La Iglesia fundada por Cristo es santa. Así la presenta San Pablo en su carta a los Efesios: «Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable» (Ef. 5, 25-27).

La Iglesia fundada por Cristo es universal, católica, Cristo fundó su Iglesia para todos los hombres y pueblos de la tierra, convencido de que perduraría hasta el fin del mundo: «Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación del mundo» (Mt 28, 19-20).

La Iglesia fundada por Cristo es apostólica. Jesús fundó su Iglesia sobre el Colegio Apostólico y, a los Apóstoles y a sus sucesores, les encomendó la extensión y perpetuidad de la misma Iglesia.

La Iglesia que reúna hoy estas cuatro notas, es la Iglesia fundada por Cristo.

La Iglesia Católica es la única que tiene las cuatro notas o características propias con las que Cristo instituyó su Iglesia.

La Iglesia Católica es una en su doctrina, en su gobierno y en sus sacramentos. Unidad de doctrina, creída unánimemente por más de mil millones de católicos de todas las razas, culturas y lenguas. Unidad de gobierno, con el Sumo Pontífice como Pastor Supremo de la Iglesia.

«Los hermanos separados, sin embargo, ya particularmente, ya con sus comunidades y sus iglesias, no gozan de aquella unidad que Cristo quiso dar a los que regeneró y convivificó para un sólo cuerpo y una vida nueva y que la Sagrada Escritura y la venerable tradición de la Iglesia confiesan» (Vaticano II, Decreto sobre el Ecumenismo, nº 3).

La Iglesia Católica es santa en su origen, en su fin, en sus medios y en sus frutos. Santa en su origen, por su fundador Nuestro Señor Jesucristo; santa en su fin, la gloria de Dios y la santificación de las almas; santa en sus medios: la Liturgia, el Santo Sacrificio de la Misa, los dones del Espíritu Santo, los sacramentos; santa en sus frutos, porque la Iglesia ha dado al mundo innumerables mártires y santos que han poblado las moradas celestiales; santa, en la Santísima Virgen María.

La Iglesia Católica es universal por su difusión en todo el mundo. Nuestra religión es practicada por gentes de todas las razas y nacionalidades. Por su presencia activa y por su extensión efectiva en todo el mundo, la Iglesia Católica cumple con esta señal o nota de la verdadera Iglesia de Cristo.

Entre herejes, cismáticos y protestantes, cuando hablan de nuestra Iglesia la llaman Iglesia Católica, pues no pueden darse a entender sino la distinguen con este nombre con el que es conocida en todo el mundo.

La Iglesia Católica es apostólica porque procede directamente de los Apóstoles de Jesucristo, a los cuales han sucedido continuamente los Obispos católicos y los Sumos Pontífices de Roma. Basta comprobar la sucesión apostólica de la Iglesia de Roma, porque el obispo de Roma es cabeza de toda la Iglesia.

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"No seguirás en el mal a la mayoría." Éxodo 23, 2.

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