Papa Francisco
La Primera Lectura del Libro del profeta Isaías (Is 40, 1-11) es una invitación al consuelo: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios”, porque “está pagado su crimen». Se trata, pues, del consuelo de la salvación, de la buena noticia de que hemos sido salvados. Cristo Resucitado, en aquellos cuarenta días, con sus discípulos hace precisamente eso: consolar. Pero nosotros no queremos correr riesgos y ponemos resistencia al consuelo como si estuviésemos más seguros en las aguas turbulentas de los problemas. Apostamos por la desolación, por los problemas, por la derrota, mientras que el Señor trabaja con tanta fuerza pero encuentra resistencia. Hasta se ve con los discípulos la mañana de Pascua: «pues yo quiero tocar y asegurarme bien». Eso porque se tiene miedo de otra derrota.
Cardenal Robert Sarah
Nos gustaría fabricar un sacerdocio de acuerdo a nuestra dimensión humana, pero sin perpetuar, sin extender el sacerdocio de Cristo, obediente, pobre y casto. De hecho, el sacerdote no es sólo un “alter Christus”, sino que es verdaderamente “ipse Christus”, ¡él es Cristo mismo! Y es por eso que, siguiendo a Cristo y la Iglesia, ¡el sacerdote siempre será un signo de contradicción! A ustedes, queridos cristianos, laicos comprometidos con la vida de la ciudad, quiero decir con fuerza: “¡No tengan miedo! ¡No tenga miedo de traer la luz de Cristo a este mundo!”.
Obispo Francisco Pérez González
“Vivamos decentemente, como a la luz del día, no en orgías y borracheras, ni en inmoralidad sexual y libertinaje, ni en disensiones y envidias. Más bien, revistámonos del Señor Jesucristo, y no nos preocupemos por satisfacer los deseos de la naturaleza pecaminosa”. (Rom 13, 13-14).
Obispo Felipe Arizmendi Esquivel
Nuestro país ha ido experimentando un crecimiento y un estado de bienestar en campos como la salud, el trabajo, la educación, la infraestructura de bienes y servicios, y un importante número de personas disfrutan ya de ellos. Consideramos por otro lado, que hay un empobrecimiento de un importante número de familias y que a través de muchos años no hemos podido avanzar lo suficiente en el combate de este azote que consume la vida de innumerables personas, que pasan hambre, frío, enfermedades y que no encuentran la oportunidad para salir de un estado de pobreza que se hereda por generaciones. Nuestro país está catalogado como uno de los campeones de la del mundo y, junto a ellos, un gran número de personas en la indigencia. Esta situación nos duele y nos escandaliza, ya que somos hermanos que vivimos en un país con tantos recursos.
Obispo Demetrio Fernández
En nuestra sociedad muchos no han alcanzado esa relación con Dios, que llena el corazón de entusiasmo. El entusiasmo no es otra cosa que estar lleno de Dios. Y otros muchos han aflojado o incluso han roto esa relación con Dios. Rota la relación con Dios, el hombre queda en la más absoluta soledad existencial. Dios tiene que descerrajar la ventana o la puerta de ese corazón para poder entrar.
Obispo Juan Antonio Reig Pla
Como enseña el Concilio Vaticano II “es preciso que los padres, cuya primera e intransferible obligación y derecho es el de educar a los hijos, tengan absoluta libertad en la elección de las escuelas. El poder público, a quien pertenece proteger y defender la libertad de los ciudadanos, atendiendo a la justicia distributiva, debe procurar distribuir las ayudas públicas de forma que los padres puedan escoger con libertad absoluta, según su propia conciencia, las escuelas para sus hijos” (Concilio Vaticano II, Gravissimum educationis, 6).
San PÍO X
Pascendi Dominici Gregis (82)
Sin embargo, quien los oiga hablar de sus trabajos sobre los Libros Sagrados, en los que es dado descubrir tantas incongruencias, creería que casi ningún hombre antes de ellos los ha hojeado, y que ni una muchedumbre casi infinita de doctores, muy superiores a ellos en ingenio, erudición y santidad de vida, los ha escudriñado en todos sus sentidos.
San José era además un hombre concreto, pero con el corazón abierto, el hombre de los sueños, no un soñador. El sueño es un lugar privilegiado para buscar la verdad, porque ahí no nos defendemos de la verdad. Vienen, y… Dios también habla en sueños. No siempre, porque habitualmente es nuestro inconsciente el que actúa, pero Dios a veces elige hablar en sueños. Lo hizo muchas veces, como se ve en la Biblia. En sueños. José era el hombre de los sueños, pero no era un soñador. No era un fantasioso. Un soñador es otra cosa: es el que cree… va… está en las nubes, y no tiene los pies en la tierra. José tenía los pies en la tierra. Pero estaba abierto.
Ayudar a crecer, a desarrollarse. Y buscó un lugar para que el hijo naciese; lo cuidó; lo ayudó a crecer; le enseñó el oficio; muchas cosas… En silencio. Nunca se apropió del hijo; lo dejó crecer en silencio «Dejar crecer»: sería la palabra que nos podría ayudar mucho a nosotros que por naturaleza siempre queremos meter la nariz en todo, sobre todo en la vida ajena. «¿Y por qué hace eso? ¿Por qué lo otro…?». Y empezamos a murmurar, a decir… Pero él deja crecer. Protege. Ayuda, pero en silencio. Una actitud sabia que tienen tantos padres: la capacidad de esperar, sin gritar enseguida, incluso ante un error. Es fundamental saber esperar, antes de decir la palabra capaz de hacer crecer. Esperar en silencio, como hace Dios con sus hijos, con los que tiene tanta paciencia.
Podríamos resumir el Evangelio de hoy (Mt 1, 18-24) diciendo que José es el hombre que sabe acompañar en silencio y el hombre de los sueños. En las Sagradas Escrituras conocemos a José como un «hombre justo», observante de la ley, trabajador, humilde, enamorado de María. En un primer momento, ante lo incomprensible, prefiere quedarse aparte, pero luego Dios le revela su misión. Y así José abraza su tarea, su papel, y acompaña el crecimiento del Hijo de Dios en silencio, sin juzgar, sin criticar, sin murmurar.
«Un Jesús que está de acuerdo con todos y con todo, un Jesús sin su santa ira, sin la dureza de la verdad y del verdadero amor no es el Jesús real que nos muestran las Escrituras, sino una miserable caricatura. Una concepción de los evangelios en la que la seriedad de la ira de Dios está ausente no tiene nada que ver con el Evangelio”.