mensaje (2)Obra Cultural

Es mala cosa cerrarse. Desconfiar de todo lo ajeno. Pero no lo es menos desconocer lo propio, lo que a nuestro alrededor tiene valores innegables. Hemos de abrir las ventanas para adivinar y perfilar nuestro pensamiento. Pero sería algo provinciano y complejo de inferioridad no tener en cuenta lo que se cotiza por sí mismo.

Junto a los pensadores importantes de muchas naciones, destaca la figura del filósofo Jaime Balmes. Nació en Vich, en 1810, y murió en 1848. Con 38 años dejó una obra realmente asombrosa. Era un hombre que tenía la honradez de buscar las últimas razones con todas las consecuencias. Había dicho: «iQué desgracia para mí si llegara a engañar!» Intervino en los grandes acontecimientos de su tiempo. Iluminó los problemas más candentes de su época. Filósofo, apologeta, escritor político, sociólogo. En su tiempo, había sacudidas en España y en otras naciones. Balmes podía exclamar: «Tengo la satisfacción de una conciencia tranquila. No he hecho derramar ni una gota de sangre».

Fundamentalmente queremos señalar tres obras importantes de Balmes: «El criterio», «Cartas a un escéptico» y «El protestantismo comparado con el catolicismo». «El criterio» es un tratado clarividente de filosofía al alcance de todos. Hay tanta lógica en todos los capítulos, que el que lo utiliza, por fuerza, logra el arte de pensar bien. No es una novela, no es un pasatiempo, pero es una lectura para personas que quieran ser inteligentes de verdad.

Cartas a un escéptico» son las respuestas de Balmes a alguien que tenía dudas, que padecía una crisis religiosa. Balmes, ni duro ni claudicante, expone la solución a las dificultades del amigo torturado. Como que los problemas del corazón humano tienen mucha similitud, hoy «Cartas a un escéptico» permanece como un epistolario digno de ser conocido. Si las angustias son antiguas, las luces son más fuertes. Mucha problemática religiosa de nuestros días, queda solventada por .Cartas a un escéptico».

El protestantismo comparado con el catolicismo» es la obra magna de Jaime Balmes, dejando aparte sus tratados filosóficos que recomendamos a los que están interesados en estas disciplinas. Balmes, que es conocido y está traducido a los principales idiomas, tiene presencia en todas partes. En la revista belga «Construire», en el mes de octubre de 1948, se insertaba este escrito de un protestante intelectual, que estudió a nuestro Jaime Balmes. Dice así:

«Hubo un tiempo en el que, contrapesando la masa de verdades que del lado del catolicismo me atraían, precisamente cuan do se estaban eclipsando en mi espíritu, permanecí en el protestantismo, haciendo equilibrios sobre su borde. Pero el cielo, como si estuviera cansado de esperar, al punto me envió a Jaime Balmes, con su obra El protestantismo comparado con el catolicismo. Si he de decir verdad, el socorro excedía al peligro, y un menor atleta hubiera sido suficiente. Ni siquiera hubo combate; apena$ atacado el protestantismo fue derrotado. Decididamente, aun cuando así lo hubiera deseado, no podía yo permanecer por más tiempo fiel a una doctrina que por poco que se la examine, no ofrece más que contradicciones y absurdos; doctrina, además, fraccionada hasta lo infinito, y que no tiene unidad más que por lo que niega, reduciéndose así a una pura negación. Y ni la solución tenía yo siquiera de recusar el gran testimonio que la echaba por tierra. Multitud de recuerdos me llevaban a asentir con él; eran cien reflexiones hechas y olvida das al punto, sin un principio al cual referirlas, cien detalles aparentemente insignificantes y como tales olvidados, que ahora me venían a la memoria, y, corroborando la demostración del escritor español, llevaban a mi espíritu la convicción en el supremo grado en que se transforma en pura luz. Luz, luz, ésta es la palabra que me salía a cada momento mientras leía este libro. No sólo disipaba las sombras que todavía cubrían la verdadera faz del protestantismo a mis ojos, sino que aclaraba una infinidad de otros objetos; abría en cierto modo la jaula de mi entendimiento en un día radiante, cuya luz penetraba en él a raudales. ¡La verdad, la verdad, objeto de tantos suspiros, de tantos votos de una búsqueda tan penosa y larga; la verdad, ese supremo bien, del cual dependen todos los otros; la verdad sin la cual yo ya no podía pensar más, ya no podía luchar más, ya no podía! vivir más; sí; era ella; la conocía! ¡Oh, alegría; oh, embriaguez: del espíritu; oh, plenitud que por momentos me obligaba a interrumpir la lectura, y, con la cabeza entre las manos, dar un respiro a mi entendimiento! No os podéis imaginar, vosotros que siempre habéis sido católicos, qué es la verdad para aquellos que han vivido privados de ella; por muy privilegiados que seáis, hay una manera de felicidad que no conoceréis nunca. ¡Felices tinieblas! ¡Tentado estoy de prorrumpir con San Agustín: Félix culpa!»

Balmes es un filósofo de verdad. Es un infantilismo haber leído filósofos de renombre, comercializados por la propaganda, y desconocer a Jaime Balmes. Un filósofo no es el que dice palabras musicales más estrambóticas, sino el que nos adentra en la convicción de la verdad, conquistada por la evidencia y nuestra propia razón. Balmes, es de éstos. Él escribía: «No me lisonjeo de fundar en filosofía, pero me propongo examinar sus cuestiones fundamentales». Él mismo añadía: «La Filosofía Fundamental no es copia ni imitación de ninguna filosofía extranjera; no es ni alemana, ni francesa, ni escocesa: su autor ha querido contribuir por su parte a que tengamos también una filosofía española… Me ha impulsado a publicarla el deseo de contribuir a que los estudios filosóficos adquieran en España mayor amplitud de la que tienen en la actualidad, y de prevenir, en cuanto alcancen mis débiles fuerzas, un grave peligro que nos amenaza: el introducírsenos una filosofía plagada de errores trascendentales… Tamaña calamidad sólo puede precaverse con estudios sólidos y bien dirigidos: en nuestra época el mal no se contiene con la sola represión, es necesario ahogarle con la abundancia de bien».

Los medios de comunicación social, los estudios medios, universitarios y técnicos, plantean continuamente interrogantes. Se puede tener una preparación profesional aceptable, unos conocimientos técnicos adecuados, y carecer de una cultura filosófica y religiosa básica. Para los universitarios, para los hombres de carrera, y también para los administrativos y cuantos tengan interés y curiosidad para centrarse en lo más fundamental del pensamiento humano, Balmes se presenta con toda honestidad como un maestro, sencillo y claro, seguro y nuestro, que no falla. Sería en balde que nos enfrascáramos con autores de mentalidad brumosa, y dejáramos la luminosidad de Jaime Balmes. Claro que la cultura no se hace únicamente con un autor. Lo que decimos es que es una precaución y un seguro leer y tener a mano las obras indicadas y toda la bibliografía de Balmes.

Después, aunque tengamos que surcar por otros mares, siempre tendremos la carta de navegar y las señales indicadoras de dónde está el puerto.

Es una falta de ética cultural, de información filosófica, de ligereza pedrestre, desdeñar a Balmes. No se trata de conocer simplemente su existencia, ni de despreciarlo por haber nacido en el siglo XIX. Todavía hoy, Aristóteles, Platón, Séneca, tienen discípulos. Y su existencia se remonta en la lejanía de antes del cristianismo. Balmes es nuestro, de nuestros mismos días en cuanto a las discusiones que sufrimos actualmente. Y en sus raíces, Balmes nos ofrece un panorama formidable para argumentar, enjuiciar y determinar cuál debe ser nuestra postura. Seamos amigos de Jaime Balmes, filósofo genial, que en los pocos años que vivió dejó libros imperecederos. Muchos hombres que ahora tienen luchas interiores y agnosticismos tremendos, encontrarían caminos para su vida en este autodidacta, nacido en España, para ayudar en todos los tiempos a cuantos quieran ser sinceros en la búsqueda de lo más trascendente, entrañable y vital para el hombre: la verdad.

«MADRE INMACULADA, ¡QUÉ TRISTE SERÁ UNA VIDA QUE NO SE ROCE PARA NADA CONTIGO!», exclamaba el doctor Manuel González. Medio práctico para estar unido a la Virgen Santísima, es rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS. Rézalas. Jamás te arrepentirás de hacerlo.