palabraMaría

Tú amas la justicia y odias la impiedad. Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros. (Salmos 45, 8)

*

Yo a los que amo, los reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. (Apocalipsis 3, 19-20)

*

No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará. (Gálatas 6, 7)

*

Y como cooperadores suyos que somos, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Pues dice él: En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé. Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación. A nadie damos ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio. (2 Corintios 6, 1-3)

*

Entonces (Nehemías – el gobernador – y Esdras, el sacerdote escriba) (y los levitas que explicaban al pueblo) dijeron a todo el pueblo: “Este día está consagrado a Yahveh vuestro Dios; no estéis tristes ni lloréis”; pues todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley. Díjoles también: “Id y comed manjares grasos, bebed bebidas dulces y mandad su ración a quien no tiene nada preparado. Porque este día está consagrado a nuestro Señor. No estéis tristes: la alegría de Yahveh Dios es vuestra fortaleza”. (Nehemías 8, 9-10)

*

¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis! Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible. (1 Corintios 9, 24-25)

*

“El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel”. (San Mateo 13, 44)

Jesús ante Pilato

Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Y después de atarle, le llevaron y le entregaron al procurador Pilato. Entonces Judas, el que le entregó, viendo que había sido condenado, fue acosado por el remordimiento, y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “Pequé entregando sangre inocente”. Ellos dijeron: “A nosotros, ¿qué? Tú verás”. El tiró las monedas en el Santuario; después se retiró y fue y se ahorcó.

Los sumos sacerdotes recogieron las monedas y dijeron: “No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque son precio de sangre”.

Y después de deliberar, compraron con ellas el Campo del Alfarero como lugar de sepultura para los forasteros. Por esta razón ese campo se llamó “Campo de Sangre”, hasta hoy. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: “Y tomaron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue apreciado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del Alfarero, según lo que me ordenó el Señor”.

Jesús compareció ante el procurador, y el procurador le preguntó: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” Respondió Jesús: “Sí, tú lo dices”. Y, mientras los sumos sacerdotes y los ancianos le acusaban, no respondió nada. Entonces le dice Pilato: “¿No oyes de cuántas cosas te acusan?” Pero él a nada respondió, de suerte que el procurador estaba muy sorprendido.

Cada Fiesta, el procurador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que quisieran. Tenían a la sazón un preso famoso, llamado Barrabás. Y cuando ellos estaban reunidos, les dijo Pilato: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?”, pues sabía que le habían entregado por envidia.

Mientras él estaba sentado en el tribunal, le mandó a decir su mujer: «No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”.

Pero los sumos sacerdotes y los ancianos lograron persuadir a la gente que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Y cuando el procurador les dijo: “¿A cuál de los dos queréis que os suelte?”, respondieron: “¡A Barrabás!” Díceles Pilato: “Y ¿qué voy a hacer con Jesús, el llamado Cristo?” Y todos a una: “¡Sea crucificado!” – “Pero ¿qué mal ha hecho?”, preguntó Pilato. Mas ellos seguían gritando con más fuerza: “¡Sea crucificado!” Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la gente diciendo: “Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis”. Y todo el pueblo respondió: “¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” Entonces, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarle, se lo entregó para que fuera crucificado. (San Mateo 27, 1-26)