misericordiaSan Jacobo Licops

San Jacobo Licops, monje Norbertino, nació en Audenarde, en Bélgica, en 1538; se consagró a Dios desde su más tierna juventud en la Abadía Norbertina de Middelbourg en Holanda. “El Hermanito Jacobo” es el ídolo del Monasterio, “el niño mimado” del buen Dios. Middelbourg es para él un rinconcito del paraíso…

Mas estalla la persecución. El 22 de Agosto del año 1566, los iconoclastas irrumpen en la Abadía de Middelbourg, penetran en la iglesia abacial y se entregan al pillaje. Jacobo queda aterrorizado. Le asustan las amenazas. Capitula ante el enemigo. ¡Reniega de su Orden y de su Dios! Jacobo es un apóstata y pronto se enardece en el crimen, y consuma su caída haciéndose calvinista militante.

¡Pero el Corazón misericordioso de Jesús velaba por su monje traidor!

Pasan algunos meses… Los remordimientos pesan sobre el corazón de Jacobo. Es desdichado sobre toda ponderación. Piensa en su vida de otrora, cuando, a la sombra del santuario, se deslizaban sus días tan felizmente… “¡Me levantaré e iré a mi padre!” Entonces resuelta, pero humildemente, va a llamar a la puerta de su antigua y siempre querida morada. El pródigo recibe allí la más afectuosa acogida, y hay gran fiesta y regocijo en el Cielo y en la tierra para celebrar su regreso…

Es enviado por sus Superiores a Mariënward, donde se entrega a dura penitencia durante cinco años. ¡Mas pronto iba a sonar la hora de nuevos combates!

Ya el furor de los desalmados se había abatido sobre varios sacerdotes y religiosos. Gorcum será el lugar de su suplicio. ¿Tendrá esta vez Jacobo, el apóstata, el honor de conquistar la palma del martirio?

Jacobo es detenido, y con uno de sus Hermanos de religión – San Adrián – va a unirse con la falange de confesores de la fe. Esta nueva captura es una buena presa. Saben quién es. Los miserables recuerdan su apostasía del 22 de Agosto de 1566. “El monje de hoy, piensan, no valdrá más que el felón de ayer”. Ya se arreglarán para obligarle. Las amenazas y, si es preciso, las torturas, darán razón de su obstinación.

Pero ésos son los cálculos humanos. No contaban, los miserables, con la gracia de Dios y su misericordia inagotable.

El 9 de Julio de 1572, Gorcum iba a beber sangre de mártires. Sin embargo, en aquella troje húmeda, que se hizo súbitamente trágica y gloriosa, de los veintitrés, sólo ve colgados del techo diecinueve cuerpos, algunos de los cuales se debaten aún en los afanes de la agonía, en tanto que sobre sus cabezas, ya aureoladas por la gloria del triunfo, los ángeles colocan las coronas de los mártires… ¡Ah! ¡Es que cuatro de aquellos confesores han apostatado! Entre ellos un novicio franciscano de dieciocho años, que cae estruendosamente. Mas poco después, vencido por la gracia, hace penitencia, vuelve a la Orden y muere como ferviente religioso.

Jacobo ha visto el triunfo de sus hermanos y la caída de otros. Tiene prisa por lavar la injuria que éstos han hecho a Dios.

Los calvinistas habían acariciado, hasta el último momento, la esperanza de hacer de Jacobo un apóstata más. Inútil esfuerzo. ¡En esta ocasión, Jacobo alcanzará el honor de obtener la palma del martirio!

¡Mas allí no hay sitio! Aquellos mártires, como racimos abundantes de uva madura, se apretujan en la estrecha bóveda del oscuro granero. “Eso no es obstáculo. Necesito un lugar para mí”. Entonces la cuerda se desliza alrededor de su cuello de confesor, uno de los verdugos lo iza a uno de los más altos peldaños de la escalera, por donde inmediatamente los mártires suben al Cielo. Una orden y el cuerpo del confesor se eleva en el espacio, mientras su alma se lanza en brazos de su Dios…

¡De la misma manera que Pedro, conquistado por el amor misericordioso de su divino Maestro, Jacobo llega a ser mártir, después de haber sido un renegado!

Sube al Cielo por el camino más recto y va a perderse entre los inefables brazos de Aquél cuya sangre divina, poco ha hollaba ignominiosamente con sus pies; y después de su gloriosa muerte la Iglesia adorna su frente con la aureola de los Bienaventurados.