13351938-mapa-de-espana (2)Marcelino Menéndez y Pelayo Cultura Española, Madrid, 1941

Si la venida de Santiago a España no es de histórica evidencia, la de San Pablo descansa en fundamentos firmísimos, y es admitida aun por los que niegan o ponen en duda la primera. El Apóstol de las gentes, en el capítulo XV de su Epístola a los Romanos, promete visitarlos cuando se encamine a España. El texto está expreso… y adviértase que dice Spaniam y no Iberia, por lo que el texto no ha de entenderse en modo alguno de los iberos del Cáucaso. Fuera de que, para el Apóstol, que escribía en Corinto, no era Roma camino para la Geología, y sí para España. No cabe, por tanto, dudar que San Pablo pensó venir a España. Como las Actas de los Apóstoles no alcanzan más que a la “primera prisión del ciudadano de Tarso en Roma, no leemos en ellas noticias de tal viaje, ni de los demás que hizo en los ocho últimos años de su vida. De su predicación en España responden, como de cosa cierta y averiguada, San Clemente (discípulo de San Pablo), quien asegura que su maestro llevó la fe hasta el término o confín de Occidente, el canon de Muratori, tenido generalmente por documento del siglo II, San Hipólito, San Epifanio, San Juan Crisóstomo, San Jerónimo en dos o tres lugares, San Gregorio Magno, San Isidoro, y muchos más, todos en términos expresos y designando la Península por su nombre menos anfibológico…

Triste cosa es el silencio de la historia en lo que más interesa. De la predicación de San Pablo entre los españoles nada sabemos, aunque es tradición que el Apóstol desembarcó en Tarragona. Simeón Metaphrastes (autor de poca fe) y el Menologio griego, le atribuyen la conversión de Xantipa, mujer del prefecto Probo, y la de su hermana Polixena.

Algo y aun mucho debió de fructificar la santa palabra del antiguo Saulo, y así encontraron abierto el camino los siete varones apostólicos a quienes San Pedro envió a la Bética por los años de 64 o 65. Fueron sus nombres Torcuato, Ctesifon., Indalecio, Eufrasio, Cecilio, Hesichio y Secundo. La historia, que con tanta fruición recuerda insípidas genealogías y lamentables hechos de armas, apenas tiene una página para aquellos héroes que llevaron a término en el suelo español la metamorfosis más prodigiosa y santa. Imaginémonos aquella Bética de los tiempos de Nerón, henchida de colonias y de municipios, agricultora e industriosa, ardiente y novelera, arrullada por el canto de sus poetas, amonestada por la severa voz de sus filósofos; paremos mientes en aquella vida brillante y externa que en Córdoba y en Híspalis remedaba las escenas de Roma imperial, donde entonces daban la ley del gusto los hijos de la tierra turdetana, y nos formaremos un concepto algo parecido al de aquella Atenas, donde predicó San Pablo Podemos restaurar mentalmente el agora (aquí foro), donde acudía la multitud ansiosa de oír cosas nuevas, y atenta escuchaba la voz del sofista o del retórico griego, los embelecos o trapacerías del hechicero asirio o caldeo, los deslumbramientos y trampantojos del importador de cultos orientales. Y en medio de este concurso y de estas voces, oiríamos la de algunos de los nuevos espíritus generosos, a quienes Simón Barjona había confiado el alto empeño de anunciar la nueva ley al peritus iber de Horacio, a los compatriotas de Poncio Latrón, de Balbo y de Séneca, preparados quizá a recibirla por la luz que da la ciencia, duros y obstinados acaso, por el orgullo que la ciencia humana infunde, y por los vicios y flaquezas que nacen de la prosperidad y de la opulencia, ¿Qué lides hubieron de sostener los enviados del Señor? ¿En qué manera constituyeron a primitiva Iglesia? ¿Alcanzaron o no la palma del martirio? Poco sabemos fuera de la conversión puestísima y en masa del pueblo de Accí…

A Torcuato se atribuye la fundación de la iglesia Accitana (de Guadix), a Indalecio la de Urci, a Ctesifon la de Bergium (Verja), a Eufrasio la de Iliturgi (Andújar), a Cecilio la de Iliberis, a Hesichio la de Carteya, y a Segundo la de Ávila, única que está fuera de los límites de la Bética. En cuanto al resto de España, alto silencio. Braga tiene por su primer Obispo a San Pedro de Rates, supuesto discípulo de Santiago. Astigis (Écija), se gloría con levísimo fundamento, de haber sido visitada por San Pablo. Itálica repite el nombre de Geroncio, su mártir y Prelado. A Pamplona llega la luz del Evangelio del otro lado de los Pirineos con el presbítero Honesto y el Obispo de Tolosa Saturnino. Primer Obispo de Toledo llaman a San Eugenio, que padeció en las Galias, durante la persecución de Decio. Así esta tradición, como las de Pamplona, están en el aire, y por más de ocho siglos fueron ignoradas en España. De otras iglesias, como las de Zaragoza y Tortosa, puede afirmarse la antigüedad, pero no el tiempo ro el origen exactos. No importa: ellas darán muestra de sí, cuando arrecie el torbellino de las persecuciones…