IMG-20160220-WA0003(Continuación de la charla dada en casa Guadalupe.)

Los niños, son una bendición, despiertan nuestro amor y nos impulsan a las buenas obras. Tenemos el solemne deber, el privilegio preciado, y la sagrada oportunidad, de recibir con amor en nuestro hogar y nuestro corazón a los niños, que hacen nuestra vida mejor.

Enseñamos a nuestro  hijo a hablar. Sus ojos cada día brillan de un modo distinto, y pronto su mundo interior, su corazón, se nos abre no sólo con las miradas, las manos y la sonrisa, sino con esas primeras y temblorosas palabras que empieza a decir con la confianza de ser querido. Los padres que escuchan por vez primera “mamá”, “papá”, sienten un vuelco en su corazón.

También es un bien para los niños tener hermanos, para enseñarles a compartir y así ser generosos entre ellos, en ayudarse mutuamente, en cuidar de los hermanos más pequeños entre otras cosas… recuerdo uno de mis hijos, que al ver a su hermana que estaba en la incubadora, y después de un rato, no quería marcharse pues me decía “mamá, tengo que cuidar de mi hermana pequeña”. Esta responsabilidad es amor.

El Papa San Juan Pablo II nos decía. “¿No son precisamente los hijos quienes “examinan” continuamente a los padres? No sólo lo hacen con sus frecuentes ‘¿por qué?’, sino también con su rostro, unas veces sonriente y otras, velado por la tristeza. Es como si todo su modo de ser reflejara un interrogante, que se expresa de formas muy diversas, incluso con sus caprichos, y que podríamos traducir en preguntas como estas: “Mamá, papá, ¿me queréis? ¿Soy de verdad un don para vosotros? ¿Me acogéis por lo que soy? ¿Os esforzáis por buscar siempre mi verdadero bien?”. Estas preguntas las formulan más con la mirada que con las palabras, pero obligan a los padres a asumir su gran responsabilidad y, en cierto modo, para ellos son el eco de la voz de Dios.”

Para que os deis cuenta de que a los niños no se les escapa nada, os voy a explicar lo que me pasó en casa el otro día. En casa, los días de Santos o cumpleaños  lo celebramos en comer algo especial en la cena, pues es cuando estamos todos juntos, y para que todo esté perfecto, a veces pierdo la paciencia y me pongo a gritar, porque la mesa no está puesta o se han olvidado de alguna cosa y mi hija pequeña, Núria de ocho años, el otro día me dijo “mamá cuando hay fiesta en casa siempre te enfadas”. Como veis hasta de los hijos podemos aprender a actuar mejor.

Los padres conocemos a nuestros hijos mejor que nadie; somos los padres quienes los acariciamos, quienes los amamos, los besamos, los sentimos, hasta diría que algunos padres sentimos por ellos.

Nosotros, los padres, tenemos que intentar que nuestros hijos, siempre tengan una sonrisa en su cara. Educar a los hijos felices, les ayudará a contar con recursos para superar los problemas y disgustos que les sobrevengan más adelante.  Puede que los padres estemos tan centrados en ayudarles a comportarse correctamente, a adquirir buenos hábitos, que a veces nos olvidamos de la importancia de bromear y reír a carcajadas a su lado. En casa muchas veces después de comer, los niños le piden a su padre que les haga reír contando algún chiste, aunque el chiste que pueda contar ya lo hayan oído, le suplican que lo cuente otra vez. Después todos se animan a contar alguna cosa graciosa y nos reímos todos.

A pesar de todas las nuevas y modernas invenciones, estilos y tendencias, nadie ha inventado todavía, ni lo hará, un substituto satisfactorio de nuestra familia.

Yo me pregunto ¿Queremos tener hogares felices? Si es así, deben reinar en ellos la oración y la gratitud. Un hogar feliz es como un cielo en esta tierra. ¿Y cómo se consigue esto? ¿Cómo podemos ser felices en esta tierra donde siempre hay dificultades y problemas? Pues aceptando todas las cosas venidas de la mano del Señor, en primer lugar agradecer  la misma vida, como un don precioso de Dios, y después todo lo que nos viene dado, como es el regalo de los hijos.

Hay veces en que los niños vienen a este mundo con una dificultad física o mental. Por mucho que nos preguntemos, es imposible saber por qué o cómo ocurre esto. A los padres que reciben en sus brazos y en su vida a uno de estos hijos y le dedican esa medida extra de sacrificio y amor, sabemos que  Dios les dará su recompensa en el Cielo, y hasta en esta misma vida.

Yo creo que las familias, que hemos tenido niños especiales, pues Dios, a mi familia nos dio el regalo de nuestra pequeña Mª Lourdes con síndrome de Down, somos familias elegidas para ver el mundo de diferente manera, para ver el mundo a través de ellos, y valorar más las cosas que en realidad importan, para darnos cuenta de que la vida es un milagro y que debemos agradecer a Dios por darnos la oportunidad de vivirla, y vivirla con agradecimiento hacia esos hijos que solo te dan amor dentro del sufrimiento, y os aseguro que en mi familia el tiempo que nuestra hija estuvo con nosotros, nos hizo un bien muy grande. De ella aprendimos muchas cosas, pero la más importante fue la alegría que siempre resplandecía y brillaba en sus ojos. Y doy gracias a Dios por todo ello.

Mis queridos hermanos, debemos pedirles a Dios y nuestra madre, la Virgen de Guadalupe, que en esta casa  “casa Guadalupe” no falten nunca los niños, que la risa de los niños nos alegre el corazón; que la fe de los niños nos serene el alma; que el amor de los niños inspire nuestras acciones. Muchas gracias a todos.

 

Maria Lourdes Vila Morera