franco2Franco y la Iglesia Católica José Guerra Campos Obispo de Cuenca Separata de la obra “El legado de Franco”

Pío XI habló en septiembre de 1936 del esplendor de “verdaderos martirios, en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra”. Martirios por el odio a la Fe en los que infligían las muertes y por el testimonio de las víctimas.

Odio a la Fe. La Iglesia no se ha detenido nunca en inculpar a cada uno de los ejecutores. Por eso nada significan las supuestas o posibles convicciones que algunos se complacen en atribuirles, porque -dicen- la Iglesia se les presentaba como aliada de los enemigos del pueblo, e incluso creían “hacer obsequio a Dios”. Exactamente estos fueron los pretextos en la muerte de Cristo y en las de los mártires del Imperio Romano, cuando, aun reconociendo la inocencia personal, el simple nombre de cristiano se presentaba como un peligro para el Imperio. Pero lo decisivo en España fue que la persecución era movida por un plan antirreligioso y por el “odio” subjetivo de sus promotores y propagandistas, que azuzaban las pasiones con bulos cuya falsedad conocían (como había ocurrido en los casos de los “caramelos envenenados por los frailes”). Es imposible encasillar a los Mártires en el grupo de las represiones duras o de las venganzas personales que se dan en las guerras civiles; independientemente de cualquier comportamiento personal, había la intención universal de extirpar una “profesión”.

Martirios, por el testimonio que han dado los que murieron. La Iglesia ha quedado marcada por la admiración hacia los mártires de España: por su número enorme, por su confesión de Cristo (“Viva Cristo Rey”) con excepcional fidelidad (“de ninguno se sabe que claudicara en la hora del martirio”, según declaración episcopal) y por su mensaje de perdón. Actitud de perdón referida conscientemente al ejemplo de Cristo en la Cruz, lo que desautoriza la insinuación de que aquella Iglesia era más de Cristo Rey que de Cristo Crucificado. La desmiente igualmente la abundancia de personas que presentían el martirio y lo apreciaban como una gracia. Así los jóvenes de Acción Católica cantaban en su himno: “ser apóstol o mártir acaso, mis banderas me enseñan a ser”. Los Obispos invocaron en favor de los verdugos los méritos de los mártires, que morían perdonándolos. Los numerosísimos Procesos informativos enviados a Roma contienen un caudal inagotable de noticias fehacientes.