mensajeObra Cultural

Desde hace algunos años, la antigua pugna entre la ciencia y la religión ha ido desapareciendo paulatinamente» de forma que cada vez son más raros los casos del abandono de unas creencias por estimar que ellas son incompatibles con la ciencia. Poco a poco se han ido deslindando los campos y se ha llegado a reconocer la importancia que ambas pueden llegar a tener en el hombre. Jean E. Charon, físico francés de gran renombre, reconoce, ecuánime, que «la ciencia y la fe son ambas indispensables para el buen equilibrio psicológico del hombre. Un saber que se esfuerza por expulsar al creer, no es un buen saber… Nuestra época tiene, sin duda, la necesidad de reconciliar la ciencia y la fe, de intentar armonizar estos dos ejes en que se apoya la persona humana, y esto tenía que llegar: los últimas años han visto perfilarse los primeros contornos de una armonización entre la ciencia y la religión». Afirmaciones muy interesantes para un hombre que en sus obras se manifiesta más bien como un neutral, como un simple científico, sin complicaciones metafísicas ni creencias religiosas determinadas. Un científico y ere yente, especialista en neurofisiología, Paul Chauchard, destaca que la ciencia y la fe no se hallan en un mismo plano, pues, la primera explica los fenómenos que observa desde su terreno científico y la segunda desde la metafísica, en donde se halla situada, y que si bien los respectivos puntos de vista desde donde contemplan la realidad pueden ser muy diferentes, «como esa realidad es una, es imposible que ambas visiones no sean conciliables». Dietrich van Hildebrand, escritor católico, en un libro que ha tenido mucho éxito en Alemania y en los Estados Unidos, nos recuerda que el Concilio Vaticano II adoptó una nueva actitud respecto a la ciencia, pues en vez de reforzar los argumentos de la fe católica contra las interpretaciones antirreligiosas de los descubrimientos científicos, destacó vivamente el valor del progreso científico. Por esto representa «una gran tarea preservar la integridad de la verdad revelada, al mismo tiempo que se hace justicia a todos los descubrimientos genuinamente científicos. Nunca podrá haber contradicción entre la verdad revelada y la ciencia. No los des-cubrimientos científicos como tales, sino las erróneas interpretaciones filosóficas de los mismos pueden ser incompatibles con la verdad revelada». Por todo lo expuesto, cada vez el teólogo, el filósofo o el creyente sigue con más atención que nunca los sucesivos descubrimientos y las afirmaciones científicas a fin de poder deducir unas consecuencias con que fundamentar una actitud o unos razonamientos filosóficos.

Religión y ciencia se complementan

Algunos, incluso, han llegado más lejos y no tienen reparos en manifestar abiertamente que los últimos descubrimientos científicos se nos presentan como especialmente favorables para Ia actitud religiosa; en general, y para el cristianismo, en particular. Veamos el testimonio de dos físicos muy conocidos que, por cierto, no figuran entre las filas católicas.

Juan E. Charon, que muestra sus preferencias por una vaga y difusa «Religión Cósmica, que contendrá, dentro de su amplio marco y sin oponerlas todas nuestras religiones actuales», reconoce abiertamente que la idea de religión y la idea de Dios, en su confrontación con la ciencia moderna, si bien han salido un poco transformadas, «no han quedado por ello debilitadas, sino al contrario» y que «los resultados de la ciencia moderna, de modo muy curioso y espontáneo, vienen a afianzar en diferentes terrenos, la actitud religiosa».

Lo mismo viene a corroborar, de una manera bastante expresiva, el científico español Miguel Masriera, al decir, un poco humorísticamente, que «la física ha resultado ser como una chica a la que se hubiese educado como bailarina y se hubiese metido a monja». Porque si bien la ciencia, a fines del siglo pasado, parecía abocada «a un rabioso determinismo materialista», con el darwinismo y el monismo hegeliaño, los descubrimientos que se iniciaron a principios del siglo actual (Einstein, Heisenberg…), «la han llevado por vías completamente opuestas». Hoy día -afirma de una manera terminante-, la ciencia sirve en bandeja «los argumentos para las cosas básicas del cristianismo».

Valiosos testimonios

Por esto no es de extrañar que los más representativos hombres de ciencia de nuestros días hayan expuesto, de una manera clara y terminante, su creencia en la existencia de Dios. He aquí un pequeño resumen de estos testimonios:

Decía Marconi (1874-1937), el inventor de la telegrafía sin hilos y Premio Nobel de 1909: «Lo declaro con orgullo: soy creyente. Creo en el poder de la oración, y creo no sólo como católico, sino también como científico».

Roberto Millikan (1868-1953), físico norteamericano perteneciente al Instituto de Tecnología de California y Premio Nobel de 1923, en un libro publicado en 1930 («La ciencia y la nueva civilización»), después de recoger muchos descubrimientos de la ciencia en nuestros tiempos, escribe de esta manera: «Después de esto, ¿habrá alguien que hable aún del materialismo de la ciencia? Más bien, el científico se une al Salmista de hace miles de años para proclamar con reverencia que LOS CIELOS DECLARAN LA GLORIA DE DIOS, Y EL FIRMAMENTO ANUNCIA LA OBRA DE SUS MANOS. El Dios de la ciencia es el Espíritu del orden racional, el factor que integra el mundo de los átomos y del éter, de las ideas y de los deberes de la inteligencia. El materialismo no es seguramente un pecado de la ciencia moderna».

La opinión de A. Compton, profesor de Física de la, Universidad de Chicago, es un libro publicado en 1935 («La libertad del hombre») es bien explícita al decir: «Lejos de estar en conflicto, la ciencia… se ha hecho aliada de la religión. Al aumentar nuestro conocimiento de la naturaleza, nos hemos relacionado mejor con el Dios de la naturaleza. Naturalmente, son muy pocos los modernos hombres de ciencia que defienden una actitud atea».

James Jeans (1877-1946), matemático, físico y astrónomo inglés, en un libro publicado en 1930 («El misterio del Universo») escribía también análogamente: «Si el Universo es Universo para el pensamiento, su creación tiene que haber sido un acto del Pensamiento. Es natural que la limitación del tiempo y del espacio nos obligue por sí misma a representarnos la Creación como obra del Pensamiento… La moderna teoría científica nos fuerza a pensar en un Creador que trabaja fuera del tiempo y del espacio, pues éstos forman parte de su Creación, cabalmente como un artista está fuera de su lienzo».

Max Planck (1858-1947), profesor que fue de la Universidad de Berlín, es el fundador de la teoría de los «cuanta» (o de los «cuanto»), según la cual el intercambio energético entre materia y radiación no se realiza de una manera continua sino en forma discontinua, por medio de «cuantos» o elementos energéticos. Fue también Premio Nobel en 1921. A él se le debe la siguiente afirmación: «Nada, pues, nos lo impide, y el impulso de nuestro conocimiento lo exige… relacionar mutuamente el orden del universo y el Dios de la religión. Dios está para el creyente en et principio de sus discursos, para el físico en el término de los mismos».

El gran Einstein (1879-1955), fundador de la física moderna (teoría de la relatividad; Premio Nobel de 1921), para combatir a los que acuden al azar para explicar el comportamiento del Universo, escribió una frase que después han repetido muchos científicos y escritores: «El buen Dios no juega a los dados». Asimismo se debe a Einstein la confesión que se expresa en el siguiente párrafo: «A todo investigador profundo de la naturaleza no puede menos de sobrecogerle una especie de sentimiento religioso, porque le es imposible concebir que haya sido él el primero en haber visto las relaciones delicadísimas que contempla. A través del Universo incomprensible se manifiesta una inteligencia superior infinita». Después de haber: dicho Einstein, que «la ciencia sin religión es coja y la religión sin ciencia, es ciega», expresó sus creencias en las siguientes palabras: «Mi religión consiste en la humilde adoración tributada a un Ser infinitamente espiritual, de naturaleza superior, que se manifiesta, incluso, en las pequeñas menudencias que nuestros endebles y deficientes sentidos son capaces de percibir. Este convencimiento, íntimamente arragiado en mí, de que existe una Inteligencia suprema, inescrutable, moldea el contenido de mi idea de Dios».

Erwin Schrodinger (1887-1961), físico austríaco, sucesor de Max Planck en la Universidad de Berlín, Premio Nobel de 1933, escribió esta frase: «La obra maestra más fina es la hecha por Dios, según los principios de la mecánica cuántica».

Hathaway, el padre del cerebro electrónico, escribe análogamente que «la moderna física me enseña que la naturaleza no es capaz de ordenarse a sí misma. El Universo supone una enorme masa de orden.»

«LAS TRES AVEMARÍAS SON LA SEÑAL LUMINOSA DE LOS PREDESTINADOS», dijo el gran teólogo moderno P. Roschini. Por esto los buenos cristianos, cada mañana y cada noche rezan TRES AVEMARÍAS.