Con motivo del Año de la Misericordia se ha oído decir que Dios no puede condenar. Que no es compatible la condenación eterna con la misericordia divina.
Santo Tomás de Aquino, nos dice: “Dios en sí mismo es de una misericordia sin límites: sin embargo, ésta es regulada por la sabiduría, y de ahí que no se extienda a cuantos se han hecho indignos de ella, es a saber: a los demonios y a los condenados obstinados en su malicia. Puede decirse, no obstante, que la misericordia divina se ejerce incluso para con ellos, no para poner fin a sus penas, sino para castigarlos menos de cuanto merecen” (Suma Teológica, Supl., q. 99, a. 2). Y en otro lugar el mismo autor añade: “Si la misericordia no se uniese, incluso en el infierno, a la justicia, los pecadores sufrirían aún más” (Ibídem, I, q. 21, a. 4).
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Años ha, que teólogos, moralistas y prelados, se quejaban de la formación filosófica-teológica-tomista impartida en los seminarios.
Hoy, muchos están entusiasmados, fascinados, con la llamada nueva teología, más humana, como si la teología no fuera la ciencia de Dios y las cosas divinas.
También los moralistas están encantados con la nueva casuística, que no tiene por qué ajustarse a ningún dogma ni a ninguna moral revelada. Se puede hacer lo que a mí me parece. Ejemplo: comulgar aunque me haya divorciado y vuelto a casar.
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En mis largos años dedicados a la enseñanza, he tenido que corregir a varios alumnos. Siempre me decían lo mismo: “pero padre, si no he hecho nada malo”. -Lo sé perfectamente, pero puedes hacerlo mejor. No basta con hacer las cosas bien, ser bueno, debemos hacer todo, lo mejor que podamos.
Hoy he leído por primera vez estas palabras de San Bernardo: “Nadie está cierto de que es bueno si no ansía ser mejor; y desde el momento que cese la voluntad de querer ser mejor, entonces comienza a dejar de ser bueno”.
Aprendamos la lección.
