PADRE ALBARvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 225, febrero de 1998

Deseo que continuemos en la meditación del mes pasado. Nos lo explica bellamente el Señor en la parábola de los trabajadores que fueron sucesivamente a la viña.

Salió el Señor de la viña y contrató a los primeros que estaban en la plaza sin trabajo. Contrató a otros al medio día. Otros a media tarde y otros finalmente al caer de la tarde, que son los de la última hora. A la hora del salario a todos les concedió el mismo generoso salario que había concretado con los de la primera hora. Murmuraban estos primeros porque se les había dado a los últimos el mismo salario que a ellos. Les respondió el Señor de la viña: Con vosotros he sido justa, os he pagado el dinero prometido, que era muy pingüe, un denario, cantidad realmente muy crecida. Si quiero además ser generoso también con todos los demás, ¿qué injusticia os hago? Como si dijera, sed generosos vosotros con vuestros compañeros corno yo lo soy con vosotros y con ellos.

La viña es Israel, propiedad del Señor, y la Iglesia, prolongación en la historia de Israel, el nuevo Israel. En esa viña de Dios van a tener trabajo todos los pueblos, que están esperando en la gran plaza del mundo la llamada de la fe. Israel con los primeros operarios judíos, apóstoles, evangelistas y primeros mártires capitaneados por S. Esteban, dejaron a medio comenzar el trabajo. Luego se contrataron otros pueblos que fueron impregnándose de la fe cristiana: Medio Oriente, pueblos eslavos, mundo romana, pueblos bárbaros. De la cristiandad europea saltaron misioneros sobre todo por obra misional de Portugal y España a las Américas y regiones africanas y asiáticas, hasta el extremo de Filipinas y pequeñas colonias cristianas en India, Indonesia, Japón, Oceanía y Australia. Los dos grandes continentes de Europa y América conocieron a Cristo por obra de los operarios de la segunda y tercera hora. Ya entrando en la cuarta hora la admirable obra de la ortodoxia rusa, que aunque díscola de la sumisión a Roma, ha llevado la fe en Cristo y el amor a la Madre de Dios a través de la inmensidad de Siberia hasta las costas del Extremo Oriente junto a Manchuria y el imperio de la China. Faltan los operarios de la última hora, profetizados por San Luis María Grignon de Montfort, que realizarán la entrada de todos los pueblos en la Iglesia, la vuelta de los hermanos separados, ortodoxos y protestantes, a los brazos del sucesor de Pedro y la restauración de la fe en las naciones apóstatas. Con ellos se verificará también la plenitud del itinerario de Israel y su aceptación del Mesías, Cristo Jesús.

Entonces recibirán el salario de la fe viva y los beneficios inmensos de la redención los habitantes primeros de Jerusalén, Samaria, Alejandría y Roma y los católicos de hoy lo mismo que los pueblos de la India, los industriosos japoneses y la gran nación China. La falsedad musulmana habrá caído y nuestra Señora de Fátima será reconocida por todos los pueblos engañados por el Corán. Ésa será la labor de los jornaleros de última hora. Esos jornaleros Son los pueblos que entrarán a vivir en la viña del Señor. Tendrán todos el mismo salario divino al vivir juntos en la viña del Padre que es la Iglesia.

¿Cuándo será esto? Todos los signos de los tiempos nos indican que estamos llegando. Esperemos contra toda esperanza.