guerra campos3José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata del “Boletín Oficial del Obispado de Cuenca”
septiembre de 1974

Pero no por una inhibición evasiva. Porque la Jerarquía española proyectaba su influjo espiritual en el campo civil: 1º principalmente en relación con las necesidades primarias que afectaban al pueblo; 2º con más parsimonia, pero con claridad, en relación con la estructura política del país; 3º sin olvidar la frontera en que el influjo de la Iglesia ha de respetar la autonomía del orden político; 4º y por lo mismo cuidando de precisar el sentido de la acción espiritual dentro de las organizaciones civiles. No será inútil mostrar a continuación el contenido de los cuatro puntos precedentes:

1º La atención del Episcopado sintonizaba ante todo con las necesidades urgentes de una gran parte del pueblo español, que durante varios Lustros se encontró en difíciles condiciones materiales. Los programas de reconstrucción y desarrollo tropezaban, como es sabido, con enormes obstáculos internos y exteriores. La labor de siembra y cimentación tan tenazmente promovida por el Gobierno y secundada por algunas iniciativas privadas no podía aquietar la impaciencia de los que quisieran tocar ya los Frutos, aunque logró mantener tensa la esperanza y multiplicar de modo creciente la inventiva y el esfuerzo de los ciudadanos. El racionamiento y el inevitable «mercado negro» de los años 40, las escaseces y el nivel de salarios inquietaron el ánimo muchas veces. Los socorros de carácter primario aportados a tantas personas por instituciones de la Iglesia y de organismos civiles sólo podrían ser despreciados en los comentarios irresponsables de quienes no experimentaron las estrecheces o de quienes les contraponen soluciones puramente soñadas.

Naturalmente, la meritoria solicitud por los necesitados no garantiza el acierto al postular disposiciones que afectan a la política económica. En algunos casos se pudo experimentar, como suele ocurrir en materia tan escurridiza, la peligrosa ingenuidad de fórmulas que terminarían por dañar a quienes se pretendía favorecer. Quizá en algunos círculos estudiosos próximos a la Jerarquía se exhibió demasiada confianza en panaceas, keynesianas y de otro tipo. Tales indicaciones, más que como solución técnica -que por lo demás no compete a la Jerarquía de la Iglesia-, deben registrarse, y con elogio, como expresión vivía de una preocupación por la situación real del pueblo.

Lo más interesante en este campo es el adoctrinamiento moral; y lo que con más densidad hizo el Episcopado, sobre todo entre 1945 y 1965, fue dar aldabonazos para despertar la «conciencia social» de los ciudadanos, estimulando a los que más pudiesen contribuir a la transformación económica y social del país a ser generosos y a llenar con sus iniciativas el cauce de las leyes e instituciones oficiales. Realmente pocas veces se ha fustigado tanto como en los años 50 a los cristianos españoles por su déficit de conciencia social, no sin forzar acaso un poco obsesivamente el argumento comparativo con otros países.

Cuando la Conferencia de Metropolitanos, en 1951, recordaba a todos sus respectivos deberes de justicia y caridad, lo hacía movida por «el amor a nuestro pueblo español sin excluir a nadie; a gobernantes y a gobernados, a doctos e indoctos, a ricos y a pobres; aun a los que sean enemigos die la Iglesia, pues si algunos están necesitados, también para ellos pedimos justicia y caridad». Después de la salvación de todas y de cada una de las almas, nada deseamos más ardientemente que la paz social en nuestra queridísima España».

El Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla, revisando sus visitas pastorales a los pueblos, escribía en 1962: «Los Poderes públicos deben ocuparse de facilitar condiciones humanas a todos los ciudadanos. ¡Qué grato nos es proclamar lo mucho que en este sentido vienen haciendo el Gobierno de la nación, las autoridades provinciales y muchísimas locales! (…) Hay algunos pueblos los menos ciertamente, que no se han puesto todavía en línea con ese desarrollo que se observa en la mayoría (…) Hay que explotar al máximo las facilidades que brinda el Estado (…) Pero no basta la acción de los Poderes públicos. Es necesaria la colaboración de los particulares, especialmente de quienes poseen bienes de fortuna…»